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Dickens · El guardavía · 0 %

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Primera publicación
Mugby Junction, número extraordinario de Navidad de All the Year Round, Londres, diciembre de 1866
Texto de partida
Christmas Stories, Londres, Chapman and Hall, 1894, según la transcripción de Project Gutenberg (Three Ghost Stories, n.º 1289)

El guardavía

«¡EH! ¡Ahí abajo!».

Cuando oyó la voz que lo llamaba así, estaba de pie a la puerta de su caseta, con una bandera en la mano, enrollada en torno a su asta corta. Cualquiera habría pensado, dada la naturaleza del terreno, que no podía tener dudas de por dónde le venía la voz; pero, en vez de mirar hacia arriba, hacia donde yo estaba, en lo alto de la escarpada trinchera, casi encima de su cabeza, se dio la vuelta y miró vía abajo. Había algo notable en su manera de hacerlo, aunque no habría sabido decir qué, así me fuera la vida en ello. Pero sé que fue lo bastante notable para llamarme la atención, aun cuando su figura quedaba escorzada y en sombra, allá en el fondo de la honda zanja, y la mía muy por encima de él, tan bañada en el resplandor de un sol poniente airado que me había puesto la mano sobre los ojos antes de llegar a verlo siquiera.

«¡Eh! ¡Abajo!».

De mirar vía abajo, se volvió de nuevo y, alzando los ojos, vio mi figura muy por encima de él.

«¿Hay algún camino por el que pueda bajar a hablar con usted?».

Me miró desde abajo sin responder, y yo lo miré desde arriba sin apremiarlo demasiado pronto con la repetición de mi ociosa pregunta. Justo entonces llegó una vaga vibración de la tierra y del aire, que se convirtió rápidamente en una pulsación violenta y en una embestida que se acercaba y que me hizo retroceder de un salto, como si tuviera fuerza para arrastrarme abajo. Cuando el vapor que subió hasta mi altura desde aquel tren veloz me hubo pasado y se alejaba rozando el paisaje, volví a mirar abajo y lo vi enrollar de nuevo la bandera que había mostrado mientras pasaba el tren.

Repetí mi pregunta. Tras una pausa, durante la cual pareció observarme con fija atención, señaló con la bandera enrollada hacia un punto a mi nivel, a unas doscientas o trescientas yardas de distancia. Le grité: «¡De acuerdo!», y me dirigí a aquel punto. Allí, a fuerza de mirar con atención a mi alrededor, encontré un tosco sendero en zigzag, abierto a muescas, que descendía, y lo seguí.

La trinchera era extremadamente profunda y de una pendiente inusual. Estaba abierta en una piedra viscosa, que se volvía más rezumante y húmeda a medida que yo bajaba. Por estas razones, el camino me resultó lo bastante largo para tener tiempo de recordar el singular aire de reticencia o de obligación con que me había indicado el sendero.

Cuando bajé lo suficiente por el descenso en zigzag para volver a verlo, vi que estaba de pie entre los raíles, en la vía por la que acababa de pasar el tren, en una actitud como de esperar a que yo apareciera. Tenía la mano izquierda en la barbilla, y el codo izquierdo apoyado en la mano derecha, cruzada sobre el pecho. Su actitud era de tal expectación y vigilancia que me detuve un momento, extrañado.

Reanudé el descenso y, al pisar el nivel de la vía férrea y acercarme a él, vi que era un hombre moreno, cetrino, de barba oscura y cejas más bien espesas. Su puesto estaba en el lugar más solitario y lúgubre que he visto nunca. A cada lado, una pared chorreante de piedra dentada, que no dejaba ver más que una franja de cielo; la perspectiva, en un sentido, solo una prolongación torcida de aquella gran mazmorra; la perspectiva más corta, en el otro sentido, terminaba en una luz roja sombría y en la entrada, más sombría aún, de un túnel negro, en cuya maciza arquitectura había un aire bárbaro, deprimente y hostil. Tan poca luz de sol llegaba jamás a aquel lugar que tenía un olor terroso, a muerte; y tanto viento frío lo atravesaba que me heló, como si hubiera salido del mundo natural.

Antes de que se moviera, estaba yo tan cerca de él que habría podido tocarlo. Sin apartar ni entonces los ojos de los míos, dio un paso atrás y levantó la mano.

Aquel era un puesto solitario (dije), y me había llamado la atención cuando miré abajo desde allá arriba. Un visitante sería una rareza, suponía yo; ¿no una rareza mal recibida, esperaba? En mí veía simplemente a un hombre que había estado encerrado dentro de límites estrechos toda su vida y que, puesto al fin en libertad, sentía un interés recién despertado por aquellas grandes obras. En ese sentido le hablé; pero estoy lejos de estar seguro de los términos que usé, porque, además de que no tengo soltura para iniciar una conversación, había algo en aquel hombre que me intimidaba.

