- Primera publicación
- The Dark Blue, Londres, por entregas de diciembre de 1871 a marzo de 1872
- Texto de partida
- In a Glass Darkly, 1872
Carmilla
Prólogo
En un papel adjunto al relato que sigue, el doctor Hesselius escribió una nota bastante extensa, que acompaña con una remisión a su Ensayo sobre el extraño asunto que el ms. esclarece.
Este misterioso asunto lo trata, en aquel Ensayo, con su erudición y su agudeza acostumbradas, y con notable franqueza y concisión. Formará un solo volumen de la serie de papeles reunidos de aquel hombre extraordinario.
Como publico el caso, en este volumen, con el único fin de interesar a los «legos», no me adelantaré en nada a la inteligente dama que lo relata; y, tras la debida reflexión, he resuelto por tanto abstenerme de ofrecer resumen alguno del razonamiento del docto doctor, o extracto de su exposición sobre un tema que él describe como «que acaso atañe a algunos de los más profundos arcanos de nuestra existencia dual y de sus intermedios»1.
Al descubrir este papel, sentí el vivo deseo de reanudar la correspondencia que el doctor Hesselius había iniciado, tantos años atrás, con una persona tan perspicaz y escrupulosa como parece haber sido su informante. Con gran pesar, sin embargo, comprobé que ella había muerto entretanto.
Poco, probablemente, habría podido añadir al relato que comunica en las páginas siguientes con —hasta donde puedo juzgar— tan concienzuda minuciosidad.
Capítulo I — Un espanto temprano
En Estiria, nosotros, aunque de ningún modo gente magnífica, habitamos un castillo, o schloss2. Una renta modesta, en aquella parte del mundo, da mucho de sí. Ochocientas o novecientas libras al año hacen maravillas. Escasa nos habría resultado entre la gente adinerada de nuestra tierra. Mi padre es inglés, y llevo un apellido inglés, aunque nunca vi Inglaterra. Pero aquí, en este lugar solitario y primitivo, donde todo es tan asombrosamente barato, la verdad es que no veo cómo una fortuna mucho mayor podría añadir gran cosa a nuestras comodidades, ni siquiera a nuestros lujos.
Mi padre sirvió en el ejército austríaco; se retiró con una pensión y su patrimonio, compró esta residencia feudal y la pequeña hacienda en que se alza, y todo por una ganga.
Nada puede ser más pintoresco ni más solitario. Se yergue sobre una leve eminencia en un bosque. El camino, muy viejo y estrecho, pasa por delante de su puente levadizo —jamás alzado en mi tiempo— y de su foso, poblado de percas y surcado por numerosos cisnes, sobre cuya superficie flotan blancas flotillas de nenúfares.
Por encima de todo esto, el schloss muestra su fachada de muchas ventanas, sus torres y su capilla gótica.
El bosque se abre en un claro irregular y muy pintoresco ante su verja, y a la derecha un empinado puente gótico lleva el camino sobre un arroyo que serpentea en honda sombra por la espesura. He dicho que este es un lugar muy solitario. Juzgue si digo la verdad3. Mirando desde la puerta del vestíbulo hacia el camino, el bosque en que se alza nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. La aldea habitada más próxima está a unas siete de sus millas inglesas a la izquierda. El schloss habitado más cercano con algún interés histórico es el del viejo general Spielsdorf, a casi veinte millas a la derecha.
He dicho «la aldea habitada más próxima» porque hay, a solo tres millas hacia el oeste —es decir, en dirección al schloss del general Spielsdorf—, una aldea en ruinas, con su curiosa iglesita, hoy sin techo, en cuya nave yacen las tumbas desmoronadas de la orgullosa familia de los Karnstein, ya extinta, que en otro tiempo poseyó el château, igualmente desolado, que, en lo más espeso del bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.
Sobre la causa del abandono de este paraje tan sobrecogedor y melancólico corre una leyenda que le relataré en otra ocasión.
Debo contarle ahora qué reducido es el grupo que constituye la población de nuestro castillo. No incluyo a los criados, ni a esos allegados que ocupan habitaciones en las dependencias anexas al schloss. ¡Escuche y asómbrese! Mi padre, el hombre más bondadoso de la tierra, aunque ya entrado en años; y yo, que a la fecha de mi historia contaba solo diecinueve. Han pasado ocho años desde entonces.
Mi padre y yo constituíamos la familia del schloss. Mi madre, una dama estiria, murió en mi primera infancia, pero tuve una institutriz de buen natural, que había estado conmigo desde —casi puedo decirlo— la cuna. No lograba recordar un tiempo en que su cara gruesa y benigna no fuera una imagen familiar en mi memoria.
Era Madame Perrodon, natural de Berna, cuyo cuidado y buen carácter suplían ahora en parte la pérdida de mi madre, a quien ni siquiera recuerdo, tan temprano la perdí. Era la tercera de nuestra pequeña mesa. Había un cuarto comensal, Mademoiselle De Lafontaine, una dama de las que usted, creo, llama «institutriz de acabado». Hablaba francés y alemán; Madame Perrodon, francés e inglés chapurreado, a los que mi padre y yo añadíamos el inglés que, en parte para evitar que se volviera entre nosotros una lengua muerta y en parte por motivos patrióticos, hablábamos a diario. El resultado era una Babel de la que los forasteros solían reírse, y que no intentaré reproducir en este relato. Había además dos o tres amigas jóvenes, casi de mi edad, que nos visitaban de cuando en cuando, por temporadas más o menos largas; y a veces yo les devolvía la visita.
Estos eran nuestros recursos sociales habituales; aunque, por supuesto, había también visitas ocasionales de «vecinos» que vivían a solo cinco o seis leguas. Mi vida era, no obstante, más bien solitaria, se lo aseguro.
Mis institutrices ejercían sobre mí justo el dominio que cabe suponer en personas tan sensatas puestas a cargo de una muchacha algo consentida, cuyo único progenitor le permitía salirse con la suya en casi todo.
El primer suceso de mi existencia que dejó en mi mente una impresión terrible —que, de hecho, jamás se ha borrado— fue uno de los incidentes más tempranos de mi vida que alcanzo a recordar. Algunos lo juzgarán tan insignificante que no debería consignarse aquí. Ya verá, sin embargo, más adelante, por qué lo menciono. El cuarto de los niños, como se lo llamaba, aunque lo tenía todo para mí sola, era una habitación grande en el piso alto del castillo, con un empinado techo de roble. No podía yo tener más de seis años cuando, una noche, desperté y, recorriendo la habitación con la mirada desde mi cama, no vi a la niñera. Tampoco estaba mi aya; y me creí sola. No tuve miedo, pues era yo una de esas niñas felices a las que se mantiene cuidadosamente en la ignorancia de historias de fantasmas, de cuentos de hadas y de todo ese saber que nos hace taparnos la cabeza cuando la puerta cruje de repente, o cuando el parpadeo de una vela moribunda hace bailar en la pared, cada vez más cerca de nuestras caras, la sombra de un poste de la cama. Me sentí molesta y ofendida al encontrarme, según creí, desatendida, y empecé a lloriquear, como preludio de una buena rabieta a gritos; cuando, para mi sorpresa, vi una cara solemne pero muy hermosa que me miraba desde el costado de la cama. Era la de una joven dama arrodillada, con las manos bajo la colcha. La contemplé con una especie de complacido asombro y dejé de lloriquear. Me acarició con las manos, se tendió a mi lado en la cama y me atrajo hacia sí, sonriendo; me sentí de inmediato deliciosamente reconfortada y volví a dormirme. Me despertó una sensación como si dos agujas se me hundieran muy hondo en el pecho a un tiempo, y grité con fuerza. La dama se echó atrás, con los ojos fijos en mí, y luego se dejó resbalar hasta el suelo y, según me pareció, se escondió bajo la cama.
Ahora sí, por primera vez, tuve miedo, y chillé con todas mis fuerzas. El aya, la niñera, el ama de llaves, todas acudieron corriendo y, al oír mi historia, le quitaron importancia y me tranquilizaron cuanto pudieron. Pero, niña y todo, pude advertir que sus caras estaban pálidas con una expresión insólita de inquietud, y las vi mirar bajo la cama y por toda la habitación, atisbar debajo de las mesas y abrir de golpe los armarios; y el ama de llaves le susurró al aya: —Pon la mano en ese hueco de la cama; alguien estuvo tumbado ahí, tan cierto como que no fuiste tú; el sitio todavía está caliente.
Recuerdo a la niñera acariciándome, y a las tres examinándome el pecho, donde yo les decía que había sentido el pinchazo, y declarando que no había señal visible de que tal cosa me hubiera ocurrido.
El ama de llaves y las otras dos criadas a cargo del cuarto pasaron toda la noche en vela; y desde entonces siempre veló una sirvienta en la habitación hasta que cumplí unos catorce años.
Estuve muy nerviosa durante mucho tiempo después de aquello. Llamaron a un médico, un hombre pálido y entrado en años. Qué bien recuerdo su larga cara saturnina, ligeramente picada de viruela, y su peluca castaña. Durante un buen tiempo, un día sí y otro no, venía a darme una medicina que, por supuesto, yo detestaba.
La mañana siguiente a la aparición estaba yo en tal estado de terror que no soportaba quedarme sola un instante, aunque fuera de día.
Recuerdo a mi padre subiendo y quedándose junto a la cama, hablando con alegría y haciéndole al aya un sinfín de preguntas, y riéndose de muy buena gana con una de las respuestas; y dándome palmaditas en el hombro y besándome, y diciéndome que no me asustara, que no había sido más que un sueño y no podía hacerme daño.
Pero yo no me consolaba, porque sabía que la visita de aquella mujer extraña no había sido un sueño; y estaba terriblemente asustada.
Me consoló un poco que la niñera me asegurase que había sido ella quien había venido a mirarme y se había tumbado a mi lado en la cama, y que yo debía de estar medio dormida para no haber reconocido su cara. Pero esto, aunque lo confirmara el aya, no acabó de satisfacerme.
Recordé, en el curso de aquel día, a un venerable anciano de sotana negra que entró en la habitación con el aya y el ama de llaves, y les habló un poco a ellas, y a mí con mucha dulzura; su cara era muy tierna y apacible, y me dijo que iban a rezar, y me juntó las manos, y me pidió que dijera en voz baja, mientras ellos rezaban: «Señor, escucha todas las buenas oraciones por nosotros, por amor de Jesús». Creo que fueron esas las palabras exactas, pues a menudo me las repetía a mí misma, y mi aya me las hizo decir en mis oraciones durante años.
Recordaba tan bien la cara pensativa y dulce de aquel anciano de cabellos blancos, con su sotana negra, de pie en aquel cuarto tosco, alto y pardo, rodeado del mobiliario pesado de una moda de trescientos años atrás, y con la escasa luz que entraba en su atmósfera umbría por la pequeña celosía. Se arrodilló, y las tres mujeres con él, y rezó en voz alta con voz fervorosa y trémula durante lo que a mí me pareció mucho tiempo. Olvido toda mi vida anterior a aquel suceso, y durante algún tiempo después todo es también oscuro; pero las escenas que acabo de describir resaltan vívidas como los cuadros aislados de una fantasmagoría rodeados de tinieblas.
Capítulo II — Una huésped
Voy a contarle ahora algo tan extraño que necesitará toda su fe en mi veracidad para creer mi historia. Y sin embargo no solo es cierto, sino una verdad de la que he sido testigo ocular.
Era una dulce tarde de verano, y mi padre me pidió, como hacía a veces, que diera con él un pequeño paseo por aquella hermosa avenida del bosque que he mencionado como abierta frente al schloss.
—El general Spielsdorf no puede venir tan pronto como yo esperaba —dijo mi padre mientras caminábamos.
Iba a hacernos una visita de algunas semanas, y esperábamos su llegada al día siguiente. Iba a traer consigo a una joven, su sobrina y pupila, Mademoiselle Rheinfeldt, a quien yo no conocía, pero de quien me habían dicho que era una muchacha encantadora, y en cuya compañía me prometía muchos días felices. Me sentí más decepcionada de lo que puede imaginar una joven que viva en una ciudad, o en un vecindario bullicioso. Aquella visita, y la nueva amistad que prometía, habían alimentado mis ensoñaciones durante muchas semanas.
—¿Y cuándo viene, entonces? —pregunté.
—No hasta el otoño. No antes de dos meses, diría yo —respondió—. Y ahora me alegro mucho, querida, de que nunca llegaras a conocer a Mademoiselle Rheinfeldt.
—¿Y por qué? —pregunté, mortificada y curiosa a la vez.
—Porque la pobre joven ha muerto —contestó—. Se me olvidó por completo que no te lo había dicho, pero no estabas en la habitación cuando recibí la carta del general esta tarde.
Quedé muy afectada. El general Spielsdorf había mencionado en su primera carta, seis o siete semanas atrás, que ella no estaba tan bien como él querría, pero nada hacía sospechar el más remoto peligro.
—Aquí está la carta del general —dijo, tendiéndomela—. Me temo que se halla en gran aflicción; la carta me parece escrita casi en el delirio.
Nos sentamos en un rústico banco, bajo un grupo de magníficos tilos. El sol se ponía con todo su melancólico esplendor tras el horizonte selvático, y el arroyo que corre junto a nuestra casa, y pasa bajo el empinado puente viejo que he mencionado, serpenteaba entre muchos grupos de árboles nobles, casi a nuestros pies, reflejando en su corriente el carmesí desvaído del cielo. La carta del general Spielsdorf era tan extraordinaria, tan vehemente y en algunos pasajes tan contradictoria, que la leí dos veces —la segunda en voz alta a mi padre— y aun así no logré explicármela, salvo suponiendo que el dolor le había trastornado el juicio.
Decía: «He perdido a mi querida hija, pues como a tal la amaba. Durante los últimos días de la enfermedad de mi adorada Bertha no fui capaz de escribirle.
»Antes de eso no tenía la menor idea del peligro. La he perdido, y ahora lo sé todo, demasiado tarde. Murió en la paz de la inocencia y en la gloriosa esperanza de un porvenir bienaventurado. El demonio que traicionó nuestra encaprichada hospitalidad lo ha hecho todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia, la alegría, una compañera encantadora para mi perdida Bertha. ¡Cielos! ¡Qué necio he sido!
»Doy gracias a Dios de que mi niña muriera sin sospechar la causa de sus padecimientos. Se ha ido sin conjeturar siquiera la índole de su mal ni la pasión maldita del agente de toda esta desgracia. Consagro los días que me quedan a rastrear y aniquilar a un monstruo. Me dicen que puedo esperar cumplir mi justo y misericordioso propósito. Por ahora apenas hay un rayo de luz que me guíe. Maldigo mi presuntuosa incredulidad, mi despreciable afectación de superioridad, mi ceguera, mi obstinación… todo, demasiado tarde. No puedo escribir ni hablar con serenidad ahora. Estoy fuera de mí. En cuanto me haya recobrado un poco, pienso dedicarme durante un tiempo a una indagación que acaso me lleve hasta Viena. En algún momento del otoño, dentro de dos meses, o antes si vivo, iré a verlo… esto es, si usted me lo permite; entonces le contaré todo lo que apenas me atrevo ahora a poner sobre el papel. Adiós. Rece por mí, querido amigo».
En estos términos concluía aquella extraña carta. Aunque nunca había visto a Bertha Rheinfeldt, se me llenaron los ojos de lágrimas ante la súbita noticia; quedé sobresaltada, además de profundamente decepcionada.
El sol se había puesto ya, y era el crepúsculo cuando devolví la carta del general a mi padre.
Era una tarde suave y clara, y nos demoramos, especulando sobre los posibles sentidos de las frases violentas e incoherentes que yo acababa de leer. Nos quedaba casi una milla que andar para alcanzar el camino que pasa frente al schloss, y para entonces la luna brillaba resplandeciente. En el puente levadizo encontramos a Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine, que habían salido, sin sus tocas, a gozar de la exquisita luz de la luna.
Oímos sus voces parloteando en animado diálogo a medida que nos acercábamos. Nos reunimos con ellas en el puente levadizo y nos volvimos para admirar con ellas la bella escena.
El claro que acabábamos de atravesar se extendía ante nosotros. A nuestra izquierda, el estrecho camino se perdía bajo grupos de árboles señoriales, sumiéndose en la espesura del bosque. A la derecha, ese mismo camino cruza el empinado y pintoresco puente, junto al cual se alza una torre en ruinas que en otro tiempo guardó aquel paso; y más allá del puente se levanta una abrupta eminencia, cubierta de árboles, que muestra en las sombras unas rocas grises tapizadas de hiedra.
Sobre el césped y las tierras bajas se deslizaba, como humo, una fina película de niebla que marcaba las distancias con un velo transparente; y aquí y allá alcanzábamos a ver el río centellear tenuemente a la luz de la luna.
No podría imaginarse escena más suave ni más dulce. La noticia que acababa de recibir la volvía melancólica; pero nada podía turbar su carácter de profunda serenidad, ni la gloria hechizada y la vaguedad del paisaje.
Mi padre, que gozaba de lo pintoresco, y yo, mirábamos en silencio la extensión que se abría a nuestros pies. Las dos buenas institutrices, un poco detrás de nosotros, discurrían sobre la escena y se mostraban elocuentes acerca de la luna.
Madame Perrodon era gruesa, de mediana edad y romántica, y hablaba y suspiraba con aires poéticos. Mademoiselle De Lafontaine —que, por derecho de su padre, alemán, se tenía por psicológica, metafísica y algo mística— declaró entonces que, cuando la luna brillaba con una luz tan intensa, era bien sabido que indicaba una actividad espiritual especial. El efecto de la luna llena en tal estado de fulgor era múltiple. Obraba sobre los sueños, obraba sobre los lunáticos4, obraba sobre las personas nerviosas, y ejercía maravillosas influencias físicas ligadas a la vida. Mademoiselle contó que un primo suyo, oficial de un buque mercante, tras echarse una siesta en cubierta en una noche así, tendido de espaldas, con la cara de lleno bajo la luz de la luna, había despertado, después de soñar con una vieja que le arañaba la mejilla, con las facciones horriblemente torcidas hacia un lado; y su semblante jamás recobró del todo el equilibrio.
—La luna, esta noche —dijo—, está cargada de influjo idílico y magnético; y miren, cuando se vuelven a contemplar la fachada del schloss, cómo todas sus ventanas destellan y titilan con ese fulgor plateado, como si unas manos invisibles hubieran encendido las estancias para recibir a huéspedes feéricos.
Hay estados indolentes del ánimo en los que, poco dispuestas a hablar nosotras mismas, la charla ajena resulta grata a nuestros oídos ociosos; y yo seguía contemplando el paisaje, complacida con el tintineo de la conversación de las damas.
—Esta noche me ha entrado una de mis murrias —dijo mi padre tras un silencio y, citando a Shakespeare, a quien, para mantener nuestro inglés, solía leernos en voz alta, dijo—:
«En verdad no sé por qué estoy tan triste. / Me cansa; dices que a ti te cansa; / mas cómo di con ella, cómo vino a mí…»5
»Olvido el resto. Pero siento como si alguna gran desgracia se cerniera sobre nosotros. Supongo que la afligida carta del pobre general habrá tenido algo que ver.
En ese momento, el ruido insólito de ruedas de carruaje y de muchos cascos en el camino atrajo nuestra atención.
Parecían venir de las alturas que dominan el puente, y muy pronto el tiro apareció por aquel punto. Cruzaron primero el puente dos jinetes; luego llegó un carruaje tirado por cuatro caballos, con dos hombres cabalgando detrás.
Parecía el coche de viaje de una persona de rango; y todos quedamos al instante absortos en la contemplación de tan insólito espectáculo, que se volvió, en unos momentos, muchísimo más interesante, pues justo cuando el carruaje coronaba la cima del empinado puente, uno de los caballos delanteros se espantó, comunicó su pánico a los demás y, tras uno o dos corcovos, todo el tiro rompió a la vez en un galope desbocado y, lanzándose entre los jinetes que iban delante, vino atronando por el camino hacia nosotros con la velocidad de un huracán.
La emoción de la escena se hizo más penosa por los gritos claros y prolongados de una voz de mujer desde la ventanilla del carruaje.
Todos avanzamos con curiosidad y horror; yo más bien en silencio, los demás con diversas exclamaciones de terror.
Nuestra zozobra no duró mucho. Justo antes de llegar al puente levadizo del castillo, por la ruta que traían, se alza junto al camino un magnífico tilo, y enfrente una antigua cruz de piedra, a cuya vista los caballos, que iban ya a un paso francamente aterrador, se desviaron de modo que la rueda pasó sobre las raíces salientes del árbol.
