- Primera publicación
- The Pioneer, Boston, enero de 1843
- Texto de partida
- «The Tell-Tale Heart», The Broadway Journal, 23 de agosto de 1845; erratas de la reimpresión de 1903 corregidas y cursivas de Poe repuestas por cotejo con los testimonios de 1845 y 1850
El corazón delator
¡Es cierto! Nervioso, muy, muy espantosamente nervioso lo he sido y lo soy; pero ¿por qué insiste en decir que estoy loco? La enfermedad me había aguzado los sentidos —no los había destruido, no los había embotado. Y el oído más que ninguno. Oí todas las cosas del cielo y de la tierra. Oí muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? ¡Atienda! Y observe con qué cordura —con qué calma— puedo contarle la historia entera.
Es imposible decir cómo entró por primera vez la idea en mi cerebro; pero, una vez concebida, me acosó día y noche. Móvil, no lo había. Pasión, no la había. Yo quería al viejo. Nunca me había agraviado. Nunca me había ofendido. Por su oro no sentía deseo alguno. ¡Creo que fue su ojo! ¡Sí, fue eso! Tenía un ojo de buitre: un ojo azul pálido, con una película encima. Cada vez que caía sobre mí, se me helaba la sangre; y así, poco a poco —muy gradualmente—, me decidí a quitarle la vida al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Ahora bien, lo que importa es esto. A mí me toma por loco. Los locos no saben nada. Pero tendría que haberme visto. ¡Tendría que haber visto con qué sensatez procedí, con qué cautela, con qué previsión, con qué disimulo me puse a la obra! Nunca fui más amable con el viejo que durante la semana entera anterior a matarlo. Y todas las noches, hacia la medianoche, giraba el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, con qué suavidad! Y entonces, cuando había abierto lo bastante para meter la cabeza, introducía una linterna sorda, toda cerrada, cerrada, de modo que no escapara luz alguna, y después metía dentro la cabeza. ¡Oh, se habría reído al ver con qué astucia la metía! La movía despacio, muy, muy despacio, para no turbar el sueño del viejo. Tardaba una hora en meter la cabeza entera por la abertura, lo bastante para verlo tendido en su cama. ¡Ja! ¿Habría sido un loco tan sensato? Y entonces, cuando ya tenía la cabeza bien dentro del cuarto, abría la linterna con cautela —oh, con cuánta cautela—, con cautela (porque los goznes chirriaban); la abría solo lo justo para que un único rayo fino cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches, todas las noches justo a medianoche; pero encontraba el ojo siempre cerrado, y así era imposible hacer la obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino su Ojo Maligno. Y todas las mañanas, al romper el día, entraba resueltamente en el aposento y le hablaba con aplomo, llamándolo por su nombre en tono cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. De modo que ya ve: habría tenido que ser un viejo muy perspicaz, desde luego, para sospechar que todas las noches, justo a las doce, yo lo miraba mientras dormía.

A la octava noche puse más cuidado que de costumbre en abrir la puerta. El minutero de un reloj se movía más deprisa de lo que lo hacía mi mano. Nunca antes de aquella noche había sentido el alcance de mis propias facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mi sensación de triunfo. ¡Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él ni siquiera imaginaba mis actos y pensamientos secretos! Se me escapó una risa entre dientes ante la idea; y acaso me oyó, porque se movió de pronto en la cama, como sobresaltado. Ahora pensará que me eché atrás. Pues no. Su cuarto estaba negro como la pez, de tan espesa que era la oscuridad (porque los postigos estaban bien atrancados por miedo a los ladrones), y así yo sabía que él no podía ver cómo se abría la puerta, y seguí empujándola sin pausa, sin pausa.
Tenía ya la cabeza dentro y estaba a punto de abrir la linterna cuando se me resbaló el pulgar en el cierre de hojalata, y el viejo se incorporó de golpe en la cama gritando: «¿Quién anda ahí?».