Dirigió una mirada de lo más curiosa hacia la luz roja cercana a la boca del túnel, y miró todo en torno a ella, como si le faltara algo, y luego me miró a mí.

¿Aquella luz estaba a su cargo? ¿No era así?

Respondió en voz baja: «¿No sabe usted que sí?».

Me vino a la mente el pensamiento monstruoso, mientras examinaba los ojos fijos y el rostro saturnino, de que aquello era un espíritu, no un hombre. Desde entonces he especulado con la posibilidad de que hubiera contagio en su mente.

A mi vez, di un paso atrás. Pero al hacer el movimiento detecté en sus ojos cierto miedo latente hacia mí. Eso puso en fuga el pensamiento monstruoso.

«Me mira usted —⁠dije, forzando una sonrisa⁠— como si me tuviera pavor».

«Dudaba —⁠replicó⁠— de si lo había visto antes».

«¿Dónde?».

Señaló la luz roja que había estado mirando.

«¿Ahí?», dije.

Observándome atentamente, respondió (pero sin sonido): «Sí».

«Buen hombre, ¿qué iba a hacer yo ahí? Sin embargo, sea como sea, nunca estuve ahí, puede jurarlo».

«Creo que puedo —⁠repuso⁠—. Sí; estoy seguro de que puedo».

Su actitud se despejó, como la mía. Respondió a mis observaciones con prontitud y con palabras bien escogidas. ¿Tenía mucho que hacer allí? Sí; es decir, tenía bastante responsabilidad que soportar; pero lo que se le exigía era exactitud y vigilancia, y de trabajo propiamente dicho —⁠trabajo manual⁠— no tenía casi ninguno. Cambiar aquella señal, despabilar aquellas luces y girar aquella manivela de hierro de vez en cuando era todo lo que tenía que hacer en ese capítulo. En cuanto a aquellas muchas horas largas y solitarias de las que yo parecía hacer tanto caso, solo podía decir que la rutina de su vida había tomado esa forma y se había acostumbrado a ella. Había aprendido por su cuenta un idioma allí abajo, si conocerlo solo de vista y haberse formado sus propias ideas rudimentarias sobre su pronunciación podía llamarse aprenderlo. También había trabajado con fracciones y decimales, y probado un poco de álgebra; pero era, y había sido de muchacho, torpe para los números. ¿Le era necesario, cuando estaba de servicio, permanecer siempre en aquel canal de aire húmedo, y no podía subir nunca a la luz del sol de entre aquellas altas paredes de piedra? Bueno, eso dependía de las horas y de las circunstancias. En ciertas condiciones había menos movimiento en la línea que en otras, y lo mismo valía para ciertas horas del día y de la noche. Con buen tiempo, sí elegía ocasiones para subir un poco por encima de aquellas sombras bajas; pero, estando en todo momento expuesto a que lo llamara su campanilla eléctrica, y escuchándola en esos momentos con ansiedad redoblada, el alivio era menor de lo que yo supondría.

Me hizo pasar a su caseta, donde había un fuego, un pupitre para un libro oficial en el que tenía que hacer ciertos asientos, un aparato telegráfico con su esfera, su cuadrante y sus agujas, y la campanilla de la que había hablado. Cuando le manifesté que confiaba en que me disculpara la observación de que había recibido una buena educación, y (esperaba poder decirlo sin ofensa) quizá una educación por encima de aquella posición, observó que casos de ligera incongruencia de ese tipo rara vez faltaban en los grandes cuerpos de hombres; que había oído que así ocurría en los asilos de pobres, en la policía, incluso en aquel último recurso desesperado, el ejército; y que sabía que así ocurría, más o menos, en cualquier gran plantilla ferroviaria. Había sido, de joven (si yo podía creerlo, sentado en aquella garita; él apenas podía), estudiante de filosofía natural y había asistido a clases; pero se había descarriado, había malgastado sus oportunidades, había caído y nunca había vuelto a levantarse. No tenía queja alguna que presentar sobre eso. Él mismo se había hecho la cama, y en ella se acostaba. Era demasiado tarde para hacerse otra.