Supe lo que se avecinaba. Me cubrí los ojos, incapaz de mirar hasta el final, y volví la cabeza; en el mismo instante oí un grito de mis amigas, que se habían adelantado un poco.
La curiosidad me abrió los ojos, y vi una escena de absoluta confusión. Dos de los caballos estaban en el suelo, el carruaje yacía de costado con dos ruedas en el aire; los hombres se afanaban en soltar los tiros, y una dama de porte y figura imponentes había bajado y estaba de pie con las manos juntas, llevándose de cuando en cuando a los ojos el pañuelo que sostenía.
Por la portezuela del carruaje sacaban en ese momento a una joven que parecía sin vida. Mi querido y anciano padre estaba ya junto a la dama de más edad, con el sombrero en la mano, ofreciéndole a todas luces su ayuda y los recursos de su schloss. La dama no parecía oírlo, ni tener ojos para nada que no fuera la esbelta muchacha a la que recostaban contra el talud del ribazo.
Me acerqué; la joven estaba, al parecer, aturdida, pero desde luego no muerta. Mi padre, que se preciaba de tener algo de médico, acababa de ponerle los dedos en la muñeca y aseguraba a la dama —que se declaró su madre— que el pulso, aunque débil e irregular, era sin duda todavía perceptible. La dama juntó las manos y alzó la vista, como en un momentáneo arrebato de gratitud; pero enseguida volvió a prorrumpir en aquel estilo teatral que, según creo, es natural en ciertas personas.
Era lo que se llama una mujer de buen ver para su edad, y debía de haber sido hermosa; era alta, aunque no delgada, e iba vestida de terciopelo negro; parecía más bien pálida, pero con un semblante orgulloso e imperioso, aunque ahora extrañamente agitado.
—¿Hubo jamás criatura tan nacida para la calamidad? —le oí decir, con las manos juntas, al acercarme—. Aquí me tienen, en un viaje de vida o muerte en el que perder una hora es quizá perderlo todo. Mi hija no se habrá recobrado lo bastante para reanudar la marcha quién sabe hasta cuándo. He de dejarla; no puedo, no me atrevo a demorarme. ¿A qué distancia, señor, sabría decirme, está la aldea más próxima? He de dejarla allí; y no veré a mi tesoro, ni sabré de ella siquiera, hasta mi regreso, dentro de tres meses.
Tiré a mi padre de la levita y le susurré con vehemencia al oído: —¡Ay, papá, por favor, pídele que la deje quedarse con nosotros! Sería delicioso. Hazlo, te lo ruego.
—Si Madame confía su hija al cuidado de mi hija y de su buena gouvernante, Madame Perrodon, y permite que permanezca como huésped nuestra, bajo mi tutela, hasta su regreso, nos conferirá una distinción y una obligación, y la trataremos con todo el esmero y la devoción que tan sagrada confianza merece.
—No puedo hacer eso, señor; sería abusar de su bondad y su hidalguía con demasiada crueldad —dijo la dama, desconcertada.
—Al contrario, sería concedernos una gran bondad en el momento en que más la necesitamos. Mi hija acaba de sufrir la decepción de una cruel desgracia, en una visita de la que llevaba mucho tiempo prometiéndose gran felicidad. Si confía a esta joven a nuestro cuidado, será su mejor consuelo. La aldea más próxima en su ruta está lejos, y no ofrece posada en que pueda pensar dejar a su hija; no puede permitir que continúe el viaje una distancia apreciable sin peligro. Si, como dice, no puede suspender su marcha, ha de separarse de ella esta noche, y en ningún sitio podría hacerlo con más honestas garantías de cuidado y ternura que aquí.
Había en el aire y la apariencia de aquella dama algo tan distinguido, e incluso imponente, y en sus maneras algo tan cautivador, que se imponía la convicción —aparte de la dignidad de su equipaje— de que era persona de consideración.
Para entonces habían enderezado ya el carruaje, y los caballos, del todo dóciles, estaban de nuevo enganchados.
La dama lanzó a su hija una mirada que, se me antojó, no era tan afectuosa como cabía esperar por el comienzo de la escena; luego le hizo una leve seña a mi padre, se apartó con él dos o tres pasos, fuera del alcance del oído, y le habló con un semblante fijo y severo, muy distinto de aquel con que había hablado hasta entonces.
Me llenó de asombro que mi padre no pareciera advertir el cambio, y también una curiosidad indecible por saber qué podía ser lo que le decía, casi al oído, con tanto ahínco y tal rapidez.
Dos o tres minutos a lo sumo, creo, permaneció así ocupada; luego se volvió, y unos pocos pasos la llevaron adonde yacía su hija, sostenida por Madame Perrodon. Se arrodilló un instante a su lado y le susurró, según supuso Madame, una breve bendición al oído; luego, besándola de prisa, subió a su carruaje, se cerró la portezuela, los lacayos de vistosa librea saltaron a la trasera, los batidores espolearon, los postillones restallaron los látigos, los caballos corcovearon y rompieron de pronto en un galope furioso que amenazaba con volver a desbocarse, y el carruaje se alejó como un torbellino, seguido al mismo paso veloz por los dos jinetes de retaguardia.
Capítulo III — Contrastamos impresiones
Seguimos con la vista el cortège hasta que se perdió velozmente en el bosque brumoso; y hasta el propio ruido de los cascos y las ruedas se apagó en el silencio del aire nocturno.
Nada quedaba que nos asegurase que la aventura no había sido una ilusión de un momento, salvo la joven, que precisamente entonces abrió los ojos. Yo no podía verla, pues tenía la cara vuelta, pero levantó la cabeza, mirando a todas luces en derredor, y oí una voz muy dulce que preguntaba con tono quejumbroso: —¿Dónde está mamá?
Nuestra buena Madame Perrodon le respondió con ternura y añadió algunas palabras de consuelo.
Luego la oí preguntar: —¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es este? —y después dijo—: No veo el carruaje; y Matska, ¿dónde está?
Madame respondió a todas sus preguntas en la medida en que las entendía; y poco a poco la joven recordó cómo había sobrevenido el percance, y se alegró de saber que nadie del carruaje, ni de su séquito, había resultado herido; y al enterarse de que su mamá la había dejado allí, hasta su regreso dentro de unos tres meses, se echó a llorar.
Iba yo a sumar mis consuelos a los de Madame Perrodon cuando Mademoiselle De Lafontaine me puso la mano en el brazo, diciendo: —No te acerques; con una a la vez tiene bastante para conversar por ahora; la menor agitación podría abrumarla.
En cuanto esté cómodamente acostada, pensé, subiré corriendo a su cuarto a verla.
Mi padre, entretanto, había enviado a un criado a caballo en busca del médico, que vivía a unas dos leguas; y se preparaba un dormitorio para recibir a la joven.
La forastera se levantó y, apoyándose en el brazo de Madame, cruzó despacio el puente levadizo y traspuso la puerta del castillo.
En el vestíbulo la aguardaban criados para recibirla, y fue conducida sin demora a su habitación. La estancia en que solíamos sentarnos como salón es alargada, con cuatro ventanas que daban al foso y al puente levadizo, sobre la escena del bosque que acabo de describir.
Está amueblada con viejo roble tallado, con grandes armarios labrados, y las sillas van tapizadas de terciopelo carmesí de Utrecht. Las paredes están cubiertas de tapices, enmarcados en grandes marcos dorados, con figuras de tamaño natural, de traje antiguo y muy curioso, y cuyos asuntos representan cacerías, cetrería y, en general, escenas festivas. No es tan solemne como para no resultar extremadamente cómoda; y aquí tomábamos el té, pues, con sus habituales inclinaciones patrióticas, mi padre insistía en que la bebida nacional apareciera con regularidad junto a nuestro café y nuestro chocolate.
Aquella noche estábamos allí sentados, con las velas encendidas, comentando la aventura de la velada.
Madame Perrodon y Mademoiselle De Lafontaine formaban parte de la reunión. La joven forastera apenas se había tendido en su cama cuando cayó en un sueño profundo; y aquellas damas la habían dejado al cuidado de una sirvienta.
—¿Qué te parece nuestra huésped? —pregunté en cuanto Madame entró—. Cuéntamelo todo sobre ella.
—Me gusta muchísimo —respondió Madame—; es, casi diría, la criatura más bonita que he visto en mi vida; de tu edad, y tan gentil y agradable.
—Es absolutamente hermosa —terció Mademoiselle, que se había asomado un momento al cuarto de la forastera.
—¡Y qué voz tan dulce! —añadió Madame Perrodon.
—¿Repararon en una mujer que iba en el carruaje, una vez enderezado, y que no se apeó —preguntó Mademoiselle—, sino que solo miraba por la ventanilla?
—No, no la habíamos visto.
Entonces describió a una espantosa mujer negra, con una especie de turbante de colores en la cabeza, que miraba todo el tiempo desde la ventanilla, asintiendo y sonriendo con burla hacia las damas, con ojos relucientes y grandes globos blancos, y los dientes apretados como de furia.
—¿Repararon en la pinta de gentuza que tenían los criados? —preguntó Madame.
—Sí —dijo mi padre, que acababa de entrar—; unos tipos con la cara más torva y patibularia6 que he visto en mi vida. Ojalá no roben a la pobre dama en el bosque. Con todo, son bribones hábiles; lo dejaron todo en su sitio en un minuto.
—Yo diría que están molidos de tanto viajar —dijo Madame.
—Aparte de tener aspecto de malvados, sus caras eran de una delgadez tan rara, tan oscuras y hoscas… Muy curiosa soy, lo reconozco; pero seguro que la joven se lo contará todo mañana, si se ha repuesto lo suficiente.
—No creo que lo haga —dijo mi padre, con una sonrisa misteriosa y una leve inclinación de cabeza, como si supiera del asunto más de lo que le apeteciera contarnos.
Esto nos volvió aún más curiosas por saber qué habría pasado entre él y la dama de terciopelo negro en la breve pero encarecida conversación que había precedido de inmediato a su partida.
Apenas nos quedamos solos, le supliqué que me lo contara. No hizo falta insistir mucho.
—No hay ninguna razón particular para que no te lo diga. Manifestó reparos en molestarnos con el cuidado de su hija, aduciendo que era de salud delicada y nerviosa, pero no propensa a ningún tipo de ataque —lo ofreció ella misma—, ni a delirio alguno; que estaba, de hecho, perfectamente cuerda.
—¡Qué raro decir todo eso! —interpuse—. Era tan innecesario.
—En cualquier caso, se dijo —rio—; y ya que quieres saber todo lo que pasó, que en realidad fue muy poco, te lo cuento. Dijo entonces: «Emprendo un largo viaje de importancia vital» —recalcó la palabra—, «rápido y secreto; regresaré por mi hija dentro de tres meses; entretanto, ella guardará silencio sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde viajamos». Eso es todo lo que dijo. Hablaba un francés muy puro. Al decir la palabra «secreto», se detuvo unos segundos, mirando con severidad, con los ojos fijos en los míos. Me da la impresión de que hace mucho hincapié en eso. Ya viste con qué prisa se marchó. Espero no haber cometido una gran necedad al hacerme cargo de la joven.
Por mi parte, estaba encantada. Ardía en deseos de verla y hablar con ella; y solo esperaba a que el médico me diera permiso. Usted, que vive en ciudades, no puede hacerse idea de qué gran acontecimiento es la incorporación de una nueva amiga en una soledad como la que nos rodeaba.
El médico no llegó hasta cerca de la una; pero yo no habría podido irme a la cama y dormir, como tampoco habría podido alcanzar a pie el carruaje en que se había marchado la princesa de terciopelo negro.
Cuando el médico bajó al salón, fue para dar un parte muy favorable de su paciente. Estaba ya sentada, con el pulso del todo regular, al parecer perfectamente bien. No había sufrido lesión alguna, y el pequeño susto de sus nervios había pasado sin secuelas. No había, desde luego, inconveniente en que yo la viera, si ambas lo deseábamos; y, con este permiso, mandé enseguida a preguntar si me consentiría visitarla unos minutos en su cuarto.
La sirvienta volvió de inmediato a decir que no deseaba otra cosa.
Puede estar segura de que no tardé en aprovechar el permiso.
Nuestra visitante ocupaba una de las habitaciones más hermosas del schloss. Era, quizá, un poco solemne. Había un sombrío tapiz frente a los pies de la cama, que representaba a Cleopatra con los áspides en el seno; y otras graves escenas clásicas se mostraban, algo desvaídas, en las demás paredes. Pero había suficiente talla dorada, y color rico y variado, en el resto de los adornos de la estancia, para redimir con creces la lobreguez del viejo tapiz.
Había velas junto a la cama. Ella estaba incorporada; su figura esbelta y bonita envuelta en la suave bata de seda, bordada de flores y forrada de gruesa seda acolchada, que su madre le había echado sobre los pies cuando yacía en el suelo.
¿Qué fue lo que, al llegar junto a la cama y apenas iniciar mi pequeño saludo, me dejó muda en un instante y me hizo retroceder un par de pasos ante ella? Se lo diré.
Vi el mismísimo rostro que me había visitado en mi infancia, de noche, que había quedado tan grabado en mi memoria y en el que durante tantos años había meditado con horror, cuando nadie sospechaba en qué estaba pensando.
Era bonito, incluso hermoso; y, cuando lo vi por primera vez, tenía la misma expresión melancólica.
Pero esta se encendió casi al instante en una extraña sonrisa fija de reconocimiento.
Hubo un silencio de un minuto largo, y al fin ella habló; yo no podía.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. Hace doce años vi tu cara en un sueño, y me ha perseguido desde entonces.
—¡Maravilloso, en verdad! —repetí, venciendo con esfuerzo el horror que por un tiempo me había suspendido el habla—. Hace doce años, en visión o realidad, ciertamente te vi. No pude olvidar tu cara. Ha permanecido ante mis ojos desde entonces.
Su sonrisa se había dulcificado. Cuanto me había parecido extraño en ella se había esfumado, y esa sonrisa y sus mejillas con hoyuelos eran ahora deliciosamente bonitas e inteligentes.
Me sentí tranquilizada, y proseguí, más en el tono que la hospitalidad aconsejaba, dándole la bienvenida y diciéndole cuánto placer nos había dado a todos su llegada fortuita, y en especial qué felicidad era para mí.
Le tomé la mano mientras hablaba. Era yo un poco tímida, como lo es la gente solitaria, pero la situación me volvió elocuente, e incluso audaz. Ella me apretó la mano, puso la suya encima, y sus ojos brillaron cuando, mirando de prisa los míos, volvió a sonreír, y se ruborizó.
Respondió muy graciosamente a mi bienvenida. Me senté a su lado, aún maravillada; y dijo:
—Debo contarte mi visión sobre ti; es tan extraño que tú y yo hayamos tenido, cada una de la otra, un sueño tan vívido, que ambas nos hayamos visto, yo a ti y tú a mí, con el aspecto que tenemos ahora, cuando por supuesto las dos éramos apenas unas niñas. Yo era una niña de unos seis años, y desperté de un sueño confuso y turbado, y me hallé en un cuarto distinto del mío, torpemente revestido de una madera oscura, con armarios, camas, sillas y bancos repartidos por él. Las camas estaban, según creí, todas vacías, y el cuarto sin nadie más que yo; y, tras mirar un rato en derredor, y admirar sobre todo un candelabro de hierro de dos brazos que reconocería sin duda, me arrastré bajo una de las camas para llegar a la ventana; pero al salir de debajo de la cama oí a alguien llorar; y, alzando la vista mientras seguía de rodillas, te vi a ti —a ti sin la menor duda— tal como te veo ahora; una hermosa joven de cabellos de oro y grandes ojos azules, y unos labios… tus labios… tú, tal como estás aquí.
»Tu aspecto me cautivó; me subí a la cama y te rodeé con mis brazos, y creo que ambas nos dormimos. Me despertó un grito; estabas incorporada, gritando. Me asusté, me deslicé hasta el suelo y, según me pareció, perdí el sentido un momento; y cuando volví en mí, estaba de nuevo en mi cuarto, en casa. Tu cara no la he olvidado nunca desde entonces. No podría engañarme un mero parecido. Tú eres la dama que vi entonces.
Me tocaba entonces a mí relatar mi visión correspondiente, cosa que hice, ante el asombro sin disimulo de mi nueva conocida.
—No sé cuál de las dos debería temer más a la otra —dijo, sonriendo de nuevo—. Si fueras menos bonita, creo que te tendría mucho miedo; pero, siendo como eres, y tan jóvenes las dos, solo siento que te conocí hace doce años, y que ya tengo derecho a tu intimidad; en todo caso, parece como si estuviéramos destinadas, desde la más tierna infancia, a ser amigas. Me pregunto si tú te sientes tan extrañamente atraída hacia mí como yo hacia ti; nunca he tenido una amiga… ¿la encontraré ahora? —Suspiró, y sus hermosos ojos oscuros me miraron con pasión.
Y es que la verdad es que sentía yo algo inexplicable hacia la bella forastera. Me sentía, como ella decía, «atraída hacia ella», pero había también algo de repulsión. En este sentimiento ambiguo, sin embargo, la atracción prevalecía inmensamente. Me interesaba y me cautivaba; era tan hermosa y tan indescriptiblemente encantadora.
Percibí entonces que cierta languidez y agotamiento la invadían, y me apresuré a darle las buenas noches.
—El médico opina —añadí— que deberías tener una doncella que velara contigo esta noche; una de las nuestras espera, y verás qué criatura tan útil y callada es.
—Qué amable, pero no podría dormir; nunca he podido con alguien velando en la habitación. No necesitaré ayuda… y, ¿confieso mi flaqueza?, me persigue el terror a los ladrones. Una vez robaron en nuestra casa y asesinaron a dos criados, así que siempre cierro con llave mi puerta. Se me ha vuelto costumbre… y pareces tan bondadosa que sé que me perdonarás. Veo que hay una llave en la cerradura.
Me estrechó un momento entre sus bonitos brazos y me susurró al oído: —Buenas noches, querida; es muy duro separarme de ti, pero buenas noches; mañana, aunque no temprano, volveré a verte.
Se dejó caer sobre la almohada con un suspiro, y sus hermosos ojos me siguieron con una mirada tierna y melancólica, y murmuró de nuevo: —Buenas noches, querida amiga.
Los jóvenes simpatizan, e incluso aman, por impulso. Me halagaba el evidente, aunque todavía inmerecido, cariño que me mostraba. Me gustaba la confianza con que me había acogido desde el primer momento. Estaba decidida a que fuéramos amigas muy íntimas.
Llegó el día siguiente y volvimos a vernos. Estaba encantada con mi compañera; es decir, en muchos aspectos.
Su aspecto nada perdía a la luz del día; era, sin duda, la criatura más hermosa que yo había visto, y el desagradable recuerdo del rostro que se me había aparecido en mi sueño de la infancia había perdido el efecto de aquel primer reconocimiento inesperado.
Ella confesó haber experimentado una sorpresa parecida al verme, y exactamente la misma leve antipatía que se había mezclado con mi admiración por ella. Ahora nos reíamos juntas de nuestros horrores de un momento.
Capítulo IV — Sus costumbres. Un paseo
Le he dicho que me tenía cautivada en casi todo.
Había algunas cosas que no me gustaban tanto.
Era más alta que la media de las mujeres. Empezaré por describirla.
Era esbelta, y maravillosamente grácil. Salvo que sus movimientos eran lánguidos —muy lánguidos, en verdad—, nada en su apariencia denotaba a una enferma. Su cutis era intenso y radiante; sus facciones, pequeñas y bellamente formadas; sus ojos grandes, oscuros y luminosos; su cabello era del todo admirable, nunca vi una cabellera tan magníficamente espesa y larga cuando la llevaba suelta sobre los hombros; a menudo pasaba mis manos por debajo, riéndome de asombro ante su peso. Era exquisitamente fino y suave, y de un color castaño muy oscuro y rico, con algo de oro. Me encantaba soltárselo, que cayera desplomándose por su propio peso mientras, en su cuarto, se reclinaba en el sillón hablando con su dulce voz baja; yo se lo plegaba y trenzaba, se lo extendía y jugaba con él. ¡Cielos! ¡Si lo hubiera sabido todo!
He dicho que había cosas que no me gustaban. Le he contado que su confianza me ganó la primera noche que la vi; pero descubrí que ejercía, respecto de sí misma, de su madre, de su historia, de todo cuanto tenía que ver con su vida, sus planes y su gente, una reserva siempre vigilante. Reconozco que fui poco razonable, tal vez injusta; reconozco que debí respetar la solemne advertencia que la altiva dama de terciopelo negro le había impuesto a mi padre. Pero la curiosidad es una pasión inquieta y sin escrúpulos, y ninguna muchacha soporta con paciencia que la suya se vea burlada por otra. ¿Qué daño podía hacerle a nadie contarme lo que yo tan ardientemente deseaba saber? ¿No tenía confianza en mi buen juicio o mi honor? ¿Por qué no me creía cuando le aseguraba, tan solemnemente, que no revelaría una sola sílaba de cuanto me contase a ningún mortal viviente?