Me quedé completamente quieto y no dije nada. Durante una hora entera no moví un músculo, y mientras tanto no lo oí tenderse. Seguía sentado en la cama, escuchando —igual que he hecho yo, noche tras noche, atento a los relojes de la muerte en la pared1.
Al poco oí un leve gemido, y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de dolor ni de pena; ¡oh, no! Era el sonido bajo y ahogado que se alza del fondo del alma cuando el espanto la desborda. Conocía bien ese sonido. Muchas noches, justo a medianoche, cuando el mundo entero dormía, ha brotado de mi propio pecho, ahondando con su eco espantoso los terrores que me trastornaban. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que sentía el viejo, y le tenía lástima, aunque me reía por dentro. Sabía que llevaba despierto desde el primer ruido leve, desde que se había vuelto en la cama. Sus miedos habían ido creciendo dentro de él desde entonces. Había intentado convencerse de que no tenían causa, pero no podía. Se había estado diciendo: «No es más que el viento en la chimenea; es solo un ratón que cruza el suelo», o «Es apenas un grillo que ha chirriado una sola vez». Sí, había intentado consolarse con estas suposiciones; pero todo había sido en vano. Todo en vano, porque la Muerte, al acercársele, había avanzado al acecho con su negra sombra por delante y había envuelto a la víctima. Y fue el influjo lúgubre de la sombra no percibida lo que le hizo sentir —aunque no viera ni oyera— lo que le hizo sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.
Después de esperar mucho rato, con mucha paciencia, sin oírlo tenderse, resolví abrir una rendija, una rendija muy, muy pequeña en la linterna. Y la abrí —no puede imaginarse con cuánto sigilo, cuánto sigilo— hasta que por fin un único rayo mortecino, como el hilo de la araña, brotó de la rendija y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par, y me puse furioso al contemplarlo. Lo vi con perfecta nitidez: todo él de un azul apagado, con un velo horrendo encima que me helaba el tuétano de los huesos; pero no alcanzaba a ver nada más del rostro ni de la persona del viejo, porque había dirigido el rayo como por instinto, justo sobre el maldito punto.
¿Y no le he dicho ya que lo que confunde con locura no es más que un exceso de agudeza de los sentidos? Pues bien, le digo, llegó entonces a mis oídos un sonido bajo, sordo y rápido, como el que hace un reloj envuelto en algodón. También conocía bien ese sonido. Era el latido del corazón del viejo. Acrecentó mi furia, como el toque del tambor envalentona al soldado.
Pero aun así me contuve y me quedé quieto. Apenas respiraba. Sostuve la linterna inmóvil. Comprobé con qué firmeza podía mantener el rayo sobre el ojo. Entretanto crecía el infernal redoble del corazón. Se hacía más rápida y más rápida, y más fuerte y más fuerte a cada instante. ¡El terror del viejo debía de ser extremo! Crecía más fuerte, digo, ¡más fuerte a cada momento! ¿Me sigue bien? Le he dicho que soy nervioso, y lo soy. Y en ese momento, en lo más cerrado de la noche, en medio del silencio espantoso de aquella casa vieja, un ruido tan extraño como aquel me arrastró a un terror incontrolable. Aun así, durante algunos minutos más me contuve y permanecí quieto. ¡Pero el latido crecía, más fuerte, más fuerte! Pensé que el corazón iba a estallar. Y entonces me asaltó una nueva inquietud: ¡un vecino oiría el sonido! ¡Había llegado la hora del viejo! Con un alarido, abrí de golpe la linterna y salté al cuarto. Chilló una vez —una sola vez. En un instante lo arrastré al suelo y le eché encima la pesada cama. Sonreí entonces alegremente, al ver el hecho ya casi consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido apagado. Esto, sin embargo, no me irritó: no se oiría a través de la pared. Al fin cesó. El viejo estaba muerto. Retiré la cama y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, muerto como una piedra. Le puse la mano sobre el corazón y la tuve allí muchos minutos. No había pulsación. Estaba muerto como una piedra. Su ojo ya no volvería a inquietarme.