Todo lo que aquí he condensado lo dijo de manera serena, con sus miradas graves y oscuras repartidas entre el fuego y yo. Intercalaba la palabra «señor» de vez en cuando, y en especial cuando se refería a su juventud, como para pedirme que entendiera que no pretendía ser más que lo que yo encontraba en él. Fue interrumpido varias veces por la campanilla, y tuvo que leer mensajes y enviar respuestas. Una vez tuvo que salir a la puerta y mostrar una bandera al paso de un tren, y hacer alguna comunicación verbal al maquinista. En el desempeño de sus funciones lo observé notablemente exacto y vigilante: interrumpía su discurso en una sílaba y permanecía en silencio hasta haber hecho lo que tenía que hacer.

En una palabra, habría tenido a aquel hombre por uno de los más seguros que se pudieran emplear en tal cometido, de no ser por la circunstancia de que, mientras me hablaba, dos veces se interrumpió, demudado el color, volvió el rostro hacia la campanilla cuando NO sonó, abrió la puerta de la garita (que se mantenía cerrada para excluir la humedad malsana) y miró afuera, hacia la luz roja cercana a la boca del túnel. En ambas ocasiones volvió junto al fuego con aquel aire inexplicable que yo había notado, sin poder definirlo, cuando estábamos tan lejos el uno del otro.

Dije, al levantarme para dejarlo: «Casi me hace usted pensar que he encontrado a un hombre satisfecho».

(Me temo que debo reconocer que lo dije para tirarle de la lengua.)

«Creo que lo era —⁠repuso, en la voz baja con que había hablado al principio⁠—; pero estoy inquieto, señor, estoy inquieto».

Habría retirado las palabras si hubiera podido. Pero las había dicho, y yo las recogí en seguida.

«¿Por qué? ¿Qué es lo que le inquieta?».

«Es muy difícil de comunicar, señor. Es muy, muy difícil hablar de ello. Si alguna vez me hace otra visita, intentaré contárselo».

«Pero tengo la intención expresa de hacerle otra visita. Diga, ¿cuándo será?».

«Salgo temprano por la mañana, y volveré a entrar mañana a las diez de la noche, señor».

«Vendré a las once».

Me dio las gracias y salió conmigo a la puerta. «Mostraré mi luz blanca, señor —⁠dijo, con su peculiar voz baja⁠—, hasta que haya encontrado el camino de subida. Cuando lo encuentre, ¡no dé voces! Y cuando esté arriba, ¡no dé voces!».

Su actitud pareció hacer que el lugar me resultara más frío, pero no dije más que: «Muy bien».

«Y cuando baje mañana por la noche, ¡no dé voces! Permítame hacerle una pregunta de despedida. ¿Qué le hizo gritar “¡Eh! ¡Ahí abajo!” esta noche?».

«Sabe Dios —⁠dije⁠—. Grité algo por el estilo…».

«No algo por el estilo, señor. Esas fueron las palabras exactas. Las conozco bien».

«Admitamos que fueron las palabras exactas. Las dije, sin duda, porque lo vi a usted abajo».

«¿Por ninguna otra razón?».

«¿Qué otra razón podría tener?».

«¿No tuvo la sensación de que le fueran transmitidas de alguna manera sobrenatural?».

«No».

Me dio las buenas noches y alzó su luz. Caminé junto a la vía descendente (con la sensación muy desagradable de que un tren venía detrás de mí) hasta encontrar el sendero. Era más fácil subir que bajar, y volví a mi posada sin ninguna aventura.

Puntual a mi cita, puse el pie en la primera muesca del zigzag la noche siguiente, cuando los relojes lejanos daban las once. Me esperaba abajo, con su luz blanca encendida. «No he dado voces —⁠dije, cuando estuvimos cerca⁠—; ¿puedo hablar ahora?». «Desde luego, señor». «Buenas noches, entonces, y aquí tiene mi mano». «Buenas noches, señor, y aquí tiene la mía». Con eso caminamos lado a lado hasta su caseta, entramos, cerramos la puerta y nos sentamos junto al fuego.

«He decidido, señor —⁠empezó, inclinándose hacia delante en cuanto nos sentamos y hablando en un tono apenas por encima del susurro⁠—, que no tenga usted que preguntarme dos veces qué me inquieta. Ayer por la tarde lo tomé por otro. Eso me inquieta».

«¿Esa equivocación?».

«No. Ese otro».

«¿Quién es?».

«No lo sé».

«¿Se parece a mí?».

«No lo sé. Nunca le vi la cara. El brazo izquierdo le cruza la cara, y el brazo derecho se agita, se agita violentamente. Así».

Seguí su movimiento con los ojos, y era el movimiento de un brazo que gesticulaba, con la mayor pasión y vehemencia: «¡Por el amor de Dios, fuera de la vía!».