Había una frialdad, me parecía, impropia de sus años, en su sonriente, melancólica y obstinada negativa a concederme el menor rayo de luz.
No puedo decir que riñéramos por ello, pues por nada quería ella reñir. Era, por supuesto, muy injusto por mi parte apremiarla, muy poco delicado, pero de veras no podía evitarlo; y bien podría haberlo dejado estar.
Lo que sí me contó equivalía, en mi desconsiderada estimación, a nada.
Se reducía todo a tres revelaciones muy vagas:
Primera: su nombre era Carmilla7.
Segunda: su familia era muy antigua y noble.
Tercera: su hogar quedaba hacia el oeste.
No quiso decirme el nombre de su familia, ni sus blasones, ni el nombre de su hacienda, ni siquiera el del país en que vivían.
No vaya a suponer que la atormentaba sin cesar con estos asuntos. Acechaba la ocasión, e insinuaba mis preguntas más que apremiarlas. Una o dos veces, cierto es, la abordé de un modo más directo. Pero, fueran cuales fuesen mis tácticas, el resultado era invariablemente el más rotundo fracaso. Reproches y caricias se estrellaban por igual contra ella. Aunque debo añadir esto: que su evasiva se conducía con tan bonita melancolía y con tanto ruego, con tantas —e incluso apasionadas— declaraciones de su cariño hacia mí y de su confianza en mi honor, y con tantas promesas de que al fin lo sabría todo, que no hallaba en mi corazón modo de seguir mucho tiempo ofendida con ella.
Solía rodearme el cuello con sus bonitos brazos, atraerme hacia sí y, apoyando su mejilla en la mía, murmurarme con los labios junto al oído: —Amor mío, tu corazoncito está herido; no me creas cruel porque obedezco la ley irresistible de mi fuerza y mi flaqueza; si tu querido corazón está herido, mi corazón salvaje sangra con el tuyo. En el arrebato de mi enorme humillación vivo en tu vida cálida, y tú morirás… morirás, morirás dulcemente, dentro de la mía8. No puedo evitarlo; a medida que yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otras, y conocerás el arrebato de esa crueldad que, con todo, es amor; así que, por un tiempo, no busques saber más de mí ni de los míos, sino confíate a mí con todo tu espíritu amoroso.
Y cuando había pronunciado semejante arrebato, me estrechaba más contra sí en su tembloroso abrazo, y sus labios, en suaves besos, ardían dulcemente en mi mejilla.
Sus agitaciones y su lenguaje me resultaban ininteligibles.
De estos necios abrazos, que no eran muy frecuentes, debo reconocerlo, solía yo desear librarme; pero las fuerzas parecían faltarme. Sus palabras susurradas sonaban como una nana en mi oído, y adormecían mi resistencia en un trance del que solo parecía despertar cuando ella retiraba los brazos.
En esos estados misteriosos no me gustaba. Experimentaba una extraña excitación tumultuosa que era placentera, mezclada a ratos con una vaga sensación de miedo y de asco. No tenía pensamientos definidos sobre ella mientras duraban tales escenas, pero era consciente de un amor que crecía hasta la adoración, y también de una repugnancia. Sé que es una paradoja, pero no puedo intentar de otro modo explicar el sentimiento.
Escribo ahora, tras un intervalo de más de diez años, con mano temblorosa, con un recuerdo confuso y horrible de ciertos sucesos y situaciones, en la prueba por la que sin saberlo estaba pasando; aunque con un recuerdo vívido y muy nítido de la corriente principal de mi historia.
Pero sospecho que en todas las vidas hay ciertas escenas emocionales, aquellas en que nuestras pasiones han sido más salvaje y terriblemente encendidas, que son, entre todas, las que se recuerdan de manera más vaga y borrosa.
A veces, tras una hora de apatía, mi extraña y hermosa compañera me tomaba la mano y la retenía con una tierna presión, renovada una y otra vez; ruborizándose suavemente, mirándome a la cara con ojos lánguidos y ardientes, y respirando tan de prisa que su vestido subía y bajaba con la tumultuosa respiración. Era como el ardor de un amante; me turbaba; era odioso y a la vez arrollador; y, con ojos codiciosos, me atraía hacia sí, y sus labios calientes recorrían mi mejilla en besos; y susurraba, casi entre sollozos: «Eres mía, serás mía, tú y yo somos una sola para siempre». Luego se echaba hacia atrás en el sillón, con sus manitas sobre los ojos, dejándome temblorosa.
—¿Somos parientes? —solía preguntarle—. ¿Qué quieres decir con todo esto? Quizá te recuerdo a alguien a quien amas; pero no debes, lo detesto; no te conozco… no me conozco a mí misma cuando miras así y hablas así.
Ella suspiraba ante mi vehemencia, luego se apartaba y soltaba mi mano.
Respecto de estas manifestaciones tan extraordinarias, en vano me esforzaba por formar una teoría satisfactoria; no lograba atribuirlas a afectación o artimaña. Era, inconfundiblemente, el momentáneo estallido de un instinto y una emoción reprimidos. ¿Estaba ella, pese a la negativa que su madre había ofrecido motu proprio, sujeta a breves accesos de demencia; o había aquí un disfraz y una intriga novelesca? En viejos libros de cuentos había leído cosas así. ¿Y si un enamorado imberbe se hubiera colado en la casa y tratase de cortejarme en disfraz, con la ayuda de una taimada vieja aventurera? Pero muchas cosas se oponían a esta hipótesis, por más halagüeña que fuera para mi vanidad.
No podía yo jactarme de esas pequeñas atenciones que la galantería masculina se deleita en ofrecer. Entre aquellos momentos apasionados había largos intervalos de trato corriente, de alegría, de melancolía cavilosa, durante los cuales, salvo que sorprendía sus ojos, tan llenos de fuego melancólico, siguiéndome, a ratos yo habría podido no ser nada para ella. Salvo en esos breves períodos de misteriosa excitación, sus maneras eran de muchacha; y siempre la envolvía una languidez del todo incompatible con una constitución masculina en estado de salud.
En algunos aspectos sus costumbres eran raras. Quizá no tan singulares a los ojos de una dama de ciudad como usted, como nos lo parecían a nosotros, gente rústica. Bajaba muy tarde, por lo general no antes de la una; entonces tomaba una taza de chocolate, pero no comía nada; salíamos luego a caminar, que era un mero paseo sin rumbo, y ella parecía, casi de inmediato, extenuada, y o volvía al schloss o se sentaba en uno de los bancos dispuestos, aquí y allá, entre los árboles. Era una languidez del cuerpo que su mente no compartía. Conversaba siempre con animación, y era muy inteligente.
A veces aludía un instante a su propio hogar, o mencionaba una aventura o una situación, o un recuerdo temprano, que denotaban un pueblo de costumbres extrañas y describían usanzas que nosotros ignorábamos por completo. De estas alusiones casuales deduje que su país natal quedaba mucho más lejos de lo que al principio había imaginado.
Estando así sentadas una tarde bajo los árboles, pasó junto a nosotras un cortejo fúnebre. Era el de una bonita muchacha a quien yo había visto a menudo, hija de uno de los guardabosques. El pobre hombre caminaba tras el ataúd de su tesoro; era su única hija, y se lo veía deshecho por la pena.
Detrás venían campesinos de dos en dos, cantando un himno funerario.
Me levanté para mostrar mi respeto al pasar ellos, y me uní al himno que entonaban con tanta dulzura.
Mi compañera me sacudió un poco bruscamente, y me volví sorprendida.
Dijo con aspereza: —¿No notas qué desafinado es eso?
—A mí me parece muy dulce, al contrario —respondí, molesta por la interrupción, e incomodísima, no fueran las personas que componían la pequeña procesión a advertir y a ofenderse por lo que pasaba.
Reanudé, pues, al instante, y de nuevo me interrumpió.
—Me taladras los oídos —dijo Carmilla, casi con enfado, tapándoselos con sus dedos menudos—. Además, ¿cómo sabes que tu religión y la mía son la misma? Tus formas me hieren, y detesto los funerales. ¡Cuánto aspaviento! Si has de morir… todos han de morir; y todos son más felices cuando lo hacen. Vámonos a casa.
—Mi padre se ha adelantado con el clérigo al cementerio. Creí que sabías que la enterraban hoy.
—¿Ella? No me caliento la cabeza por campesinas. No sé quién es —respondió Carmilla, con un fulgor de sus hermosos ojos.
—Es la pobre muchacha que creyó ver un fantasma hace quince días, y ha estado muriéndose desde entonces, hasta ayer, que expiró.
—No me cuentes nada de fantasmas. No dormiré esta noche si lo haces.
—Espero que no venga una peste o unas fiebres; todo esto tiene mucha pinta de eso —proseguí—. La joven mujer del porquero murió hace apenas una semana, y creyó que algo la agarraba de la garganta mientras yacía en su cama, y casi la estrangulaba. Papá dice que esas horribles figuraciones acompañan a algunas formas de fiebre. El día anterior estaba perfectamente bien. Después decayó, y murió antes de una semana.
—Bueno, su funeral ya ha terminado, espero, y su himno ya está cantado; y que nuestros oídos no sigan torturados con ese desafino y esa jerigonza. Me ha puesto nerviosa. Siéntate aquí, a mi lado; siéntate cerca; dame la mano; aprétala fuerte… fuerte… más fuerte.
Nos habíamos retirado un poco y habíamos llegado a otro banco.
Ella se sentó. Su cara sufrió un cambio que me alarmó, e incluso me aterró por un momento. Se ensombreció, y se puso horriblemente lívida; sus dientes y sus manos se apretaron, y frunció el ceño y comprimió los labios, mientras clavaba la mirada en el suelo, a sus pies, y temblaba de la cabeza a los pies con un estremecimiento continuo, tan incontenible como el de unas fiebres. Todas sus energías parecían tensarse por sofocar un ataque contra el cual pugnaba entonces, sin aliento; y al fin brotó de ella un grito bajo y convulso de sufrimiento, y poco a poco cedió la histeria.
—¡Ahí tienes! Eso pasa por estrangular a la gente con himnos —dijo por fin—. Sostenme, sostenme quieta. Ya se me pasa.
Y así, poco a poco, se le pasó; y, quizá para disipar la sombría impresión que el espectáculo me había dejado, se puso insólitamente animada y parlanchina; y así llegamos a casa.
Era la primera vez que yo la veía manifestar síntomas definibles de aquella delicadeza de salud de la que su madre había hablado. Era también la primera vez que la veía mostrar algo parecido al mal genio.
Ambas cosas se disiparon como una nube de verano; y solo una vez más, después de esta, presencié en ella un signo momentáneo de cólera. Le contaré cómo ocurrió.
Ella y yo mirábamos por una de las largas ventanas del salón cuando entró en el patio, cruzando el puente levadizo, la figura de un vagabundo a quien yo conocía muy bien. Solía visitar el schloss, por lo general, dos veces al año.
Era la figura de un jorobado, con las facciones agudas y enjutas que suelen acompañar a la deformidad. Llevaba una puntiaguda barba negra y sonreía de oreja a oreja, mostrando sus blancos colmillos. Iba vestido de ante, negro y escarlata, cruzado por más correas y cinturones de los que yo podía contar, de los que colgaban toda suerte de cosas. A la espalda llevaba una linterna mágica y dos cajas que yo bien conocía: en una había una salamandra, y en la otra una mandrágora9. Estos monstruos solían hacer reír a mi padre. Estaban compuestos de partes de monos, loros, ardillas, peces y erizos, disecadas y cosidas con gran pulcritud y efecto sorprendente. Llevaba un violín, una caja de aparejos de prestidigitación, un par de floretes y caretas atados al cinturón, varias otras cajas misteriosas colgando de él, y en la mano un bastón negro con virolas de cobre. Lo acompañaba un perro flaco y áspero que le seguía los talones, pero que se detuvo en seco, receloso, en el puente levadizo, y al poco empezó a aullar lúgubremente.
Entretanto, el saltimbanqui, plantado en medio del patio, se quitó su grotesco sombrero y nos hizo una reverencia muy ceremoniosa, prodigando sus cumplidos con gran volubilidad en un francés execrable, y un alemán no mucho mejor.
Luego, desprendiendo su violín, empezó a rascar un aire vivaz que cantaba con alegre desafino, danzando con posturas y ademanes tan ridículos que me hicieron reír, pese a los aullidos del perro.
Después avanzó hacia la ventana con muchas sonrisas y saludos, el sombrero en la mano izquierda, el violín bajo el brazo, y, con una fluidez que jamás tomaba aliento, farfulló un largo anuncio de todas sus habilidades, y de los recursos de las diversas artes que ponía a nuestro servicio, y de las curiosidades y diversiones que estaba en su poder desplegar a nuestro antojo.
—¿Gustarían sus señorías de comprar un amuleto contra el oupire10, que anda suelto, según oigo, como el lobo por estos bosques? —dijo, dejando caer el sombrero sobre el empedrado—. Mueren de él a diestro y siniestro, y aquí tienen un hechizo que nunca falla; basta prenderlo a la almohada, y podrán reírse en su cara.
Estos hechizos consistían en tiras alargadas de vitela, con cifras y diagramas cabalísticos.
Carmilla compró uno al instante, y yo también.
Él miraba hacia arriba, y nosotras le sonreíamos desde lo alto, divertidas; al menos, puedo responder por mí. Su penetrante ojo negro, al alzarse hacia nuestras caras, pareció detectar algo que fijó por un momento su curiosidad.
En un instante desenrolló un estuche de cuero, lleno de toda clase de raros y pequeños instrumentos de acero.
—Miren, mi señora —dijo, mostrándolo y dirigiéndose a mí—; profeso, entre otras artes menos útiles, la de la odontología. ¡Maldito perro! —intercaló—. ¡Silencio, bestia! Aúlla de tal modo que sus señorías apenas pueden oír palabra. Su noble amiga, la joven dama a su derecha, tiene el diente más afilado… largo, fino, puntiagudo, como una lezna, como una aguja11; ¡ja, ja! Con mi vista aguda y larga, al mirar hacia arriba, lo he visto con claridad; ahora bien, si acaso le hace daño a la joven dama, y creo que ha de hacérselo, aquí estoy yo, aquí están mi lima, mi punzón, mis tenazas; se lo dejaré redondo y romo, si su señoría lo desea; ya no el diente de un pez, sino el de una hermosa joven como es ella. ¿Eh? ¿Se disgusta la joven dama? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?
La joven dama, en efecto, parecía muy enfadada al retirarse de la ventana.
—¿Cómo se atreve ese saltimbanqui a insultarnos así? ¿Dónde está tu padre? Le exigiré reparación. ¡Mi padre habría hecho atar a ese miserable a la bomba de agua, azotarlo con un látigo de carretero y quemarlo hasta los huesos con el hierro de marcar ganado!
Se apartó de la ventana un par de pasos y se sentó, y apenas había perdido de vista al ofensor cuando su ira se apaciguó tan de súbito como se había alzado, y fue recobrando poco a poco su tono habitual, y pareció olvidar al pequeño jorobado y sus necedades.
Mi padre estuvo alicaído aquella noche. Al entrar nos contó que había habido otro caso muy parecido a los dos fatales ocurridos hacía poco. La hermana de un joven campesino de su hacienda, a apenas una milla, estaba muy enferma; había sido atacada, según ella lo describía, casi del mismo modo, y ahora se apagaba lenta pero firmemente.
—Todo esto —dijo mi padre— se debe estrictamente a causas naturales. Esta pobre gente se contagia unos a otros sus supersticiones, y así reproducen en la imaginación las imágenes de terror que han infestado a sus vecinos.
—Pero esa misma circunstancia lo asusta a uno horriblemente —dijo Carmilla.
—¿Cómo es eso? —preguntó mi padre.
—Me da tanto miedo figurarme que veo tales cosas; creo que sería tan malo como la realidad.
—Estamos en manos de Dios: nada puede suceder sin su permiso, y todo acabará bien para quienes lo aman. Él es nuestro fiel creador; nos ha hecho a todos, y cuidará de nosotros.
—¡Creador! ¡La Naturaleza! —dijo la joven en respuesta a mi apacible padre—. Y esta enfermedad que asola la comarca es natural. La Naturaleza. Todas las cosas proceden de la Naturaleza, ¿no es así? Todas las cosas, en el cielo, en la tierra y bajo la tierra, actúan y viven como la Naturaleza ordena. Eso creo.
—El médico dijo que vendría hoy —dijo mi padre tras un silencio—. Quiero saber qué opina del asunto, y qué cree que más nos convendría hacer.
—Los médicos nunca me hicieron ningún bien —dijo Carmilla.
—¿Entonces has estado enferma? —pregunté.
—Más enferma de lo que tú lo has estado nunca —respondió.
—¿Hace mucho?
—Sí, hace mucho tiempo. Padecí esta misma enfermedad; pero lo olvido todo salvo mi dolor y mi debilidad, y no eran tan terribles como los que se sufren en otros males.
—¿Eras muy joven entonces?
—Diría que sí; no hablemos más de ello. ¿No querrás herir a una amiga?
Me miró lánguidamente a los ojos, me pasó el brazo por la cintura con cariño y me sacó de la habitación. Mi padre se afanaba sobre unos papeles junto a la ventana.
—¿Por qué le gusta a tu papá asustarnos? —dijo la bonita muchacha con un suspiro y un leve estremecimiento.
—No es así, querida Carmilla; es lo más lejos de su intención.
—¿Tienes miedo, tesoro?
—Lo tendría, y mucho, si me figurara que hay peligro real de que me ataquen como a esas pobres gentes.
—¿Tienes miedo de morir?
—Sí, todo el mundo lo tiene.
—Pero morir como pueden hacerlo los amantes… morir juntos, para poder vivir juntos.
»Las muchachas son orugas mientras viven en el mundo, para al fin ser mariposas cuando llega el verano; pero, entretanto, hay gusanos y larvas, ¿no lo ves?, cada cual con sus peculiares inclinaciones, necesidades y estructura. Así lo dice Monsieur Buffon, en su gran libro, en el cuarto de al lado12.
Más tarde, aquel día, llegó el médico y estuvo un buen rato encerrado con papá.
Era un hombre hábil, de sesenta años y pico; llevaba polvos y se afeitaba la cara pálida hasta dejarla tan lisa como una calabaza. Él y papá salieron juntos de la habitación, y oí reír a papá y decir mientras salían:
—Vaya, me asombra usted, un hombre sabio como usted. ¿Qué me dice de hipogrifos y dragones?
El médico sonreía, y respondió, meneando la cabeza:
—Y sin embargo la vida y la muerte son estados misteriosos, y poco sabemos de los recursos de una y otra.
Y así siguieron andando, y no oí más. No supe entonces qué había estado insinuando el médico, pero creo que ahora lo adivino.
Capítulo V — Un parecido asombroso
Aquella tarde llegó de Gratz el grave hijo de cara morena del restaurador de cuadros, con un caballo y un carro cargados con dos grandes cajas de embalaje, cada una con muchos cuadros dentro. Era un viaje de diez leguas, y siempre que un mensajero llegaba al schloss desde nuestra pequeña capital de Gratz solíamos apiñarnos en torno a él en el vestíbulo para oír las noticias.
Esta llegada creó en nuestro recóndito rincón toda una conmoción. Las cajas quedaron en el vestíbulo, y los criados se hicieron cargo del mensajero hasta que hubo cenado. Luego, con ayudantes y armado de martillo, escoplo y destornillador, se reunió con nosotros en el vestíbulo, donde nos habíamos congregado para presenciar el desembalaje de las cajas.
Carmilla miraba con indiferencia mientras iban saliendo a la luz, uno tras otro, los viejos cuadros —casi todos retratos— que habían pasado por el proceso de restauración. Mi madre era de una antigua familia húngara, y la mayoría de estos cuadros, que estaban a punto de volver a sus lugares, nos habían llegado a través de ella.
Mi padre tenía una lista en la mano, de la que iba leyendo mientras el artista rebuscaba los números correspondientes. No sé si los cuadros eran muy buenos, pero eran, sin duda, muy antiguos, y algunos también muy curiosos. Tenían, en su mayor parte, el mérito de que yo los veía ahora, puedo decirlo, por primera vez; pues el humo y el polvo del tiempo casi los habían borrado.