Si todavía me cree loco, dejará de creerlo cuando le describa las sensatas precauciones que tomé para ocultar el cuerpo. La noche menguaba, y trabajé deprisa, pero en silencio. Lo primero de todo, descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, los brazos y las piernas.
Levanté luego tres tablas del entarimado del aposento y lo deposité todo entre las viguetas. Después volví a colocar las tablas con tanta destreza, con tanta astucia, que ningún ojo humano —ni siquiera el de él— habría podido descubrir nada anómalo. No había nada que lavar, ninguna mancha de ninguna clase, ni el menor rastro de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. Una tina lo había recogido todo. ¡Ja! ¡Ja!
Al dar fin a estas labores, eran las cuatro, y seguía tan oscuro como a medianoche. Cuando la campana dio la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir con el corazón ligero, pues ¿qué tenía yo ahora que temer? Entraron tres hombres, que se presentaron con perfecta afabilidad como agentes de la policía. Un vecino había oído un chillido durante la noche; se habían levantado sospechas de que allí se hubiera cometido un delito; se había presentado denuncia en la comisaría, y a ellos (los agentes) se les había encargado registrar la casa.
Sonreí, pues ¿qué tenía yo que temer? Di la bienvenida a los caballeros. El chillido, dije, había sido mío, en un sueño. El viejo, mencioné, estaba ausente, en el campo. Llevé a mis visitantes por toda la casa. Los invité a registrar, a registrar bien. Los conduje, por fin, a su aposento. Les enseñé sus tesoros, a salvo, intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les rogué que descansaran allí de sus fatigas, mientras yo mismo, en la audacia desatada de mi triunfo perfecto, colocaba mi propio asiento justo sobre el punto bajo el cual reposaba el cadáver de la víctima.
Los agentes quedaron satisfechos. Mi actitud los había convencido. Yo me sentía extrañamente tranquilo. Se sentaron y, mientras yo respondía con animación, ellos charlaban de cosas corrientes. Pero al poco me sentí palidecer y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un zumbido en los oídos; pero ellos seguían sentados y seguían charlando. El zumbido se hizo más claro: continuó y se hizo más claro. Hablé con más soltura para librarme de aquella sensación, pero continuó y fue ganando nitidez, hasta que por fin descubrí que el ruido no estaba dentro de mis oídos.

Sin duda me puse entonces muy pálido; pero hablé con más fluidez y con la voz alzada. Y, sin embargo, el sonido crecía. ¿Y qué podía hacer yo? Era un sonido bajo, sordo y rápido, muy parecido al que hace un reloj envuelto en algodón. Me faltaba el aire y, sin embargo, los agentes no lo oían. Hablé más deprisa, con más vehemencia; pero el ruido crecía sin pausa. Me levanté y discutí sobre naderías, en tono agudo y con gesticulación violenta; pero el ruido crecía sin pausa. ¿Por qué no se iban? Iba y venía sobre las tablas con pesadas zancadas, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el ruido crecía sin pausa. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Eché espumarajos —deliré— ¡maldije! Zarandeé la silla en que había estado sentado y la hice chirriar contra las tablas; pero el ruido se alzaba por encima de todo y crecía sin cesar. Crecía más fuerte, más fuerte, ¡más fuerte! Y los hombres seguían charlando amablemente, y sonreían. ¿Era posible que no lo oyeran? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Lo oían! ¡Sospechaban! ¡Sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto pensé, y esto pienso. ¡Pero cualquier cosa era mejor que esta agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que esta irrisión! ¡No podía soportar más aquellas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir! Y ahora —¡otra vez!— ¡escuche! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!
«¡Canallas! —chillé—. ¡No disimulen más! ¡Lo confieso! ¡Arranquen las tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horrendo corazón!».
Notas
-
Los relojes de la muerte. Traducción del inglés death-watch, que Poe emplea con doble sentido: la familia de la carcoma —el escarabajo Xestobium rufovillosum—, cuyo golpeteo en la madera se tenía por anuncio de muerte, y la vigilia junto a un moribundo, que es lo que hace el narrador. ↩