«Una noche de luna —⁠dijo el hombre⁠—, estaba yo sentado aquí cuando oí una voz gritar: “¡Eh! ¡Ahí abajo!”. Me levanté de un salto, miré desde esa puerta y vi a ese Otro de pie junto a la luz roja, cerca del túnel, agitando el brazo como acabo de mostrarle. La voz parecía ronca de tanto gritar, y gritaba: “¡Cuidado! ¡Cuidado!”. Y luego otra vez: “¡Eh! ¡Ahí abajo! ¡Cuidado!”. Agarré mi lámpara, la puse en rojo y corrí hacia la figura, gritando: “¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde?”. Estaba justo fuera de la negrura del túnel. Me acerqué tanto que me extrañó que mantuviera la manga sobre los ojos. Corrí derecho hacia ella y tenía la mano extendida para apartarle la manga cuando desapareció».

«¿Túnel adentro?», dije.

«No. Seguí corriendo túnel adentro, quinientas yardas. Me detuve, alcé la lámpara por encima de la cabeza y vi las cifras de la distancia medida, y vi las manchas de humedad que bajaban furtivas por las paredes y goteaban a través de la bóveda. Salí corriendo más deprisa de lo que había entrado (porque sentía un horror mortal a aquel lugar), y miré todo en torno a la luz roja con mi propia luz roja, y subí por la escalera de hierro a la galería que hay encima, y volví a bajar, y regresé corriendo aquí. Telegrafié en ambas direcciones: “Se ha dado una alarma. ¿Ocurre algo?”. La respuesta llegó, de ambas direcciones: “Todo bien”».

Resistiendo el lento tacto de un dedo helado que me recorría la espina dorsal, le mostré que aquella figura tenía que ser un engaño de su sentido de la vista; y que era sabido que figuras así, originadas en enfermedades de los delicados nervios que sirven a las funciones del ojo, habían inquietado a menudo a pacientes, algunos de los cuales habían llegado a ser conscientes de la naturaleza de su dolencia, y hasta la habían demostrado con experimentos sobre sí mismos. «En cuanto a un grito imaginario —⁠dije⁠—, no tiene más que escuchar un momento el viento en este valle antinatural, mientras hablamos tan bajo, y el arpa salvaje que hace de los hilos del telégrafo».

Todo eso estaba muy bien, replicó, después de que estuviéramos un rato sentados escuchando, y él debía de saber algo del viento y de los hilos, él, que tantas veces pasaba allí largas noches de invierno, solo y vigilando. Pero se permitiría observar que no había terminado.

Le pedí perdón, y él añadió despacio estas palabras, tocándome el brazo:

«A las seis horas de la Aparición ocurrió en esta línea el memorable accidente, y a las diez horas trajeron a los muertos y a los heridos por el túnel, pasando por el lugar donde había estado la figura».

Un escalofrío desagradable me recorrió, pero hice lo posible por resistirlo. No podía negarse, repuse, que era una coincidencia notable, propia para impresionar hondamente su ánimo. Pero era incuestionable que las coincidencias notables ocurrían continuamente, y había que tenerlas en cuenta al tratar un asunto así. Aunque, desde luego, debía admitir, añadí (porque me pareció ver que iba a volver la objeción contra mí), que los hombres de sentido común no concedían mucho a las coincidencias al hacer los cálculos ordinarios de la vida.

De nuevo se permitió observar que no había terminado.

De nuevo le pedí perdón por dejarme llevar a interrumpirlo.

«Esto —⁠dijo, poniéndome otra vez la mano en el brazo y mirando por encima del hombro con ojos hundidos⁠— fue hace justo un año. Pasaron seis o siete meses, y me había recobrado de la sorpresa y del sobresalto, cuando una mañana, al romper el día, estando yo a la puerta, miré hacia la luz roja y vi de nuevo al espectro». Se detuvo, con la mirada fija en mí.

«¿Gritó?».

«No. Estaba en silencio».

«¿Agitó el brazo?».

«No. Se apoyó en el poste de la luz, con las dos manos delante de la cara. Así».

Una vez más seguí su movimiento con los ojos. Era un movimiento de duelo. He visto esa actitud en las figuras de piedra de las tumbas.

«¿Se acercó usted?».

«Entré y me senté, en parte para ordenar mis pensamientos, en parte porque me había hecho desfallecer. Cuando volví a la puerta, la luz del día estaba sobre mí, y el fantasma se había ido».

«Pero ¿no siguió nada? ¿No resultó nada de esto?».