—Hay un cuadro que aún no he visto —dijo mi padre—. En una esquina, arriba, está el nombre, hasta donde pude leer, «Marcia Karnstein», y la fecha «1698»; y tengo curiosidad por ver cómo ha quedado.
Yo lo recordaba; era un cuadro pequeño, de un pie y medio de alto, y casi cuadrado, sin marco; pero estaba tan ennegrecido por la edad que no lograba distinguirlo.
El artista lo sacó entonces, con evidente orgullo. Era hermosísimo; era asombroso; parecía vivo. ¡Era la efigie de Carmilla!
—Carmilla, querida, aquí hay un milagro absoluto. Aquí estás tú, viva, sonriente, a punto de hablar, en este cuadro. ¿No es hermoso, papá? Y mira, hasta el lunarcito de la garganta.
Mi padre rio y dijo: —Ciertamente, es un parecido asombroso —pero apartó la vista y, para mi sorpresa, pareció poco impresionado, y siguió hablando con el restaurador de cuadros, que era también algo artista y disertaba con inteligencia sobre los retratos y demás obras que su arte acababa de devolver a la luz y al color, mientras yo me perdía cada vez más en el asombro cuanto más miraba el cuadro.
—¿Me dejas colgar este cuadro en mi cuarto, papá? —pregunté.
—Por supuesto, querida —dijo, sonriendo—; me alegra mucho que lo encuentres tan parecido. Ha de ser aún más bonito de lo que yo creía, si de veras lo es.
La joven no correspondió a este bonito cumplido, no pareció oírlo. Estaba reclinada en su asiento, sus hermosos ojos, bajo las largas pestañas, mirándome en contemplación, y sonreía en una especie de arrobamiento.
—Y ahora puede leerse con toda claridad el nombre escrito en la esquina. No es Marcia; parece hecho en oro. El nombre es Mircalla, condesa Karnstein, y aquí hay una pequeña corona encima, y debajo A. D. 1698. Desciendo de los Karnstein; es decir, mamá descendía.
—¡Ah! —dijo la dama, lánguidamente—, también yo, creo, por muy larga descendencia, muy antigua. ¿Quedan Karnstein vivos hoy en día?
—Ninguno que lleve el nombre, según creo. La familia se arruinó, tengo entendido, en unas guerras civiles, hace mucho; pero las ruinas del castillo están a solo unas tres millas.
—¡Qué interesante! —dijo, con languidez—. Pero ¡mira qué hermosa luz de luna! —Echó una ojeada por la puerta del vestíbulo, que estaba un poco abierta—. ¿Y si damos un pequeño paseo por el patio, y miramos allá abajo el camino y el río?
—Es tan parecido a la noche en que viniste a nosotros —dije.
Ella suspiró, sonriendo.
Se levantó, y, cada una con el brazo en torno a la cintura de la otra, salimos al empedrado.
En silencio, despacio, bajamos hasta el puente levadizo, donde se abrió ante nosotras el hermoso paisaje.
—¿Así que pensabas en la noche en que vine aquí? —dijo casi en un susurro—. ¿Te alegras de que viniera?
—Encantada, querida Carmilla —respondí.
—Y pediste el cuadro que crees parecido a mí, para colgarlo en tu cuarto —murmuró con un suspiro, estrechando más el brazo en torno a mi cintura y dejando caer su bonita cabeza sobre mi hombro.
—Qué novelesca eres, Carmilla —dije—. Cuando me cuentes tu historia, resultará estar hecha, sobre todo, de algún gran idilio.
Me besó en silencio.
—Estoy segura, Carmilla, de que has estado enamorada; de que hay, en este mismo momento, un asunto del corazón en marcha.
—No he estado enamorada de nadie, ni lo estaré nunca —susurró—, a menos que sea de ti.
¡Qué hermosa se la veía a la luz de la luna!
Tímida y extraña fue la mirada con que ocultó de prisa su rostro en mi cuello y mi cabello, con suspiros tumultuosos que casi parecían sollozos, y estrechó en la mía una mano que temblaba.
Su suave mejilla ardía contra la mía.
—Amor mío, amor mío —murmuró—, vivo en ti; y tú morirías por mí, tanto te amo.
Me sobresalté y me aparté de ella.
Me miraba con unos ojos de los que todo fuego, todo sentido había huido, y una cara incolora y apática.
—¿Hay frío en el aire, querida? —dijo, adormilada—. Casi tirito; ¿he estado soñando? Entremos. Vamos; vamos; entremos.
—Se te ve mal, Carmilla; un poco desfallecida. Sin duda debes tomar un poco de vino —dije.
—Sí. Lo tomaré. Ya estoy mejor. En unos minutos estaré del todo bien. Sí, dame un poco de vino —respondió Carmilla mientras nos acercábamos a la puerta—. Miremos otra vez un momento; es la última vez, quizá, que veré la luz de la luna contigo.
—¿Cómo te sientes ahora, querida Carmilla? ¿De veras estás mejor? —pregunté.
Empezaba a alarmarme, no fuera a ser que la hubiese acometido la extraña epidemia que, según decían, había invadido la comarca en torno a nosotros.
—Papá se afligiría sin medida —añadí— si pensara que estás, por poco que fuese, enferma, sin avisarnos de inmediato. Tenemos cerca un médico muy hábil, el que estuvo hoy con papá.
—Seguro que lo es. Sé lo bondadosos que son todos; pero, querida niña, estoy del todo repuesta. Nunca me pasa nada, salvo una pequeña debilidad. Dicen que soy lánguida; soy incapaz de esfuerzo; apenas puedo caminar tanto como una niña de tres años; y de cuando en cuando las pocas fuerzas que tengo flaquean, y me quedo como acabas de verme. Pero, después de todo, me repongo con mucha facilidad; en un momento vuelvo a ser yo del todo. Mira cómo me he recobrado.
Y así era, en efecto; y ella y yo hablamos largo y tendido, y muy animada estaba; y el resto de aquella velada transcurrió sin que se repitiera lo que yo llamaba sus arrebatos. Me refiero a su charla y sus miradas dementes, que me turbaban, e incluso me asustaban.
Pero ocurrió aquella noche un hecho que dio a mis pensamientos un giro del todo nuevo, y pareció despertar hasta la lánguida naturaleza de Carmilla a una momentánea energía.
Capítulo VI — Una angustia muy extraña
Cuando entramos en el salón y nos sentamos a tomar el café y el chocolate, aunque Carmilla no tomó nada, parecía de nuevo del todo ella misma, y Madame y Mademoiselle De Lafontaine se nos unieron y formaron una pequeña partida de cartas, en el curso de la cual entró papá por lo que él llamaba su «taza de té».
Terminado el juego, se sentó junto a Carmilla en el sofá y le preguntó, un poco inquieto, si había tenido noticias de su madre desde su llegada.
Ella respondió que no.
Le preguntó entonces si sabía adónde podría llegarle por ahora una carta.
—No sabría decirlo —respondió con ambigüedad—; pero he estado pensando en dejarlos; han sido ya demasiado hospitalarios y demasiado amables conmigo. Les he dado una infinidad de molestias, y quisiera tomar mañana un carruaje y salir en su busca; sé dónde acabaré por encontrarla, aunque aún no me atrevo a decírselo.
—Pero ni se le ocurra pensar en tal cosa —exclamó mi padre, para gran alivio mío—. No podemos permitirnos perderla así, y no consentiré que nos deje, salvo al cuidado de su madre, que tuvo la bondad de consentir en que se quedara con nosotros hasta su propio regreso. Sería muy feliz si supiera que tiene usted noticias de ella; pero esta misma tarde los partes sobre el avance de la misteriosa enfermedad que ha invadido nuestra vecindad se vuelven aún más alarmantes; y, hermosa huésped mía, siento muchísimo la responsabilidad, sin el auxilio de un consejo de su madre. Pero haré cuanto pueda; y una cosa es segura: no debe pensar en dejarnos sin instrucción expresa de ella en tal sentido. Sufriríamos demasiado al separarnos de usted para consentirlo a la ligera.
—Gracias, señor, mil veces por su hospitalidad —respondió ella, sonriendo con timidez—. Todos han sido demasiado amables conmigo; pocas veces en toda mi vida he sido tan feliz como en su hermoso château, bajo su cuidado y en la compañía de su querida hija.
Y él, con galantería y a su modo anticuado, le besó la mano, sonriente y complacido con su pequeño discurso.
Acompañé a Carmilla, como de costumbre, a su cuarto, y me senté a charlar con ella mientras se preparaba para acostarse.
—¿Crees —dije al fin— que llegarás alguna vez a confiar plenamente en mí?
Se volvió sonriendo, pero no respondió, solo siguió sonriéndome.
—¿No respondes a eso? —dije—. No puedes responder de un modo grato; no debí preguntártelo.
—Hiciste muy bien en preguntármelo, eso o cualquier cosa. No sabes cuán querida eres para mí, o no podrías juzgar excesiva ninguna confianza que quisieras buscar. Pero estoy atada por votos, ninguna monja tanto como yo, y no me atrevo a contar mi historia todavía, ni siquiera a ti. Muy cercano está el tiempo en que lo sabrás todo. Me creerás cruel, muy egoísta, pero el amor es siempre egoísta; cuanto más ardiente, más egoísta. Cuán celosa soy no puedes saberlo. Has de venir conmigo, amándome, hasta la muerte; o, si no, odiarme y venir aun así conmigo, y odiándome a través de la muerte y después de ella. No existe la palabra indiferencia en mi apática naturaleza.
—Vamos, Carmilla, ya vas a soltar otra vez tus disparates delirantes —dije de prisa.
—No seré yo, boba tontuela que soy, llena de caprichos y fantasías; por ti hablaré como una sabia. ¿Has estado alguna vez en un baile?
—No; cómo te disparas. ¿Cómo es? Qué encantador debe de ser.
—Casi lo he olvidado, hace años.
Me reí.
—No eres tan vieja. Tu primer baile difícilmente puede olvidarse aún.
—Lo recuerdo todo de él… con esfuerzo. Lo veo todo, como ven los buzos lo que ocurre sobre ellos, a través de un medio denso, ondulante, pero transparente. Ocurrió aquella noche algo que ha enturbiado el cuadro y ha apagado sus colores. Estuve a punto de ser asesinada en mi cama, herida aquí —se tocó el pecho—, y nunca volví a ser la misma.
—¿Estuviste cerca de morir?
—Sí, muy cerca… un amor cruel, un amor extraño, que habría querido quitarme la vida. El amor exige sus sacrificios. No hay sacrificio sin sangre. Durmámonos ya; me siento tan perezosa. ¿Cómo voy a levantarme ahora a cerrar mi puerta con llave?
Yacía con sus manitas hundidas en su rica cabellera ondulada, bajo la mejilla, la cabecita sobre la almohada, y sus ojos relucientes me seguían dondequiera que yo me moviese, con una tímida sonrisa que no lograba descifrar.
Le di las buenas noches y salí a hurtadillas del cuarto con una sensación de desasosiego.
A menudo me preguntaba si nuestra bonita huésped rezaba alguna vez sus oraciones. Desde luego, nunca la había visto de rodillas. Por la mañana no bajaba sino mucho después de terminadas las oraciones de la familia, y por la noche nunca salía del salón para asistir a nuestras breves oraciones vespertinas en el vestíbulo.
Si no hubiera salido a relucir, por azar, en una de nuestras charlas descuidadas, que había sido bautizada, yo habría dudado de que fuese cristiana. La religión era un tema sobre el que jamás le había oído decir una palabra. De haber conocido mejor el mundo, este particular descuido o antipatía no me habría sorprendido tanto.
Las precauciones de las personas nerviosas son contagiosas, y las personas de temperamento afín es muy probable que, al cabo de un tiempo, acaben imitándolas. Yo había adoptado la costumbre de Carmilla de cerrar con llave la puerta del dormitorio, tras habérseme metido en la cabeza todos sus caprichosos temores a invasores de medianoche y asesinos merodeadores. También había adoptado su precaución de registrar brevemente el cuarto para cerciorarse de que ningún asesino ni ladrón agazapado estuviera «al acecho».
Tomadas estas sabias medidas, me metí en la cama y me dormí. Ardía una luz en mi cuarto. Era una vieja costumbre, de fecha muy temprana, a la que nada me habría inducido a renunciar.
Así pertrechada, podía descansar en paz. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las estancias oscuras u oscurecen las iluminadas, y sus personajes hacen sus entradas y salidas a su antojo, y se ríen de los cerrajeros.
Tuve aquella noche un sueño que fue el comienzo de una angustia muy extraña.
No puedo llamarlo pesadilla, pues era del todo consciente de que dormía.
Pero era igualmente consciente de estar en mi cuarto, tendida en la cama, exactamente como estaba en realidad. Veía, o creía ver, la habitación y su mobiliario tal como los había visto la última vez, salvo que estaba muy oscura, y vi algo que se movía en torno a los pies de la cama, que al principio no lograba distinguir con precisión. Pero pronto vi que era un animal de un negro de hollín, semejante a un gato monstruoso. Me pareció de unos cuatro o cinco pies de largo, pues medía por entero el largo de la alfombra de la chimenea al pasar sobre ella; y seguía yendo y viniendo con la ágil y siniestra inquietud de una fiera enjaulada. No podía gritar, aunque, como supondrá, estaba aterrada. Su paso se hacía más veloz, y el cuarto rápidamente más y más oscuro, hasta que al fin quedó tan oscuro que ya no alcanzaba a ver de él sino los ojos. Lo sentí saltar con ligereza sobre la cama. Los dos ojos anchos se acercaron a mi cara, y de pronto sentí un dolor punzante, como si dos grandes agujas se hundieran, a una o dos pulgadas de distancia, muy hondo en mi pecho. Desperté con un grito. El cuarto estaba iluminado por la vela que ardía allí toda la noche, y vi una figura femenina de pie a los pies de la cama, un poco hacia el lado derecho. Iba con un vestido oscuro y suelto, y su cabello caía y le cubría los hombros. Un bloque de piedra no habría podido estar más inmóvil. No había el menor rumor de respiración. Mientras la miraba fijamente, la figura pareció cambiar de sitio, y estaba ahora más cerca de la puerta; luego, junto a ella, la puerta se abrió, y salió.
Sentí entonces alivio, y pude respirar y moverme. Mi primer pensamiento fue que Carmilla me había gastado una broma, y que yo había olvidado asegurar mi puerta. Corrí a ella, y la encontré cerrada con llave, como de costumbre, por dentro. Tuve miedo de abrirla; estaba horrorizada. Me lancé a la cama, me cubrí la cabeza con la ropa y allí me quedé, más muerta que viva, hasta la mañana.
Capítulo VII — Descenso13
Sería vano que intentara transmitirle el horror con que, aún ahora, recuerdo lo ocurrido aquella noche. No era un terror pasajero como el que deja tras de sí un sueño. Parecía ahondarse con el tiempo, y se comunicaba a la habitación y al mismísimo mobiliario que había rodeado a la aparición.
No soportaba, al día siguiente, quedarme sola un momento. Debí contárselo a papá, pero me lo impedían dos razones opuestas. Unas veces pensaba que se reiría de mi historia, y no soportaba que la tratasen como una broma; y otras temía que se figurase que yo había sido atacada por el misterioso mal que había invadido nuestra vecindad. Yo, por mi parte, no tenía tal recelo, y como él llevaba un tiempo algo achacoso, temía alarmarlo.
Estaba bastante a gusto con mis bondadosas compañeras, Madame Perrodon y la vivaracha Mademoiselle Lafontaine. Ambas advirtieron que estaba alicaída y nerviosa, y al fin les conté lo que tanto me pesaba en el corazón.
Mademoiselle se rio, pero me pareció que Madame Perrodon ponía cara de preocupación.
—A propósito —dijo Mademoiselle, riendo—, ¡el largo paseo de los tilos, detrás de la ventana del dormitorio de Carmilla, está encantado!
—¡Tonterías! —exclamó Madame, que probablemente juzgó el tema poco oportuno—. ¿Y quién cuenta esa historia, querida?
—Martin dice que subió dos veces, cuando se reparaba la vieja verja del patio, antes del amanecer, y que dos veces vio a la misma figura femenina caminando por la avenida de los tilos.
—Bien pudo verla, mientras haya vacas que ordeñar en los prados del río —dijo Madame.
—Es posible; pero a Martin le da por asustarse, y jamás vi a un necio más asustado.
—No deben decirle una palabra de esto a Carmilla, porque desde la ventana de su cuarto se ve ese paseo —intervine—, y ella es, si cabe, más cobarde que yo.
Carmilla bajó aquel día algo más tarde de lo habitual.
—Anoche pasé tanto miedo —dijo en cuanto estuvimos juntas— que estoy segura de que habría visto algo espantoso de no ser por ese amuleto que le compré al pobre jorobadito a quien tan feos nombres puse. Soñé con algo negro que rondaba mi cama, y desperté en pleno horror, y de veras creí, unos segundos, ver una figura oscura junto a la chimenea; pero tanteé bajo la almohada en busca de mi amuleto, y en el instante en que mis dedos lo tocaron, la figura desapareció, y quedé del todo segura de que, de no tenerlo a mi lado, algo espantoso habría hecho su aparición y, quizá, me habría estrangulado, como a esas pobres gentes de que hemos oído hablar.
—Pues escúchame —empecé, y le referí mi aventura, ante cuyo relato pareció horrorizada.
—¿Y tenías el amuleto cerca? —preguntó con vehemencia.
—No, lo había dejado caer en un jarrón de porcelana del salón, pero esta noche lo llevaré conmigo, sin falta, ya que tanta fe tienes en él.
A esta distancia en el tiempo no puedo decirle, ni siquiera entender, cómo vencí mi horror con eficacia bastante para dormir sola en mi cuarto aquella noche. Recuerdo con claridad que prendí el amuleto a la almohada. Me dormí casi al instante, y dormí aún más profundamente que de costumbre toda la noche.
La noche siguiente la pasé igual de bien. Mi sueño fue deliciosamente hondo y sin sueños.
Pero desperté con una sensación de lasitud y melancolía que, sin embargo, no excedía un grado casi voluptuoso.
—Bien, ya te lo dije —dijo Carmilla cuando le describí mi apacible sueño—. Yo también dormí anoche deliciosamente; prendí el amuleto al pecho de mi camisón. La noche anterior estaba demasiado lejos. Estoy segurísima de que todo fue figuración, salvo los sueños. Yo solía creer que los malos espíritus hacían los sueños, pero nuestro médico me dijo que no es tal cosa. Solo una fiebre que pasa, o algún otro mal, como suele suceder, llama a la puerta y, al no poder entrar, sigue de largo, con esa alarma.
—¿Y qué crees tú que es el amuleto? —dije.
—Ha sido fumigado o sumergido en alguna droga, y es un antídoto contra la malaria —respondió.
—¿Entonces obra solo sobre el cuerpo?
—Por supuesto; ¿no supondrás que los malos espíritus se asustan de unos trocitos de cinta, o de los perfumes de una botica? No; estos males, que vagan por el aire, empiezan por tantear los nervios, y así infectan el cerebro, pero antes de que puedan apoderarse de ti, el antídoto los rechaza. Eso, estoy segura, es lo que el amuleto ha hecho por nosotras. Nada tiene de mágico, es simplemente natural.
Yo habría sido más feliz si hubiera podido darle del todo la razón a Carmilla, pero hice cuanto pude, y la impresión iba perdiendo un poco su fuerza.
Durante algunas noches dormí profundamente; pero aun así, cada mañana sentía la misma lasitud, y una languidez me pesaba todo el día. Me sentía otra muchacha. Una extraña melancolía me invadía, una melancolía que no habría querido interrumpir. Empezaban a abrirse en mí vagos pensamientos de muerte, y una idea —la de que me hundía lentamente— se apoderaba de mí de un modo suave y, no sé cómo, no del todo indeseado. Si era triste, el estado de ánimo que inducía era también dulce.
Fuera lo que fuese, mi alma se rendía a ello.
No admitía estar enferma, no consentía en decírselo a papá, ni en que mandaran llamar al médico.
Carmilla se volvió más devota de mí que nunca, y sus extraños paroxismos de lánguida adoración, más frecuentes. Solía recrearse en mí con creciente ardor cuanto más menguaban mis fuerzas y mi ánimo. Aquello siempre me sobresaltaba como un destello momentáneo de demencia.
Sin saberlo, me hallaba ya en una fase bastante avanzada de la más extraña enfermedad que mortal alguno haya padecido. Había una fascinación inexplicable en sus primeros síntomas, que me reconciliaba con creces con el efecto incapacitante de aquella fase del mal. Esta fascinación creció por un tiempo, hasta alcanzar cierto punto en que, poco a poco, un sentimiento de lo horrible se mezcló con ella, ahondándose, como oirá, hasta que descoloró y pervirtió mi vida entera.
El primer cambio que experimenté fue más bien agradable. Estaba muy cerca del punto de inflexión en que comenzaba el descenso al Averno.
Ciertas sensaciones vagas y extrañas me visitaban en sueños. La predominante era la de ese estremecimiento frío, grato y peculiar, que sentimos al bañarnos cuando avanzamos contra la corriente de un río. A esto pronto se sumaron sueños que parecían interminables, y eran tan vagos que jamás lograba recordar sus escenarios y personas, ni una sola porción coherente de su acción. Pero dejaban una impresión terrible, y una sensación de agotamiento, como si hubiera pasado por un largo período de gran esfuerzo mental y de peligro.
Después de todos estos sueños, quedaba al despertar el recuerdo de haber estado en un lugar casi a oscuras, y de haber hablado con personas a las que no podía ver; y en especial de una voz clara, de mujer, muy grave, que hablaba como a distancia, despacio, y producía siempre la misma sensación de indescriptible solemnidad y miedo. A veces sobrevenía la sensación de una mano que se deslizaba suavemente por mi mejilla y mi cuello. A veces era como si unos labios cálidos me besaran, cada vez por más tiempo y con mayor amor a medida que alcanzaban mi garganta, pero allí la caricia se detenía. Mi corazón latía más de prisa, mi respiración subía y bajaba, rápida y anhelante; un sollozo, que crecía hasta una sensación de estrangulamiento, sobrevenía, y se tornaba en una convulsión espantosa, en la que mis sentidos me abandonaban y perdía el conocimiento.
Habían pasado ya tres semanas desde el comienzo de este inexplicable estado.
Mis padecimientos, durante la última semana, habían dejado su huella en mi aspecto. Me había vuelto pálida, mis ojos estaban dilatados y ojerosos, y la languidez que llevaba tanto tiempo sintiendo empezó a manifestarse en mi semblante.
Mi padre me preguntaba a menudo si estaba enferma; pero, con una obstinación que ahora se me antoja inexplicable, insistía en asegurarle que estaba del todo bien.
En cierto sentido era verdad. No sentía dolor, no podía quejarme de ningún trastorno del cuerpo. Mi mal parecía ser de la imaginación, o de los nervios, y, por horribles que fueran mis padecimientos, los guardaba, con una reserva morbosa, casi por entero para mí.
No podía ser aquel terrible mal que los campesinos llamaban el oupire, pues yo llevaba ya sufriendo tres semanas, y ellos rara vez estaban enfermos mucho más de tres días, cuando la muerte ponía fin a sus miserias.
Carmilla se quejaba de sueños y de sensaciones febriles, pero en modo alguno tan alarmantes como los míos. Digo que los míos eran sumamente alarmantes. De haber sido capaz de comprender mi estado, habría invocado de rodillas auxilio y consejo. El narcótico de un influjo insospechado obraba sobre mí, y mis percepciones estaban embotadas.
Voy a contarle ahora un sueño que condujo de inmediato a un curioso descubrimiento.
Una noche, en lugar de la voz que solía oír en la oscuridad, oí una, dulce y tierna, y al mismo tiempo terrible, que decía: «Tu madre te advierte que te guardes del asesino». En el mismo instante brotó una luz inesperada, y vi a Carmilla, de pie, junto a los pies de mi cama, con su blanco camisón, bañada, de la barbilla a los pies, en una gran mancha de sangre.
Desperté con un alarido, poseída por la única idea de que estaban asesinando a Carmilla. Recuerdo saltar de mi cama, y mi siguiente recuerdo es el de estar en el rellano, pidiendo socorro a gritos.
Madame y Mademoiselle salieron precipitadamente de sus cuartos, alarmadas; una lámpara ardía siempre en el rellano, y al verme pronto supieron la causa de mi terror.
Insistí en que llamáramos a la puerta de Carmilla. Nuestros golpes no obtuvieron respuesta.
Pronto se volvieron un aporreo y un estruendo. Gritamos su nombre, pero todo fue en vano.
Todas nos asustamos, pues la puerta estaba cerrada con llave. Volvimos corriendo, presas del pánico, a mi cuarto. Allí tocamos la campanilla, larga y furiosamente. Si la habitación de mi padre hubiera estado en aquel lado de la casa, lo habríamos llamado enseguida en nuestro auxilio. Pero, ¡ay!, estaba del todo fuera del alcance del oído, y llegar hasta él suponía una excursión para la que a ninguna nos alcanzaba el valor.
Pronto, sin embargo, subieron corriendo los criados por la escalera; yo me había puesto entretanto la bata y las zapatillas, y mis compañeras iban ya igualmente pertrechadas. Al reconocer las voces de los criados en el rellano, salimos juntas; y, tras repetir, tan infructuosamente, nuestras llamadas a la puerta de Carmilla, ordené a los hombres que forzaran la cerradura. Así lo hicieron, y nos quedamos, sosteniendo en alto nuestras luces, en el umbral, mirando el interior del cuarto.
La llamamos por su nombre; pero seguía sin haber respuesta. Recorrimos con la vista la habitación. Todo estaba intacto. Estaba exactamente en el estado en que yo la había dejado al darle las buenas noches. Pero Carmilla ya no estaba.
Capítulo VIII — La búsqueda
Ante la visión del cuarto, del todo intacto salvo por nuestra violenta irrupción, empezamos a serenarnos un poco, y pronto recobramos el juicio lo bastante para despedir a los hombres. A Mademoiselle se le había ocurrido que quizá Carmilla, despertada por el alboroto en su puerta, hubiera saltado de la cama en su primer pánico y se hubiera escondido en un armario, o detrás de una cortina, de donde no podía, por supuesto, salir hasta que el mayordomo y sus esbirros se hubieran retirado. Reanudamos entonces la búsqueda, y empezamos de nuevo a llamarla por su nombre.
Todo fue inútil. Nuestra perplejidad y nuestra agitación crecían. Examinamos las ventanas, pero estaban aseguradas. Imploré a Carmilla que, si se había ocultado, no prolongara más esta cruel broma, que saliera y pusiera fin a nuestras angustias. Todo en vano. Estaba ya convencida de que no se hallaba en el cuarto, ni en el vestidor, cuya puerta seguía cerrada con llave por este lado. No podía haber pasado por ahí. Estaba del todo desconcertada. ¿Habría descubierto Carmilla uno de esos pasadizos secretos que, según la vieja ama de llaves, se sabía que existían en el schloss, aunque se hubiera perdido la tradición de su emplazamiento exacto? Un poco de tiempo, sin duda, lo aclararía todo, por perplejas que de momento estuviéramos.
Eran más de las cuatro, y preferí pasar las horas restantes de oscuridad en el cuarto de Madame. La luz del día no trajo solución alguna a la dificultad.
Toda la casa, con mi padre a la cabeza, estaba a la mañana siguiente en un estado de agitación. Se registró cada rincón del château. Se exploraron los jardines. No se pudo hallar rastro de la dama desaparecida. Iban a dragar el arroyo; mi padre estaba fuera de sí. Qué historia habría que contarle a la madre de la pobre muchacha a su regreso. Yo también estaba casi fuera de mí, aunque mi congoja era de muy distinta índole.
La mañana transcurrió entre alarma y agitación. Era ya la una, y aún sin noticias. Subí corriendo al cuarto de Carmilla y la encontré de pie ante su tocador. Quedé pasmada. No daba crédito a mis ojos. Me llamó a su lado con su bonito dedo, en silencio. Su cara expresaba un miedo extremo.
Corrí hacia ella en un éxtasis de alegría; la besé y la abracé una y otra vez. Corrí a la campanilla y la toqué con vehemencia, para atraer al lugar a otros que aliviaran de inmediato la inquietud de mi padre.
—Querida Carmilla, ¿qué ha sido de ti todo este tiempo? Hemos estado angustiadísimos por ti —exclamé—. ¿Dónde has estado? ¿Cómo has vuelto?
—Anoche ha sido una noche de prodigios —dijo.
—¡Por piedad, explica todo lo que puedas!
—Eran más de las dos anoche —dijo— cuando me dormí como de costumbre en mi cama, con mis puertas cerradas con llave, la del vestidor y la que da a la galería. Mi sueño fue ininterrumpido y, hasta donde sé, sin sueños; pero desperté hace un momento en el sofá del vestidor, y encontré abierta la puerta entre las habitaciones, y la otra puerta forzada. ¿Cómo pudo suceder todo esto sin que yo despertara? Ha de haber ido acompañado de mucho ruido, y a mí me despiertan con particular facilidad; y ¿cómo pudieron sacarme de la cama sin que mi sueño se interrumpiera, a mí, a quien el menor movimiento sobresalta?
Para entonces, Madame, Mademoiselle, mi padre y varios criados estaban en el cuarto. A Carmilla, por supuesto, la abrumaron a preguntas, felicitaciones y bienvenidas. No tenía sino una historia que contar, y parecía la menos capaz de todos de sugerir modo alguno de explicar lo sucedido.
Mi padre dio una vuelta por el cuarto, pensativo. Vi que el ojo de Carmilla lo seguía un momento con una mirada torva y solapada.
Cuando mi padre hubo despedido a los criados —Mademoiselle había ido en busca de un frasquito de valeriana y sal volátil, y no quedando ya nadie en el cuarto con Carmilla salvo mi padre, Madame y yo—, se acercó a ella, pensativo, le tomó la mano con mucha delicadeza, la condujo al sofá y se sentó a su lado.
—¿Me perdonará, querida, si arriesgo una conjetura y le hago una pregunta?
—¿Quién tiene más derecho? —dijo ella—. Pregunte lo que guste, y se lo contaré todo. Pero mi historia es sencillamente de desconcierto y de tinieblas. No sé absolutamente nada. Hágame la pregunta que quiera; aunque conoce, por supuesto, las limitaciones que mamá me ha impuesto.
—Perfectamente, mi querida niña. No necesito abordar los temas sobre los que ella desea nuestro silencio. Pues bien, el prodigio de anoche consiste en que la sacaran de su cama y de su cuarto sin despertarla, y en que esto ocurriera al parecer con las ventanas aún aseguradas y las dos puertas cerradas con llave por dentro. Le diré mi teoría y le haré una pregunta.
Carmilla se apoyaba en la mano, abatida; Madame y yo escuchábamos sin aliento.
—Mi pregunta es esta. ¿Se ha sospechado alguna vez que camine usted en sueños?
—Nunca, desde que era muy pequeña.
—Pero ¿caminaba en sueños de niña?
—Sí; sé que lo hacía. Me lo ha dicho a menudo mi vieja aya.
Mi padre sonrió y asintió.
—Pues bien, lo que ha ocurrido es esto. Usted se levantó dormida, abrió la puerta, no dejando la llave, como de costumbre, en la cerradura, sino sacándola y cerrando por fuera; volvió a sacar la llave y se la llevó consigo a alguna de las veinticinco habitaciones de este piso, o quizá arriba o abajo. Hay tantos cuartos y gabinetes, tantos muebles pesados, y tales acumulaciones de trastos, que haría falta una semana para registrar a fondo esta vieja casa. ¿Ve ahora lo que quiero decir?
—Lo veo, pero no del todo —respondió ella.
—¿Y cómo, papá, explicas que se encontrara en el sofá del vestidor, que habíamos registrado con tanto cuidado?
—Llegó allí después de que lo hubierais registrado, todavía dormida, y al fin despertó espontáneamente, tan sorprendida de hallarse donde estaba como cualquier otro. Ojalá todos los misterios se explicaran tan fácil e inocentemente como el suyo, Carmilla —dijo, riendo—. Y así podemos felicitarnos por la certeza de que la explicación más natural del suceso es una que no supone ni drogas, ni manipulación de cerraduras, ni ladrones, ni envenenadores, ni brujas… nada que deba alarmar a Carmilla, ni a nadie, por nuestra seguridad.
Carmilla estaba encantadora. Nada podía ser más hermoso que su colorido. Su belleza se veía, creo, realzada por aquella grácil languidez que le era propia. Creo que mi padre comparaba en silencio su aspecto con el mío, pues dijo:
—Ojalá mi pobre Laura tuviera mejor cara —y suspiró.
Y así terminaron felizmente nuestras alarmas, y Carmilla quedó restituida a sus amigas.
Capítulo IX — El médico
Como Carmilla no quería ni oír hablar de que una acompañante durmiera en su cuarto, mi padre dispuso que un criado durmiera ante su puerta, de modo que no pudiera emprender otra excursión semejante sin que la detuvieran en su propio umbral.
Aquella noche transcurrió tranquila; y a la mañana siguiente, temprano, el médico —a quien mi padre había mandado llamar sin decirme una palabra— llegó para verme.
Madame me acompañó a la biblioteca; y allí el grave doctorcito de cabellos blancos y anteojos, a quien ya he mencionado, esperaba para recibirme.
Le conté mi historia y, a medida que avanzaba, se ponía más y más grave.
Estábamos de pie, él y yo, en el hueco de una de las ventanas, uno frente al otro. Cuando terminó mi relato, apoyó los hombros contra la pared y clavó en mí los ojos con vehemencia, con un interés en el que había un asomo de horror.
Tras un minuto de reflexión, preguntó a Madame si podía ver a mi padre.
Se mandó llamar en consecuencia, y al entrar, sonriente, dijo:
—Me atrevo a decir, doctor, que va usted a decirme que soy un viejo necio por haberlo hecho venir; así lo espero.
Pero su sonrisa se desvaneció en sombra cuando el médico, con cara muy grave, le hizo una seña para que se acercara.
Él y el médico hablaron un rato en el mismo hueco donde yo acababa de conferenciar con el facultativo. Parecía una conversación seria y llena de argumentos. La sala es muy grande, y Madame y yo estábamos juntas, ardiendo de curiosidad, en el otro extremo. Ni una palabra alcanzábamos a oír, sin embargo, pues hablaban en tono muy bajo, y el profundo hueco de la ventana ocultaba del todo al médico, y casi por entero a mi padre, de quien solo el pie, el brazo y el hombro alcanzábamos a ver; y las voces eran, supongo, tanto menos audibles por la suerte de gabinete que formaban el grueso muro y la ventana.
Al cabo, la cara de mi padre se asomó a la sala; estaba pálida, pensativa y, me pareció, agitada.
—Laura, querida, ven aquí un momento. Madame, no la molestaremos, dice el médico, por ahora.
Me acerqué, pues, por primera vez un poco alarmada; porque, aunque me sentía muy débil, no me sentía enferma; y las fuerzas, siempre se cree uno, son algo que puede recuperarse cuando se quiera.
Mi padre me tendió la mano al acercarme yo, pero miraba al médico, y dijo:
—Es ciertamente muy raro; no acabo de entenderlo. Laura, ven aquí, querida; ahora atiende al doctor Spielsberg y haz memoria.
—Mencionó usted una sensación como la de dos agujas atravesándole la piel, en algún punto cerca del cuello, la noche en que tuvo su primer sueño horrible. ¿Sigue habiendo alguna molestia?
—Ninguna —respondí.
—¿Puede indicar con el dedo, aproximadamente, el punto en que cree que ocurrió?
—Muy poco por debajo de la garganta… aquí —respondí.
Llevaba un vestido de mañana que cubría el sitio que señalaba.
—Ahora puede comprobarlo usted misma —dijo el médico—. No le importará que su papá le baje el vestido muy poquito. Es necesario, para detectar un síntoma del mal que ha estado padeciendo.
Consentí. Estaba a solo una o dos pulgadas por debajo del borde de mi cuello.
—¡Válgame Dios!… Así es —exclamó mi padre, palideciendo.
—Ahora lo ve con sus propios ojos —dijo el médico, con un sombrío triunfo.
—¿Qué es? —exclamé, empezando a asustarme.
—Nada, mi querida jovencita, sino una pequeña mancha azul, del tamaño de la yema de su dedo meñique; y ahora —continuó, volviéndose hacia papá— la cuestión es qué conviene hacer.
—¿Hay algún peligro? —insté, con gran turbación.
—Confío en que no, querida —respondió el médico—. No veo por qué no habría de recuperarse. No veo por qué no habría de empezar de inmediato a mejorar. ¿Es ese el punto en que comienza la sensación de estrangulamiento?
—Sí —respondí.
—Y —recuerde lo mejor que pueda— ese mismo punto era una suerte de centro de aquel estremecimiento que describió hace un momento, como la corriente de un arroyo frío corriendo contra usted.
—Puede que fuera; creo que sí.
—Ajá, ¿lo ve? —añadió, volviéndose hacia mi padre—. ¿Le digo una palabra a Madame?
—Por supuesto —dijo mi padre.
Llamó a Madame y le dijo:
—Encuentro a mi joven amiga lejos de estar bien. No será de gran consecuencia, espero; pero será necesario tomar ciertas medidas, que le explicaré más adelante; entretanto, Madame, tenga la bondad de no dejar a la señorita Laura sola ni un momento. Es la única indicación que necesito dar por ahora. Es indispensable.
—Podemos contar con su amabilidad, Madame, lo sé —añadió mi padre.
Madame lo tranquilizó con presteza.
—Y usted, querida Laura, sé que observará la indicación del médico.
—Habré de pedirle su opinión sobre otra paciente, cuyos síntomas se parecen algo a los de mi hija que acaban de detallarle; mucho más leves en grado, pero creo que del todo del mismo tipo. Es una joven dama, nuestra huésped; pero, ya que dice que pasará de nuevo por aquí esta tarde, no puede hacer nada mejor que cenar con nosotros, y podrá entonces verla. Ella no baja hasta la tarde.
—Se lo agradezco —dijo el médico—. Estaré con ustedes, entonces, hacia las siete de esta tarde.
Y luego repitieron sus indicaciones a mí y a Madame, y con este encargo de despedida mi padre nos dejó y salió con el médico; y los vi pasear juntos, de arriba abajo, entre el camino y el foso, en la plataforma herbosa frente al castillo, absortos a todas luces en una conversación seria.
El médico no regresó. Lo vi montar allí su caballo, despedirse y alejarse hacia el este a través del bosque.
Casi al mismo tiempo vi llegar al hombre de Dranfield con las cartas, y apearse y entregarle la valija a mi padre.
Entretanto, Madame y yo andábamos ambas ocupadas, perdidas en conjeturas sobre las razones de la singular y encarecida indicación que el médico y mi padre habían coincidido en imponer. Madame, según me contó después, temía que el médico recelara una crisis súbita, y que, sin auxilio inmediato, yo pudiera perder la vida en un ataque, o al menos resultar gravemente herida.
A mí no se me ocurrió tal interpretación; y me figuré, quizá por suerte para mis nervios, que la disposición se prescribía sencillamente para asegurarme una compañía que impidiera que hiciera demasiado ejercicio, o comiera fruta verde, o hiciera cualquiera de las cincuenta tonterías a que se supone propensa la gente joven.
Cosa de media hora después entró mi padre —traía una carta en la mano— y dijo:
—Esta carta se había demorado; es del general Spielsdorf. Podría haber estado aquí ayer, quizá no llegue hasta mañana, o puede que esté hoy aquí.
Me puso la carta abierta en la mano; pero no parecía complacido, como solía cuando venía un huésped, sobre todo uno tan querido como el general.
Al contrario, tenía cara de querer verlo a cien leguas de allí. Había, a todas luces, algo en su ánimo que no quería revelar.
—Papá, querido, ¿me lo contarás? —dije, posando de pronto la mano en su brazo y mirándolo, estoy segura, con aire suplicante.
—Quizá —respondió, alisándome con caricias el cabello sobre los ojos.
—¿Cree el médico que estoy muy enferma?
—No, querida; cree que, si se toman las medidas oportunas, volverás a estar del todo bien, al menos, camino de una completa recuperación, en uno o dos días —respondió, un poco secamente—. Ojalá nuestro buen amigo, el general, hubiera elegido cualquier otro momento; es decir, ojalá estuvieras perfectamente bien para recibirlo.
—Pero dime, papá —insistí—, ¿qué cree él que me pasa?
—Nada; no me atosigues con preguntas —respondió, con más irritación de la que recuerdo haberle visto jamás; y, viendo que yo parecía herida, supongo, me besó y añadió—: Lo sabrás todo en uno o dos días; es decir, todo lo que yo sé. Entretanto, no has de calentarte la cabeza con ello.
Se volvió y salió de la sala, pero regresó antes de que yo hubiera acabado de asombrarme y cavilar sobre la rareza de todo aquello; fue solo para decir que iba a Karnstein, y que había ordenado que el carruaje estuviera listo a las doce, y que Madame y yo lo acompañáramos; iba a ver al sacerdote que vivía cerca de aquellos pintorescos parajes, por asuntos, y como Carmilla no los había visto nunca, podría seguirnos, cuando bajara, con Mademoiselle, que traería lo necesario para lo que ustedes llaman un pícnic, que podría disponerse para nosotros en el castillo en ruinas.
A las doce en punto, en consecuencia, estaba yo lista, y no mucho después mi padre, Madame y yo emprendimos el paseo proyectado.
Al pasar el puente levadizo giramos a la derecha y seguimos el camino sobre el empinado puente gótico, hacia el oeste, para llegar a la aldea desierta y al castillo en ruinas de Karnstein.
No cabe imaginar paseo campestre más hermoso. El terreno se quiebra en suaves colinas y hondonadas, todas revestidas de hermosa arboleda, del todo exentas de la relativa formalidad que imparten la plantación artificial y el cultivo y la poda tempranos.
Las irregularidades del terreno sacan a menudo al camino de su curso y le hacen serpentear bellamente por los flancos de hondonadas quebradas y por las laderas más empinadas de los cerros, entre variedades de terreno casi inagotables.
Al doblar uno de estos recodos, nos topamos de pronto con nuestro viejo amigo el general, que venía a caballo hacia nosotros, acompañado de un criado montado. Sus baúles seguían detrás en un carro alquilado, de esos que llamamos carreta.
El general desmontó cuando nos detuvimos y, tras los saludos de rigor, se dejó persuadir con facilidad de aceptar el asiento libre del carruaje y mandar su caballo por delante con su criado al schloss.
Capítulo X — Desolado
Hacía unos diez meses que no lo veíamos; pero ese tiempo había bastado para producir en su aspecto una mudanza de años. Había adelgazado; algo de sombra y de inquietud había ocupado el lugar de aquella cordial serenidad que solía caracterizar sus facciones. Sus ojos, de un azul oscuro, siempre penetrantes, brillaban ahora con una luz más severa bajo sus hirsutas cejas grises. No era el cambio que suele producir el dolor por sí solo, y parecía que pasiones más airadas habían tenido su parte en provocarlo.
No hacía mucho que habíamos reanudado la marcha cuando el general empezó a hablar, con su habitual franqueza de soldado, de la pérdida —así la llamaba— que había sufrido con la muerte de su querida sobrina y pupila; y luego prorrumpió en un tono de intensa amargura y furia, despotricando contra las «artes infernales» de que ella había sido víctima, y manifestando, con más exasperación que piedad, su asombro de que el Cielo tolerase tan monstruosa complacencia de las lujurias y la malignidad del infierno.
Mi padre, que vio enseguida que algo muy extraordinario había ocurrido, le pidió, si no le resultaba demasiado penoso, que detallara las circunstancias que a su juicio justificaban los enérgicos términos en que se expresaba.
—Se lo contaría todo con gusto —dijo el general—, pero usted no me creería.
—¿Por qué no habría de creerlo? —preguntó.
—Porque —respondió con impaciencia— usted no cree en nada que no concuerde con sus propios prejuicios e ilusiones. Recuerdo cuando yo era como usted, pero he aprendido a ser de otro modo.
—Póngame a prueba —dijo mi padre—; no soy tan dogmático como usted supone. Además de lo cual, sé muy bien que usted por lo general exige pruebas de lo que cree, y estoy, por tanto, muy predispuesto a respetar sus conclusiones.
—Tiene razón al suponer que no me han llevado a la ligera a creer en lo maravilloso —pues lo que he vivido es maravilloso—, y me he visto forzado por una evidencia extraordinaria a dar crédito a lo que iba en contra, diametralmente, de todas mis teorías. He sido víctima de una conspiración preternatural.
Pese a sus profesiones de confianza en la perspicacia del general, vi que mi padre, llegado a este punto, lanzaba al general una mirada de, según creí, marcado recelo sobre su cordura.
El general no lo advirtió, por suerte. Miraba, sombrío y curioso, hacia los claros y las perspectivas de los bosques que se abrían ante nosotros.
—¿Van ustedes a las Ruinas de Karnstein? —dijo—. Sí, es una feliz coincidencia; ¿sabe que iba a pedirle que me llevara allí a inspeccionarlas? Tengo un propósito especial al explorarlas. Hay una capilla en ruinas, ¿no es cierto?, con muchísimas tumbas de esa familia extinta.
—Las hay, en efecto, y muy interesantes —dijo mi padre—. Espero que no esté pensando en reclamar el título y las propiedades.
Lo dijo mi padre con jovialidad, pero el general no correspondió con la risa, ni siquiera con la sonrisa que la cortesía exige para la broma de un amigo; al contrario, se puso grave e incluso feroz, cavilando sobre un asunto que le removía la ira y el horror.
—Algo muy distinto —dijo, con aspereza—. Me propongo desenterrar a algunas de esas nobles gentes. Espero, con la bendición de Dios, consumar aquí un sacrilegio piadoso que librará a nuestra tierra de ciertos monstruos y permitirá a las gentes honradas dormir en sus camas sin verse asaltadas por asesinos. Tengo cosas extrañas que contarle, mi querido amigo, cosas que yo mismo habría tenido por increíbles hace unos meses.
Mi padre lo miró de nuevo, pero esta vez no con una ojeada de recelo, sino con ojos, más bien, de aguda inteligencia y de alarma.
—La casa de Karnstein —dijo— hace mucho que se extinguió: un siglo al menos. Mi querida esposa descendía por línea materna de los Karnstein. Pero el nombre y el título hace tiempo que dejaron de existir. El castillo es una ruina; la mismísima aldea está desierta; hace cincuenta años que no se ve allí el humo de una chimenea; no queda un solo tejado.
—Muy cierto. He oído mucho al respecto desde la última vez que lo vi; mucho que lo asombrará. Pero será mejor que lo relate todo en el orden en que ocurrió —dijo el general—. Usted vio a mi querida pupila, a mi niña, puedo llamarla. Ninguna criatura podría haber sido más hermosa, y hace apenas tres meses ninguna más lozana.
—Sí, ¡pobrecilla! Cuando la vi por última vez estaba, sin duda, encantadora —dijo mi padre—. Me afligí y me consterné más de lo que puedo expresarle, mi querido amigo; sabía qué golpe era para usted.
Tomó la mano del general, y se estrecharon con afecto. Las lágrimas asomaron a los ojos del viejo soldado. No trató de ocultarlas. Dijo:
—Somos muy viejos amigos; sabía que se conmovería por mí, sin hijos como estoy. Ella había llegado a ser objeto de un interés muy hondo para mí, y me pagaba mis cuidados con un afecto que alegraba mi hogar y hacía feliz mi vida. Todo eso se ha ido. Los años que me quedan en la tierra acaso no sean muchos; pero, por la misericordia de Dios, espero prestar un servicio a la humanidad antes de morir, y servir a la venganza del Cielo contra los demonios que han asesinado a mi pobre niña en la primavera de sus esperanzas y su belleza.
—Dijo usted, hace un momento, que se proponía relatarlo todo tal como ocurrió —dijo mi padre—. Se lo ruego, hágalo; le aseguro que no es mera curiosidad lo que me mueve.
Para entonces habíamos llegado al punto en que el camino de Drunstall, por el que había venido el general, se aparta del camino que nosotros seguíamos hacia Karnstein.
—¿Cuánto falta hasta las ruinas? —preguntó el general, mirando con ansiedad hacia delante.
—Cosa de media legua —respondió mi padre—. Se lo ruego, oigamos la historia que tuvo la bondad de prometer.
Capítulo XI — El relato
—Con toda mi alma —dijo el general, con un esfuerzo; y, tras una breve pausa en que ordenar su asunto, comenzó una de las más extrañas narraciones que jamás he oído14.
«Mi querida niña aguardaba con gran ilusión la visita que usted había tenido la bondad de concertarle a su encantadora hija. —Aquí me hizo una reverencia galante pero melancólica—. Entretanto, habíamos recibido una invitación de mi viejo amigo el conde Carlsfeld, cuyo schloss está a unas seis leguas al otro lado de Karnstein. Era para asistir a la serie de fiestas que, recordará usted, dio él en honor de su ilustre visitante, el gran duque Carlos.
—Sí; y muy espléndidas, según creo —dijo mi padre.
»¡Regias! Pero es que su hospitalidad es del todo majestuosa. Tiene la lámpara de Aladino. La noche de la que arranca mi pesar estuvo consagrada a una magnífica mascarada. Se abrieron los jardines, se colgaron de los árboles farolillos de colores. Hubo tal despliegue de fuegos artificiales como la propia París jamás había presenciado. ¡Y qué música! —la música, ya sabe usted, es mi debilidad— ¡qué música arrebatadora! La mejor orquesta instrumental, tal vez, del mundo, y los mejores cantantes que pudieron reunirse de todas las grandes óperas de Europa. Al vagar por aquellos jardines fantásticamente iluminados, con el château bañado por la luna arrojando una luz rosada desde sus largas hileras de ventanas, oía uno de pronto aquellas voces arrebatadoras que se deslizaban desde el silencio de algún soto, o se alzaban desde los botes sobre el lago. Me sentí, al mirar y escuchar, transportado de nuevo al romance y la poesía de mi primera juventud.
»Cuando terminaron los fuegos y empezaba el baile, volvimos a la noble serie de salas abiertas para los danzantes. Un baile de máscaras, ya sabe, es un bello espectáculo; pero uno tan brillante en su género jamás lo había visto.
»Era una concurrencia muy aristocrática. Yo era casi el único “don nadie” presente.
»Mi querida niña estaba hermosísima. No llevaba máscara. Su excitación y su deleite añadían un encanto indecible a sus facciones, siempre bellas. Reparé en una joven dama, magníficamente vestida, pero enmascarada, que parecía observar a mi pupila con extraordinario interés. La había visto, más temprano en la velada, en el gran salón, y de nuevo, unos minutos, paseando cerca de nosotros, en la terraza bajo las ventanas del castillo, en la misma ocupación. Una dama, también enmascarada, rica y gravemente vestida, y con un aire imponente, como de persona de rango, la acompañaba a modo de carabina. De no haber llevado máscara la joven, habría podido, por supuesto, tener mucha más certeza sobre si de veras vigilaba a mi pobre tesoro. Ahora estoy bien seguro de que así era.
»Estábamos ya en uno de los salones. Mi pobre y querida niña había estado bailando y descansaba un poco en una de las sillas junto a la puerta; yo estaba de pie cerca. Las dos damas que he mencionado se habían acercado, y la más joven tomó la silla contigua a mi pupila; mientras su acompañante se plantaba a mi lado y, por un rato, se dirigía en voz baja a su protegida.
»Valiéndose del privilegio de su máscara, se volvió hacia mí y, en el tono de una vieja amiga, y llamándome por mi nombre, entabló conmigo una conversación que picó bastante mi curiosidad. Aludió a muchas escenas en que me había encontrado: en la Corte, y en casas distinguidas. Se refirió a pequeños incidentes en los que yo había dejado hacía mucho de pensar, pero que, según comprobé, solo habían quedado en suspenso en mi memoria, pues cobraron vida al instante a su contacto.
»Me volvía más y más curioso, a cada momento, por averiguar quién era. Ella paraba mis intentos de descubrirlo con mucha destreza y gracia. El conocimiento que mostraba de muchos pasajes de mi vida se me antojaba casi inexplicable; y parecía complacerse, no sin naturalidad, en frustrar mi curiosidad y en verme bracear en mi ansiosa perplejidad, de una conjetura a otra.
»Entretanto, la joven dama, a quien su madre llamaba por el raro nombre de Millarca, cuando se dirigía a ella una o dos veces, había entablado, con la misma soltura y gracia, conversación con mi pupila.
»Se presentó diciendo que su madre era una antiquísima conocida mía. Habló de la agradable audacia que una máscara volvía practicable; hablaba como una amiga; admiró su vestido e insinuó muy graciosamente su admiración por su belleza. La divirtió con críticas risueñas sobre las gentes que atestaban el salón de baile, y se reía de las ocurrencias de mi pobre niña. Era muy ingeniosa y viva cuando le placía, y al cabo de un rato habían llegado a ser muy buenas amigas, y la joven forastera se bajó la máscara, descubriendo un rostro notablemente hermoso. Yo no lo había visto nunca, ni tampoco mi querida niña. Pero, aunque nuevo para nosotros, sus facciones eran tan cautivadoras como bellas, que fue imposible no sentir con fuerza la atracción. Así le ocurrió a mi pobre niña. Jamás vi a nadie más prendado de otra persona a primera vista, a no ser, en verdad, la propia forastera, que parecía haber perdido por ella el corazón.
»Entretanto, valiéndome de la licencia de una mascarada, dirigí no pocas preguntas a la dama de más edad.
»“Me tiene usted del todo desconcertado —dije, riendo—. ¿No basta con eso? ¿No consentirá ahora en ponerse en igualdad de condiciones y hacerme la merced de quitarse la máscara?”
»“¿Puede haber petición más irrazonable? —replicó—. ¡Pedirle a una dama que ceda una ventaja! Además, ¿cómo sabe que me reconocería? Los años traen cambios.”
»“Como usted ve” —dije, con una reverencia y, supongo, una risita más bien melancólica.
»“Como dicen los filósofos —dijo ella—; y ¿cómo sabe que ver mi rostro le serviría de algo?”
»“Correría el riesgo —respondí—. Es inútil que quiera hacerse pasar por una anciana; su figura la delata.”
»“Años, no obstante, han pasado desde que la vi, o más bien desde que usted me vio, pues es eso lo que considero. Millarca, ahí, es mi hija; no puedo, pues, ser joven, ni siquiera a juicio de gentes a quienes el tiempo ha enseñado a ser indulgentes, y acaso no me guste que me comparen con lo que de mí recuerda. No tiene usted máscara que quitarse. No puede ofrecerme nada a cambio.”
»“Mi súplica apela a su piedad: que se la quite.”
»“Y la mía a la de usted: que la deje donde está —replicó.”
»“Bien, al menos me dirá si es francesa o alemana; habla ambas lenguas a la perfección.”
»“No creo que le diga eso, general; medita usted una sorpresa, y está calculando el punto exacto de ataque.”
»“En todo caso, no me negará esto —dije—: que, honrado como estoy por su permiso de conversar, debería saber cómo dirigirme a usted. ¿Diré Madame la Comtesse?”
»Rio, y, sin duda, me habría respondido con otra evasiva —si es que cabe considerar que el azar pudiera alterar algún incidente de una entrevista cuyas circunstancias, según ahora creo, estaban todas dispuestas de antemano con la más honda astucia.
»“En cuanto a eso” —empezó; pero fue interrumpida, casi al abrir los labios, por un caballero vestido de negro, de aspecto particularmente elegante y distinguido, con la salvedad de que su cara era la más mortalmente pálida que yo jamás haya visto, salvo en la muerte. No iba disfrazado, sino con el sencillo traje de noche de un caballero; y dijo, sin una sonrisa, pero con una reverencia cortés y desusadamente honda:
»“¿Permitirá Madame la Comtesse que diga unas pocas palabras que acaso le interesen?”
»La dama se volvió con presteza hacia él y se tocó el labio en señal de silencio; luego me dijo: “Guárdeme el sitio, general; volveré cuando haya dicho unas palabras.”
»Y con este encargo, dado en broma, se apartó un poco con el caballero de negro y habló unos minutos, al parecer muy encarecidamente. Luego se alejaron despacio, juntos, entre la multitud, y los perdí de vista unos minutos.
»Pasé el intervalo devanándome los sesos por conjeturar la identidad de la dama que parecía recordarme con tanto afecto, y estaba pensando en volverme y sumarme a la conversación entre mi bonita pupila y la hija de la condesa, y en probar si, para cuando ella regresara, no tendría una sorpresa reservada, teniendo su nombre, título, château y propiedades en la punta de los dedos. Pero en ese momento regresó, acompañada del hombre pálido de negro, que dijo:
»“Volveré a informar a Madame la Comtesse cuando su carruaje esté a la puerta.”
»Se retiró con una reverencia.»
Capítulo XII — Una petición
«“Así que vamos a perder a Madame la Comtesse, aunque espero que solo por unas horas” —dije, con una honda reverencia.
»“Puede que solo eso, o puede que unas semanas. Fue muy inoportuno que me hablara ahora como lo ha hecho. ¿Me conoce usted ya?”
»Le aseguré que no.
»“Me conocerá —dijo—, pero no por ahora. Somos amigos más viejos y mejores de lo que, quizá, sospecha. No puedo aún declararme. Dentro de tres semanas pasaré por su hermoso schloss, sobre el que he estado haciendo indagaciones. Me presentaré entonces a verlo por una o dos horas, y renovaré una amistad en la que nunca pienso sin mil gratos recuerdos. En este momento una noticia me ha llegado como un rayo. He de partir ahora, y viajar por una ruta desviada, casi cien millas, con toda la diligencia que me sea posible. Mis apuros se multiplican. Solo la reserva forzosa que practico en cuanto a mi nombre me impide hacerle una petición muy singular. Mi pobre niña no ha recobrado del todo sus fuerzas. Su caballo cayó con ella, en una cacería que había salido a presenciar; sus nervios no se han recobrado aún del susto, y nuestro médico dice que no debe, bajo ningún concepto, esforzarse durante algún tiempo. Vinimos aquí, en consecuencia, por etapas muy cortas, apenas seis leguas al día. He de viajar ahora día y noche, en una misión de vida o muerte, una misión cuya índole crítica y trascendental podré explicarle cuando nos veamos, como espero que sea, dentro de unas semanas, sin necesidad de ocultación alguna.”
»Pasó a formular su petición, y fue en el tono de una persona para quien tal ruego equivalía a conceder un favor, más que a solicitarlo. Esto era solo en la manera y, según parecía, del todo inconscientemente. En cuanto a los términos en que se expresó, nada podía ser más suplicante. Consistía sencillamente en que yo consintiera en hacerme cargo de su hija durante su ausencia.
»Era esta, bien mirado, una petición extraña, por no decir audaz. Ella, en cierto modo, me desarmó, exponiendo y admitiendo todo cuanto pudiera esgrimirse en contra, y confiándose por entero a mi hidalguía. En ese mismo instante, por una fatalidad que parece haber predeterminado todo lo que ocurrió, mi pobre niña se acercó a mi lado y, en voz baja, me suplicó que invitara a su nueva amiga, Millarca, a hacernos una visita. Acababa de sondearla, y creía que, si su mamá se lo permitía, le gustaría muchísimo.
»En otro momento le habría dicho que esperara un poco, hasta que, al menos, supiéramos quiénes eran. Pero no tuve un instante para pensar. Las dos damas me asaltaron a la vez, y he de confesar que el rostro refinado y hermoso de la joven, en torno al cual había algo sumamente cautivador, así como la elegancia y el fuego de la alta cuna, me decidieron; y, del todo arrollado, cedí y asumí, con demasiada ligereza, el cuidado de la joven a quien su madre llamaba Millarca.
»La condesa hizo una seña a su hija, que escuchó con grave atención mientras le contaba, en términos generales, con qué brusquedad y perentoriedad había sido convocada, y también la disposición que había tomado para ella a mi cuidado, añadiendo que yo era uno de sus más antiguos y estimados amigos.
»Pronuncié, por supuesto, los discursos que el caso parecía exigir, y me encontré, pensándolo bien, en una posición que no me gustaba ni a medias.
»El caballero de negro regresó y, muy ceremoniosamente, condujo a la dama fuera de la sala.
»El porte de este caballero era tal que me convenció de que la condesa era una dama de mucha más importancia de la que su modesto título por sí solo hubiera podido llevarme a suponer.
»Su último encargo para mí fue que no se hiciera intento alguno de averiguar sobre ella más de lo que yo hubiera ya podido adivinar, hasta su regreso. Nuestro distinguido anfitrión, de quien era huésped, conocía sus razones.
»“Pero aquí —dijo— ni yo ni mi hija podríamos permanecer con seguridad más de un día. Me quité la máscara imprudentemente un momento, hará cosa de una hora, y, demasiado tarde, me figuré que usted me había visto. Así que resolví buscar la ocasión de hablarle un poco. De haber comprobado que me había visto, me habría confiado a su alto sentido del honor para guardar mi secreto unas semanas. Tal como están las cosas, quedo satisfecha de que no me vio; pero si ahora sospecha, o, pensándolo bien, llegara a sospechar, quién soy, me pongo, del mismo modo, por entero en manos de su honor. Mi hija guardará idéntico silencio, y bien sé que usted, de cuando en cuando, se lo recordará, no sea que ella, por descuido, lo revele.”
»Le susurró unas palabras a su hija, la besó apresuradamente dos veces y se marchó, acompañada del pálido caballero de negro, y desapareció entre la multitud.
»“En el cuarto de al lado —dijo Millarca— hay una ventana que da a la puerta principal. Quisiera ver a mamá por última vez, y mandarle un beso con la mano.”
»Accedimos, por supuesto, y la acompañamos a la ventana. Miramos afuera y vimos un hermoso carruaje anticuado, con un tropel de correos y lacayos. Vimos la esbelta figura del pálido caballero de negro cuando sostuvo un grueso manto de terciopelo, se lo puso sobre los hombros y le echó la capucha sobre la cabeza. Ella le hizo una seña con la cabeza y apenas le rozó la mano con la suya. Él se inclinó una y otra vez, muy hondo, al cerrarse la portezuela, y el carruaje empezó a moverse.
»“Se ha ido” —dijo Millarca, con un suspiro.
»“Se ha ido” —me repetí a mí mismo, por primera vez —en los apresurados momentos transcurridos desde mi consentimiento— reflexionando sobre la insensatez de mi acto.
»“No ha mirado hacia arriba” —dijo la joven, con tono quejumbroso.
»“La condesa se ha quitado, quizá, la máscara, y no ha querido mostrar su rostro —dije—; y no podía saber que estaba usted en la ventana.”
»Ella suspiró y me miró a la cara. Era tan hermosa que me ablandé. Lamenté haberme arrepentido un momento de mi hospitalidad, y resolví compensarla por la inconfesada aspereza de mi acogida.
»La joven, colocándose de nuevo la máscara, se unió a mi pupila para persuadirme de que volviéramos a los jardines, donde pronto iba a reanudarse el concierto. Así lo hicimos, y paseamos de arriba abajo por la terraza que se extiende bajo las ventanas del castillo. Millarca se hizo muy íntima con nosotros, y nos divirtió con vivas descripciones e historias de casi todos los grandes personajes que veíamos en la terraza. Me caía mejor a cada minuto. Su charla, sin ser malintencionada, me resultaba en extremo divertida, a mí, que llevaba tanto tiempo apartado del gran mundo. Pensé en cuánta vida daría a nuestras a veces solitarias veladas en casa.
»Este baile no terminó hasta que el sol de la mañana casi había alcanzado el horizonte. Plugo al gran duque bailar hasta entonces, de modo que la gente leal no podía marcharse, ni pensar en la cama.
»Acabábamos de atravesar un salón atestado cuando mi pupila me preguntó qué había sido de Millarca. Yo creía que había estado junto a ella, y ella imaginaba que estaba junto a mí. El caso es que la habíamos perdido.
»Todos mis esfuerzos por encontrarla fueron vanos. Temí que, en la confusión de una separación momentánea, hubiera confundido a otras personas con sus nuevas amigas, y las hubiera, quizá, seguido y perdido en los extensos jardines que se nos habían abierto.
»Reconocí ahora, en toda su fuerza, una nueva insensatez en haber asumido el cuidado de una joven sin conocer siquiera su nombre; y, maniatado como estaba por promesas, cuyas razones para imponerlas ignoraba, no podía ni orientar mis pesquisas diciendo que la joven desaparecida era la hija de la condesa que había partido unas horas antes.
»Rompió la mañana. Era ya pleno día cuando abandoné mi búsqueda. No fue hasta cerca de las dos del día siguiente cuando supimos algo de mi protegida desaparecida.
»A eso de esa hora, un criado llamó a la puerta de mi sobrina para decir que una joven dama, que parecía muy angustiada, le había rogado con encarecimiento que averiguase dónde podría encontrar al general barón Spielsdorf y a la joven, su hija, a cuyo cuidado la había dejado su madre.
»No cabía duda, pese a la ligera inexactitud, de que nuestra joven amiga había aparecido; y así era. ¡Ojalá la hubiéramos perdido!
»Le contó a mi pobre niña una historia para justificar que no hubiera logrado dar con nosotros en tanto tiempo. Muy tarde, dijo, había llegado al dormitorio del ama de llaves, desesperada de encontrarnos, y había caído entonces en un sueño profundo que, con lo largo que fue, apenas había bastado para reponer sus fuerzas tras las fatigas del baile.
»Aquel día Millarca vino a casa con nosotros. Bien contento estaba yo, después de todo, de haber asegurado tan encantadora compañera para mi querida niña.»
Capítulo XIII — El leñador
«Pronto, sin embargo, aparecieron algunos inconvenientes. En primer lugar, Millarca se quejaba de una languidez extrema —la debilidad que le quedaba tras su reciente enfermedad—, y nunca salía de su cuarto hasta bien entrada la tarde. En segundo lugar, se descubrió por azar que, aunque siempre cerraba su puerta por dentro, y nunca quitaba la llave de su sitio hasta que admitía a la doncella para que la asistiera en su aseo, sin duda estaba a veces ausente de su cuarto muy de mañana, y en distintos momentos más avanzado el día, antes de que quisiera darse por enterada de que se había levantado. Fue vista repetidas veces desde las ventanas del schloss, en el primer y tenue gris de la mañana, caminando entre los árboles, en dirección al este, con aspecto de persona en trance. Esto me convenció de que caminaba en sueños. Pero esta hipótesis no resolvía el enigma. ¿Cómo salía de su cuarto, dejando la puerta cerrada con llave por dentro? ¿Cómo escapaba de la casa sin descorrer cerrojo ni ventana?
»En medio de mis perplejidades, se presentó una inquietud de índole mucho más apremiante.
»Mi querida niña empezó a perder su lozanía y su salud, y de un modo tan misterioso, e incluso horrible, que me asusté de veras.
»La visitaban al principio sueños espantosos; luego, según se figuraba, un espectro, a veces semejante a Millarca, a veces con la forma de una bestia, vislumbrada de manera confusa, que caminaba en torno a los pies de su cama, de un lado a otro. Por último llegaron las sensaciones. Una, no desagradable, pero muy peculiar, dijo, semejaba el fluir de un arroyo helado contra su pecho. Más tarde, sintió algo como un par de grandes agujas que la atravesaban, un poco por debajo de la garganta, con un dolor muy agudo. Unas noches después, sobrevino una sensación gradual y convulsa de estrangulamiento; luego vino la inconsciencia.»
Alcanzaba a oír con claridad cada palabra que decía el bondadoso y anciano general, porque para entonces circulábamos ya sobre la hierba corta que se extiende a ambos lados del camino a medida que uno se acerca a la aldea sin techos que no había mostrado el humo de una chimenea desde hacía más de medio siglo.
Puede imaginar qué extraño me sentí al oír mis propios síntomas descritos con tanta exactitud en los que había padecido la pobre muchacha que, de no ser por la catástrofe que siguió, habría sido en aquel momento una visitante en el château de mi padre. Puede suponer, también, cómo me sentí al oírle detallar hábitos y misteriosas particularidades que eran, de hecho, los de nuestra hermosa huésped, ¡Carmilla!
Se abrió una perspectiva en el bosque; nos hallamos de pronto bajo las chimeneas y los aguilones de la aldea en ruinas, y las torres y almenas del castillo desmantelado, en torno al cual se agrupan árboles gigantescos, se cernían sobre nosotros desde una leve eminencia.
Como en un sueño de espanto bajé del carruaje, y en silencio —pues cada cual tenía abundante materia para pensar— pronto subimos la cuesta, y estuvimos entre las espaciosas cámaras, las escaleras de caracol y los oscuros corredores del castillo.
—¡Y esta fue en otro tiempo la palaciega residencia de los Karnstein! —dijo al fin el anciano general, mientras desde un gran ventanal miraba por encima de la aldea, y veía la ancha y ondulante extensión del bosque—. Era una mala familia, y aquí se escribieron sus anales manchados de sangre —continuó—. Es duro que, después de muertos, sigan atormentando al género humano con sus atroces lujurias. Aquella es la capilla de los Karnstein, allá abajo.
Señaló hacia abajo, a los muros grises del edificio gótico, en parte visibles a través del follaje, un poco más abajo de la cuesta.
—Y oigo el hacha de un leñador —añadió—; ocupado entre los árboles que la rodean; quizá pueda darnos la información que busco, y señalarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karnstein. Estos rústicos conservan las tradiciones locales de las grandes familias, cuyas historias se apagan entre los ricos y titulados en cuanto las propias familias se extinguen.
—Tenemos en casa un retrato de Mircalla, la condesa Karnstein; ¿le gustaría verlo? —preguntó mi padre.
—Habrá tiempo de sobra, querido amigo —respondió el general—. Creo que he visto el original; y uno de los motivos que me han llevado a usted antes de lo que en un principio pretendía fue explorar la capilla a la que ahora nos acercamos.
—¡Cómo! ¿Ver a la condesa Mircalla? —exclamó mi padre—; ¡pero si lleva muerta más de un siglo!
—No tan muerta como usted se figura, según me dicen —respondió el general.
—Confieso, general, que me deja usted del todo perplejo —replicó mi padre, mirándolo, me pareció, un momento con un retorno del recelo que le había detectado antes. Pero, aunque había cólera y aborrecimiento, a ratos, en las maneras del anciano general, no había nada de insensato.
—No me queda —dijo, mientras pasábamos bajo el pesado arco de la iglesia gótica, pues sus dimensiones habrían justificado tal nombre— sino un solo objeto que pueda interesarme en los pocos años que me restan en la tierra, y es descargar sobre ella la venganza que, gracias a Dios, aún puede consumar un brazo mortal.
—¿Qué venganza puede querer decir? —preguntó mi padre, con creciente asombro.
—Quiero decir decapitar al monstruo —respondió, con un feroz arrebato, y una patada que resonó lúgubremente por la hueca ruina, mientras su puño crispado se alzaba en el mismo instante, como si empuñara el mango de un hacha, y lo sacudía ferozmente en el aire.
—¿Qué? —exclamó mi padre, más desconcertado que nunca.
—Cercenarle la cabeza.
—¡Cortarle la cabeza!
—Sí, con un hacha, con una laya, o con cualquier cosa que pueda hendir su garganta homicida. Ya oirá usted —respondió, temblando de rabia. Y, apresurándose hacia delante, dijo—: Esa viga servirá de asiento; su querida niña está fatigada; que se siente, y yo, en unas pocas frases, cerraré mi espantosa historia.
El bloque escuadrado de madera que yacía sobre el pavimento cubierto de hierba de la capilla formaba un banco en el que me alegré mucho de sentarme, y entretanto el general llamó al leñador, que había estado retirando algunas ramas apoyadas contra los viejos muros; y, hacha en mano, el fornido anciano se plantó ante nosotros.
No pudo decirnos nada de estos monumentos; pero había un anciano, dijo, guardabosques de este bosque, que se alojaba por entonces en la casa del sacerdote, a unas dos millas, que podría señalarnos cada monumento de la vieja familia Karnstein; y, por una menudencia, se comprometió a traerlo de vuelta consigo, si le prestábamos uno de nuestros caballos, en poco más de media hora.
—¿Lleva mucho tiempo empleado en este bosque? —preguntó mi padre al anciano.
—He sido leñador aquí —respondió en su dialecto— a las órdenes del guarda forestal, todos mis días; y así mi padre antes de mí, y así sucesivamente, tantas generaciones como puedo contar. Podría enseñarles la mismísima casa de la aldea, aquí, en que vivieron mis antepasados.
—¿Cómo llegó a quedar desierta la aldea? —preguntó el general.
—Estaba infestada de aparecidos, señor; a varios se les siguió el rastro hasta sus tumbas, allí se los identificó por las pruebas de costumbre, y se los aniquiló de la manera acostumbrada, por decapitación, por estaca y por fuego15; pero no antes de que muchos de los aldeanos hubieran muerto.
»Pero, después de todos estos procedimientos conforme a la ley —continuó—, tantas tumbas abiertas, y tantos vampiros privados de su horrible animación, la aldea no quedó liberada. Mas un noble moravo, que acertaba a viajar por estos parajes, oyó cómo estaban las cosas y, siendo experto —como lo son muchos en su país— en tales asuntos, se ofreció a librar a la aldea de su atormentador. Lo hizo de este modo: habiendo aquella noche una luna brillante, ascendió, poco después de la puesta de sol, a las torres de esta capilla, desde donde podía ver con claridad el cementerio a sus pies; puede verse desde aquella ventana. Desde ese punto vigiló hasta que vio al vampiro salir de su tumba, dejar cerca de ella los lienzos con que había sido amortajado, y deslizarse luego hacia la aldea a atormentar a sus habitantes.
»El forastero, tras ver todo esto, bajó del campanario, tomó las mortajas de lienzo del vampiro y las llevó a lo alto de la torre, a la que de nuevo subió. Cuando el vampiro regresó de sus correrías y echó en falta sus ropas, gritó furiosamente al moravo, a quien vio en la cima de la torre, y quien, en respuesta, le hizo señas de que subiera a recogerlas. Ante lo cual el vampiro, aceptando la invitación, empezó a trepar por el campanario, y en cuanto hubo alcanzado las almenas, el moravo, de un golpe de espada, le partió el cráneo en dos, precipitándolo al cementerio, adonde, bajando por la escalera de caracol, el forastero lo siguió y le cortó la cabeza, y al día siguiente la entregó, junto con el cuerpo, a los aldeanos, que debidamente los empalaron y quemaron.
»Este noble moravo tenía autoridad del entonces cabeza de familia para trasladar la tumba de Mircalla, condesa Karnstein, cosa que hizo con tal eficacia que en poco tiempo su emplazamiento quedó del todo olvidado.
—¿Puede indicar dónde estaba? —preguntó el general, con ansiedad.
El guarda forestal negó con la cabeza y sonrió.
—Ni un alma viviente podría decírselo hoy —dijo—; además, dicen que su cuerpo fue trasladado; pero de eso tampoco hay nadie seguro.
Dicho esto, como el tiempo apremiaba, dejó su hacha y se marchó, dejándonos oír el resto de la extraña historia del general.
Capítulo XIV — El encuentro
«Mi amada niña —prosiguió— empeoraba ahora con rapidez. El médico que la atendía no había logrado producir la menor mejora en su enfermedad, pues por tal la tenía yo entonces. Vio mi alarma y sugirió una consulta. Llamé a un médico más capaz, de Gratz.
»Pasaron varios días antes de que llegara. Era un hombre bueno y piadoso, además de docto. Tras haber visto juntos a mi pobre pupila, se retiraron a mi biblioteca a conferenciar y discutir. Yo, desde la habitación contigua, donde aguardaba su llamada, oí las voces de estos dos caballeros alzarse en algo más agrio que una discusión estrictamente filosófica. Llamé a la puerta y entré. Encontré al viejo médico de Gratz sosteniendo su teoría. Su rival la combatía con ridiculización no disimulada, acompañada de estallidos de risa. Esta impropia manifestación se apaciguó, y el altercado terminó a mi entrada.
»“Señor —dijo mi primer médico—, mi docto colega parece opinar que lo que usted necesita es un hechicero, y no un médico.”
»“Perdóneme —dijo el viejo médico de Gratz, con cara de disgusto—; expondré mi propia visión del caso a mi manera en otra ocasión. Lamento, Monsieur le General, que con mi pericia y mi ciencia no pueda serle de utilidad. Antes de irme, me tomaré el honor de sugerirle algo.”
»Parecía pensativo, y se sentó a una mesa y empezó a escribir. Profundamente decepcionado, hice mi reverencia y, cuando me volvía para salir, el otro médico señaló por encima del hombro a su colega, que escribía, y luego, con un encogimiento de hombros, se tocó significativamente la frente.
»Esta consulta, pues, me dejó exactamente donde estaba. Salí a los jardines, casi fuera de mí. El médico de Gratz, a los diez o quince minutos, me alcanzó. Se disculpó por haberme seguido, pero dijo que no podía en conciencia despedirse sin unas palabras más. Me dijo que no podía equivocarse; que ninguna enfermedad natural presentaba los mismos síntomas; y que la muerte estaba ya muy cerca. Restaba, sin embargo, un día, o acaso dos, de vida. Si se detenía de inmediato el ataque fatal, con gran cuidado y pericia acaso pudieran retornar sus fuerzas. Pero todo pendía ahora de los confines de lo irrevocable. Un asalto más podría extinguir la última chispa de vitalidad que, a cada momento, estaba a punto de apagarse.
»“¿Y cuál es la naturaleza del ataque de que habla?” —le supliqué.
»“Lo he expuesto todo por extenso en esta nota, que pongo en sus manos con la condición expresa de que mande llamar al clérigo más próximo, y abra mi carta en su presencia, y por nada del mundo la lea hasta tenerlo consigo; de lo contrario, la despreciaría, y es asunto de vida o muerte. Si le fallara el sacerdote, entonces, en efecto, puede leerla.”
»Me preguntó, antes de despedirse definitivamente, si no querría ver a un hombre curiosamente docto en el mismísimo asunto que, tras haber leído su carta, probablemente me interesaría por encima de todo, y me instó con encarecimiento a invitarlo a visitarme allí; y así se despidió.
»El eclesiástico estaba ausente, y leí la carta a solas. En otro momento, o en otro caso, habría podido excitar mi burla. Pero ¿a qué charlatanerías no se lanzará la gente por una última oportunidad, cuando todos los medios acostumbrados han fallado, y la vida de un ser amado está en juego?
»Nada, dirá usted, podía ser más absurdo que la carta del docto varón. Era bastante monstruosa como para haberlo confinado a un manicomio. ¡Decía que la paciente sufría las visitas de un vampiro! Las punciones que ella describía como ocurridas cerca de la garganta eran, insistía él, la inserción de esos dos dientes largos, finos y afilados que, como bien se sabe, son propios de los vampiros; y no podía haber duda, añadía, en cuanto a la bien definida presencia de la pequeña marca lívida que todos coincidían en describir como la inducida por los labios del demonio, y cada síntoma descrito por la doliente concordaba con exactitud con los consignados en cada caso de una visitación semejante.
»Siendo yo mismo del todo escéptico en cuanto a la existencia de portento tal como el vampiro, la teoría sobrenatural del buen doctor me ofrecía, a mi juicio, un ejemplo más de erudición e inteligencia extrañamente asociadas a una única alucinación. Estaba, sin embargo, tan desdichado que, antes que no intentar nada, obré según las instrucciones de la carta.
»Me oculté en el oscuro vestidor que daba al cuarto de la pobre paciente, en el que ardía una vela, y velé allí hasta que ella quedó profundamente dormida. Me planté en la puerta, atisbando por la pequeña rendija, con mi espada sobre la mesa a mi lado, tal como prescribían mis instrucciones, hasta que, un poco después de la una, vi un gran objeto negro, muy mal definido, arrastrarse, según me pareció, sobre los pies de la cama y extenderse velozmente hasta la garganta de la pobre muchacha, donde se hinchó, en un instante, hasta formar una gran masa palpitante.
»Por unos momentos me quedé petrificado. Me lancé entonces hacia delante, con mi espada en la mano. La criatura negra se contrajo de pronto hacia los pies de la cama, se deslizó por encima de ellos y, plantándose en el suelo a cosa de una yarda por debajo de los pies de la cama, con una mirada de solapada ferocidad y horror clavada en mí, vi a Millarca. Especulando no sé qué, la golpeé al instante con mi espada; pero la vi de pie junto a la puerta, ilesa. Horrorizado, la perseguí y golpeé de nuevo. Había desaparecido; y mi espada voló hecha añicos contra la puerta.
»No puedo describirle todo lo que pasó en aquella horrible noche. Toda la casa estaba en pie y en revuelo. El espectro de Millarca había desaparecido. Pero su víctima se hundía rápidamente, y antes de que despuntara la mañana, murió.»
El anciano general estaba agitado. No le dirigimos la palabra. Mi padre se apartó un poco y empezó a leer las inscripciones de las lápidas; y, así ocupado, se adentró por la puerta de una capilla lateral a proseguir sus investigaciones. El general se apoyó contra el muro, se secó los ojos y suspiró hondamente. Me alivió oír las voces de Carmilla y de Madame, que en aquel momento se acercaban. Las voces se apagaron.
En aquella soledad, tras haber escuchado historia tan extraña, ligada, como estaba, a los grandes y titulados muertos, cuyos monumentos se desmoronaban entre el polvo y la hiedra en torno a nosotros, y cuyos incidentes todos pesaban tan terriblemente sobre mi propio y misterioso caso —en aquel paraje encantado, ensombrecido por el follaje descollante que se alzaba por todas partes, denso y alto sobre sus muros silenciosos—, un horror empezó a apoderarse de mí, y el corazón se me encogió al pensar que mis amigos no iban, después de todo, a entrar y a turbar aquella escena triste y ominosa.
Los ojos del anciano general estaban clavados en el suelo, mientras se apoyaba con la mano en el basamento de un monumento hecho pedazos.
Bajo un estrecho portal en arco, coronado por uno de esos grotescos demoníacos en que se deleita la cínica y macabra fantasía de la vieja talla gótica, vi con gran alegría entrar en la sombría capilla el hermoso rostro y la figura de Carmilla.
Estaba a punto de levantarme y hablar, y asentí sonriendo, en respuesta a su sonrisa peculiarmente cautivadora; cuando, con un grito, el anciano a mi lado agarró el hacha del leñador y se lanzó hacia delante. Al verlo, una mudanza embrutecida transformó sus facciones. Fue una transformación instantánea y horrible, mientras retrocedía, agachándose, un paso. Antes de que yo pudiera soltar un grito, él la golpeó con todas sus fuerzas, pero ella se zafó bajo su golpe y, ilesa, lo agarró de la muñeca en su diminuta garra. Él forcejeó un momento por liberar el brazo, pero su mano se abrió, el hacha cayó al suelo, y la muchacha había desaparecido.
Se tambaleó contra el muro. Sus cabellos grises se le erizaron sobre la cabeza, y un sudor le brilló en la cara, como si estuviera al borde de la muerte.
La espantosa escena había pasado en un instante. Lo primero que recuerdo después es a Madame de pie ante mí, repitiendo con impaciencia una y otra vez la pregunta: —¿Dónde está Mademoiselle Carmilla?
Respondí al cabo: —No lo sé… no sabría decir… se fue hacia allí —y señalé la puerta por la que Madame acababa de entrar—; hace apenas uno o dos minutos.
—Pero yo he estado ahí, en el pasadizo, desde que Mademoiselle Carmilla entró; y no ha vuelto a salir.
Empezó entonces a llamar «¡Carmilla!» por cada puerta y pasadizo, y desde las ventanas, pero no llegó respuesta alguna.
—¿Se hacía llamar Carmilla? —preguntó el general, aún agitado.
—Carmilla, sí —respondí.
—Sí —dijo—; esa es Millarca. Esa es la misma persona que hace mucho se llamó Mircalla, condesa Karnstein. Aléjate de este suelo maldito, pobre niña mía, tan de prisa como puedas. Ve en el carruaje a casa del clérigo y quédate allí hasta que lleguemos. ¡Márchate! Ojalá no vuelvas a ver a Carmilla; no la encontrarás aquí.
Capítulo XV — Proceso y ejecución
Mientras hablaba, uno de los hombres de más extraño aspecto que jamás he visto entró en la capilla por la puerta por la que Carmilla había hecho su entrada y su salida. Era alto, de pecho estrecho, encorvado, de hombros altos, y vestido de negro. Su cara era morena y curtida, con profundos surcos; llevaba un sombrero de forma rara, de ala ancha. Su cabello, largo y entrecano, le caía sobre los hombros. Llevaba unos anteojos de oro, y caminaba despacio, con un raro andar desmañado, con la cara a veces vuelta hacia el cielo, a veces inclinada hacia el suelo; parecía llevar una perpetua sonrisa; sus largos y delgados brazos se balanceaban, y sus manos flacas, en viejos guantes negros muchísimo más anchos de lo que le convenían, se agitaban y gesticulaban en total abstracción.
—¡El hombre indicado! —exclamó el general, avanzando con manifiesto deleite—. Mi querido barón, qué feliz me hace verlo; no tenía esperanza de encontrarlo tan pronto. —Hizo una seña a mi padre, que para entonces había regresado, y, llevando al fantástico anciano caballero, a quien llamaba el barón, a su encuentro, se lo presentó formalmente, y de inmediato entablaron una conversación encarecida. El forastero sacó un rollo de papel del bolsillo y lo extendió sobre la gastada superficie de una tumba que había al lado. Tenía un lapicero entre los dedos, con el que trazaba líneas imaginarias de un punto a otro sobre el papel, que, por las frecuentes miradas que ambos lanzaban de él a ciertos puntos del edificio, deduje que era un plano de la capilla. Acompañaba lo que podría llamar su disertación con lecturas ocasionales de un librito mugriento, cuyas hojas amarillas estaban densamente escritas.
Pasearon juntos por la nave lateral, frente al lugar donde yo estaba, conversando mientras iban; luego empezaron a medir distancias a pasos, y por fin se detuvieron todos juntos, frente a un trozo del muro lateral, que empezaron a examinar con gran minuciosidad; arrancando la hiedra que lo cubría, y golpeteando el enlucido con las puntas de sus bastones, raspando aquí y llamando allá. Al cabo comprobaron la existencia de una ancha losa de mármol, con letras talladas en relieve.
Con la ayuda del leñador, que pronto regresó, quedaron al descubierto una inscripción monumental y un escudo tallado. Resultaron ser los del largo tiempo perdido monumento de Mircalla, condesa Karnstein.
El anciano general, aunque no muy dado, me temo, a la disposición de rezar, alzó las manos y los ojos al cielo, en muda acción de gracias durante unos momentos.
—Mañana —le oí decir— llegará el comisionado, y se celebrará la indagación conforme a la ley.
Luego, volviéndose hacia el anciano de los anteojos de oro que he descrito, lo estrechó cordialmente por ambas manos y dijo:
—Barón, ¿cómo puedo agradecérselo? ¿Cómo podemos todos agradecérselo? Habrá librado a esta región de una plaga que ha azotado a sus habitantes durante más de un siglo. El horrible enemigo, gracias a Dios, al fin ha sido rastreado.
Mi padre llevó al forastero aparte, y el general los siguió. Sé que los condujo fuera del alcance del oído para poder relatar mi caso, y los vi mirarme a menudo, con rapidez, a medida que avanzaba la conversación.
Mi padre se acercó a mí, me besó una y otra vez y, sacándome de la capilla, dijo:
—Es hora de volver, pero, antes de ir a casa, hemos de sumar a nuestro grupo al buen sacerdote, que vive a un paso de aquí, y persuadirlo de que nos acompañe al schloss.
En esta empresa tuvimos éxito; y me alegré, pues estaba indeciblemente fatigada cuando llegamos a casa. Pero mi satisfacción se trocó en consternación al descubrir que no había noticia alguna de Carmilla. De la escena ocurrida en la capilla en ruinas no se me ofreció explicación alguna, y estaba claro que era un secreto que mi padre, por el momento, había resuelto ocultarme.
La siniestra ausencia de Carmilla volvía más horrible para mí el recuerdo de la escena. Las disposiciones para la noche fueron singulares. Dos criados y Madame velarían aquella noche en mi cuarto; y el eclesiástico, con mi padre, montarían guardia en el vestidor contiguo.
El sacerdote había oficiado aquella noche ciertos ritos solemnes, cuyo propósito no comprendí, como tampoco comprendía la razón de esta extraordinaria precaución tomada para mi seguridad durante el sueño.
Todo lo vi con claridad unos días más tarde.
A la desaparición de Carmilla siguió el cese de mis padecimientos nocturnos.
Habrá oído usted, sin duda, de la espantosa superstición que impera en la Alta y la Baja Estiria, en Moravia, en Silesia, en la Serbia turca, en Polonia, incluso en Rusia; la superstición, así hemos de llamarla, del Vampiro.
Si el testimonio humano, recogido con todo cuidado y solemnidad, judicialmente, ante comisiones innumerables, cada una compuesta de muchos miembros, todos elegidos por su integridad e inteligencia, y que constituyen informes acaso más voluminosos que los existentes sobre cualquier otra clase de casos, vale algo, es difícil negar, o siquiera poner en duda, la existencia de un fenómeno como el Vampiro.
Por mi parte, no he oído teoría alguna que explique lo que yo misma he presenciado y experimentado, salvo la que ofrece la antigua y bien acreditada creencia del país.
Al día siguiente tuvieron lugar las diligencias formales en la Capilla de Karnstein.
Se abrió la tumba de la condesa Mircalla; y el general y mi padre reconocieron cada uno a su pérfida y hermosa huésped en el rostro ahora expuesto a la vista. Las facciones, aunque habían pasado ciento cincuenta años desde su entierro, estaban teñidas del calor de la vida. Sus ojos estaban abiertos; ningún hedor cadavérico exhalaba del ataúd. Los dos hombres de medicina, uno presente oficialmente, el otro por parte del promotor de la indagación, atestiguaron el hecho maravilloso de que había una respiración tenue pero apreciable, y una acción correspondiente del corazón. Los miembros estaban perfectamente flexibles, la carne elástica; y el ataúd de plomo estaba anegado de sangre, en la que, a una profundidad de siete pulgadas, yacía el cuerpo sumergido.
Aquí estaban, pues, todos los signos y pruebas admitidos del vampirismo. El cuerpo, por tanto, conforme a la antigua práctica, fue alzado, y una afilada estaca clavada a través del corazón del vampiro, que profirió en ese momento un alarido penetrante, en todo semejante al que podría escapar de una persona viva en la última agonía. Luego se le cercenó la cabeza, y un torrente de sangre brotó del cuello seccionado. El cuerpo y la cabeza fueron colocados a continuación sobre una pira de leña, y reducidos a cenizas, que se arrojaron al río y fueron arrastradas por la corriente, y aquel territorio no ha vuelto a verse asolado, desde entonces, por las visitas de un vampiro.
Mi padre tiene una copia del informe de la Comisión Imperial, con las firmas de todos los presentes en estas diligencias, adjuntas en verificación de lo declarado. Es de este documento oficial de donde he resumido mi relato de esta última y espantosa escena.
Capítulo XVI — Conclusión
Escribo todo esto, supondrá usted, con serenidad. Pero nada más lejos; no puedo pensar en ello sin agitación. Solo su vivo deseo, tan repetidamente expresado, podría haberme inducido a sentarme a una tarea que ha desquiciado mis nervios para meses venideros, y ha reavivado una sombra del indecible horror que, años después de mi liberación, siguió volviendo terribles mis días y mis noches, e insoportablemente espantosa la soledad.
Permítame añadir una palabra o dos sobre aquel singular barón Vordenburg, a cuya curiosa erudición debimos el descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.
Se había establecido en Gratz, donde, viviendo de una mera pitanza —cuanto le quedaba de las otrora principescas posesiones de su familia, en la Alta Estiria—, se consagraba a la minuciosa y laboriosa investigación de la tradición, maravillosamente autenticada, del Vampirismo. Tenía en la punta de los dedos todas las obras, grandes y pequeñas, sobre la materia.
«Magia Posthuma», «Phlegon de Mirabilibus», «Augustinus de cura pro Mortuis», «Philosophicae et Christianae Cogitationes de Vampiris», de John Christofer Herenberg; y otras mil, entre las que solo recuerdo unas pocas de las que le prestó a mi padre. Tenía un voluminoso compendio de todos los casos judiciales, del que había extraído un sistema de principios que parecen gobernar —unos siempre, y otros solo en ocasiones— la condición del vampiro. Puedo mencionar, de paso, que la palidez mortal atribuida a esa clase de aparecidos es una mera ficción melodramática. Presentan, en la tumba, y cuando se muestran en la sociedad humana, la apariencia de una vida sana. Cuando se los saca a la luz en sus ataúdes, exhiben todos los síntomas que se enumeran como los que probaron la vida vampírica de la largo tiempo muerta condesa Karnstein.
Cómo escapan de sus tumbas y regresan a ellas por ciertas horas cada día, sin desplazar la tierra ni dejar traza alguna de perturbación en el estado del ataúd o de las mortajas, se ha admitido siempre que es del todo inexplicable. La existencia anfibia16 del vampiro se sustenta en un sueño diariamente renovado en la tumba. Su horrible sed de sangre viva le provee el vigor de su existencia en vigilia. El vampiro es propenso a quedar fascinado, con una vehemencia absorbente, semejante a la pasión del amor, por personas determinadas. En pos de estas ejercerá una paciencia y una astucia inagotables, pues el acceso a un objeto en particular puede verse obstruido de cien maneras. Nunca desistirá hasta haber saciado su pasión y agotado la vida misma de la codiciada víctima. Pero, en estos casos, dosificará y prolongará su goce homicida con el refinamiento de un sibarita17, y lo realzará con las graduales aproximaciones de un artero cortejo. En estos casos parece anhelar algo semejante a la simpatía y el consentimiento. En los ordinarios va derecho a su objeto, lo domina con violencia, y estrangula y agota a menudo en un solo festín.
El vampiro está, al parecer, sujeto, en ciertas situaciones, a condiciones especiales. En el caso particular del que le he hecho relación, Mircalla parecía limitada a un nombre que, si no era el suyo verdadero, debía al menos reproducir, sin la omisión ni la adición de una sola letra, aquellas que, como decimos, anagramáticamente, lo componen. Carmilla lo hizo; y también Millarca.
Mi padre le relató al barón Vordenburg —que permaneció con nosotros dos o tres semanas después de la expulsión de Carmilla— la historia del noble moravo y el vampiro en el cementerio de Karnstein, y luego le preguntó al barón cómo había descubierto la posición exacta de la largo tiempo oculta tumba de la condesa Mircalla. Las grotescas facciones del barón se fruncieron en una sonrisa misteriosa; bajó la vista, sonriendo todavía, sobre su gastado estuche de anteojos, y lo manoseó. Luego, alzando la mirada, dijo:
—Tengo muchos diarios, y otros papeles, escritos por aquel hombre notable; el más curioso de todos es uno que trata de la visita de la que ustedes hablan, a Karnstein. La tradición, por supuesto, la descolora y la distorsiona un poco. Pudo llamársele un noble moravo, pues había mudado su residencia a aquel territorio, y era, además, noble. Pero era, en verdad, natural de la Alta Estiria. Basta decir que, en su primera juventud, había sido apasionado y favorecido amante de la hermosa Mircalla, condesa Karnstein. La temprana muerte de ella lo sumió en un dolor inconsolable. Es propio de los vampiros multiplicarse y aumentar, pero según una ley comprobada y espectral.
»Supongamos, para empezar, un territorio del todo libre de esa plaga. ¿Cómo comienza, y cómo se multiplica? Se lo diré. Una persona, más o menos malvada, pone fin a su vida. Un suicida, en ciertas circunstancias, se convierte en vampiro. Ese espectro visita a las gentes vivas en su sueño; ellas mueren, y casi invariablemente, en la tumba, se convierten en vampiros. Así ocurrió en el caso de la hermosa Mircalla, acosada por uno de esos demonios. Mi antepasado, Vordenburg, cuyo título aún llevo, pronto lo descubrió, y en el curso de los estudios a que se consagró, aprendió mucho más.
»Entre otras cosas, concluyó que la sospecha de vampirismo probablemente recaería, tarde o temprano, sobre la difunta condesa, que en vida había sido su ídolo. Concibió un horror, fuera ella lo que fuese, a que sus restos fueran profanados por el ultraje de una ejecución póstuma. Ha dejado un curioso papel para probar que el vampiro, al ser expulsado de su existencia anfibia, es proyectado a una vida mucho más horrible; y resolvió salvar de esto a su otrora amada Mircalla.
»Recurrió a la estratagema de un viaje hasta aquí, un fingido traslado de sus restos y una real obliteración de su monumento. Cuando la vejez lo alcanzó y, desde el valle de los años, miró atrás a las escenas que dejaba, consideró, con un espíritu distinto, lo que había hecho, y un horror se apoderó de él. Trazó las notas y los croquis que me han guiado al mismísimo lugar, y redactó una confesión del engaño que había practicado. Si había pretendido alguna otra acción en este asunto, la muerte se lo impidió; y la mano de un descendiente remoto ha dirigido, demasiado tarde para muchos, la persecución hasta la guarida de la bestia.
Hablamos un poco más, y, entre otras cosas, dijo esto:
—Un signo del vampiro es el poder de la mano. La esbelta mano de Mircalla se cerró como un torno de acero sobre la muñeca del general cuando este alzó el hacha para golpear. Pero su poder no se limita a su presa: deja en el miembro que aferra un entumecimiento del que se recobra lentamente, si es que alguna vez se recobra.
La primavera siguiente mi padre me llevó de viaje por Italia. Estuvimos fuera más de un año. Pasó mucho tiempo antes de que el terror de los recientes sucesos se aplacara; y hasta el día de hoy la imagen de Carmilla vuelve a mi memoria con ambiguas alternancias: unas veces la muchacha juguetona, lánguida, hermosa; otras el demonio retorcido que vi en la iglesia en ruinas; y a menudo, de un ensueño, me he sobresaltado, creyendo oír el paso leve de Carmilla en la puerta del salón.
Notas
-
Los intermedios. Intermediates no es aquí una acción —«intervenciones» sería contrasentido— sino un sustantivo de perfume swedenborgiano: los seres o estados suspendidos entre el espíritu y la materia que rondan el ciclo de Hesselius. ↩
-
La Babel del schloss. La casa habla cuatro lenguas: padre inglés, madre estiria, servicio francés y alemán. Queda en cursiva lo que Le Fanu dejó sin traducir —schloss, château, gouvernante—: el plurilingüismo es el desarraigo de Laura. ↩
-
Tú y usted. El inglés no distingue; el español obliga a decidir a cada línea. Laura trata de usted a su destinataria; a Carmilla la tutea, porque la intimidad no tolera otra cosa. La asimetría es un mapa de distancias. ↩
-
Los lunáticos. El original enfrenta luna y lunacy, y ese hilo etimológico es a la vez el chiste y el escalofrío. «Lunáticos» todavía guarda la luna dentro: el astro obra sobre la sangre y los nervios. ↩
-
La cita que se deshace. El padre recita a Shakespeare de memoria, altera el verso y lo corta con un «Olvido el resto». Se vierte igual de roto: esa melancolía que ni acierta a citarse es ya un presagio. ↩
-
Cara de horca. Hang-dog no es un perro sino el aire torvo, cabizbajo y culpable de quien merecería la soga. «Torvo y patibulario» guarda la mala catadura que el padre ve en los criados de la condesa. ↩
-
Carmilla. El nombre se deja intacto, sin hispanizar. Su grafía —y la de los demás nombres de la casa Karnstein— es pieza de relojería del relato: quitar o añadir una sola letra rompería algo que el final explica. ↩
-
El arrebato de mi enorme humillación. Rapture es éxtasis, no tristeza, y va soldado a humiliation: oxímoron erótico-místico que no se domestica. La repetición escalonada —«morirás, morirás dulcemente»— y la dirección del verbo, «dentro de la mía», son el sentido. ↩
-
La salamandra y la mandrágora. No son el anfibio ni la planta, sino monstruos de barraca: taxidermias cosidas con retazos de monos, loros, ardillas y erizos. Se conservan los nombres de feria con que el buhonero las pregona. ↩
-
Oupire. Voz eslava del folclore centroeuropeo que Le Fanu pone en boca del buhonero y los campesinos, reservando vampire para el registro culto. Es el pueblo nombrando su miedo con su propia lengua: queda en cursiva. ↩
-
Como una lezna. La lezna es el punzón fino del zapatero, y hace pareja con la aguja del original. Lo aterrador es la miniatura afilada: traducirlo por «lanza» reventaría la escala de ese diente largo y sutil. ↩
-
Las orugas de Buffon. La parábola entomológica es exacta: las muchachas son orugas que serán mariposas, y entretanto hay gusanos y larvas, cada cual con su forma. Nada de «crisálidas», que es otra fase. La Histoire naturelle existe. ↩
-
Descenso. El título inglés, Descending, es un gerundio escueto que no dice quién desciende: ¿la enferma, la noche, el alma? «Descenso» guarda esa indeterminación con idéntica brevedad ominosa. ↩
-
La voz dentro de la voz. El general cuenta su historia durante varios capítulos. Su narración va enmarcada en comillas angulares, con la de seguimiento al abrir cada párrafo; cuando la escena vuelve al presente, regresa la raya de diálogo. ↩
-
Aparecidos, no solo vampiros. El leñador estratifica su vocabulario del miedo: primero revenants, los aparecidos, término preciso del folclore, y solo después vampires. El remedio lo enumera con frialdad casi jurídica: decapitación, estaca y fuego. ↩
-
La existencia anfibia. Amphibious es aquí metáfora técnica —la doble vida entre la tumba y la vigilia—, no el bicho zoológico. «Anfibia» guarda en español la misma imagen: una criatura que habita dos elementos. ↩
-
Dosificará su goce. Falso amigo clásico: husband no es «marido» sino administrar, guardar con avaricia. El vampiro no devora sin más: dosifica y prolonga su goce homicida «con el refinamiento de un sibarita», el epicure del original. ↩