Me tocó el brazo con el índice dos o tres veces, asintiendo cada vez con un gesto espantoso:

«Ese mismo día, cuando un tren salía del túnel, advertí, en la ventanilla de un vagón, de mi lado, algo que parecía una confusión de manos y cabezas, y algo que se agitaba. Lo vi justo a tiempo de hacer señal al maquinista: ¡Alto! Cerró el vapor y echó el freno, pero el tren pasó de largo ciento cincuenta yardas o más. Corrí tras él y, mientras iba, oí gritos y alaridos terribles. Una joven hermosa había muerto instantáneamente en uno de los compartimentos, y la trajeron aquí y la tendieron en este suelo, entre nosotros».

Involuntariamente eché la silla hacia atrás, mientras apartaba la mirada de las tablas que señalaba para mirarlo a él.

«Es cierto, señor. Cierto. Tal como ocurrió, así se lo cuento».

No se me ocurría nada que decir que sirviera de algo, y tenía la boca muy seca. El viento y los hilos continuaron la historia con un largo gemido de lamento.

Prosiguió. «Ahora, señor, fíjese en esto, y juzgue cuán inquieta está mi mente. El espectro volvió hace una semana. Desde entonces ha estado ahí, de vez en cuando, a rachas».

«¿Junto a la luz?».

«Junto a la luz de peligro».

«¿Qué parece hacer?».

Repitió, si cabe con mayor pasión y vehemencia, aquella gesticulación de antes: «¡Por el amor de Dios, fuera de la vía!».

Luego continuó. «No tengo paz ni descanso por su causa. Me llama, durante muchos minutos seguidos, de un modo angustioso: “¡Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado!”. Se queda ahí, agitando el brazo hacia mí. Hace sonar mi campanilla…».

Me aferré a eso. «¿Hizo sonar su campanilla ayer por la tarde, cuando yo estaba aquí y usted fue a la puerta?».

«Dos veces».

«Pues vea —⁠dije⁠— cómo lo engaña su imaginación. Mis ojos estaban en la campanilla, y mis oídos atentos a la campanilla, y, tan cierto como que estoy vivo, NO sonó en esos momentos. No, ni en ningún otro momento, salvo cuando la hizo sonar, en el curso natural de las cosas físicas, la estación que se comunicaba con usted».

Negó con la cabeza. «Nunca me he equivocado en eso todavía, señor. Nunca he confundido el toque del espectro con el del hombre. El toque del fantasma es una vibración extraña en la campanilla que no procede de nada más, y no he afirmado que la campanilla se mueva a la vista. No me extraña que usted no lo oyera. Pero yo lo oí».

«¿Y el espectro parecía estar ahí cuando miró afuera?».

«ESTABA ahí».

«¿Las dos veces?».

Repitió con firmeza: «Las dos veces».

«¿Quiere venir conmigo a la puerta y buscarlo ahora?».

Se mordió el labio inferior como si estuviera algo reacio, pero se levantó. Abrí la puerta y me quedé en el escalón, mientras él permanecía en el umbral. Allí estaba la luz de peligro. Allí estaba la lúgubre boca del túnel. Allí estaban las altas y húmedas paredes de piedra de la trinchera. Allí estaban las estrellas sobre ellas.

«¿Lo ve?», le pregunté, fijándome especialmente en su cara. Tenía los ojos prominentes y tensos, pero no mucho más, quizá, de lo que habían estado los míos cuando los dirigí con ahínco hacia el mismo punto.

«No —⁠respondió⁠—. No está ahí».

«De acuerdo», dije.

Volvimos a entrar, cerramos la puerta y recuperamos nuestros asientos. Estaba yo pensando cómo sacar mejor partido a esa ventaja, si podía llamarse así, cuando él retomó la conversación de un modo tan natural, dando tan por sentado que no podía haber entre nosotros ninguna cuestión seria de hecho, que me sentí colocado en la más débil de las posiciones.

«A estas alturas comprenderá usted plenamente, señor —⁠dijo⁠—, que lo que me inquieta tan espantosamente es la pregunta: ¿qué significa el espectro?».

No estaba seguro, le dije, de comprenderlo plenamente.

«¿Contra qué advierte? —⁠dijo, rumiando, con los ojos en el fuego, y volviéndolos hacia mí solo a ratos⁠—. ¿Cuál es el peligro? ¿Dónde está el peligro? Hay un peligro que se cierne en algún punto de la línea. Va a ocurrir alguna calamidad espantosa. No cabe dudarlo esta tercera vez, después de lo que ha pasado antes. Pero, desde luego, es una manera cruel de perseguirme. ¿Qué puedo hacer yo?».

Sacó el pañuelo y se enjugó las gotas de la frente acalorada.

«Si telegrafío Peligro, a uno de mis lados o a los dos, no puedo dar ninguna razón —⁠continuó, secándose las palmas de las manos⁠—. Me metería en un lío, y no serviría de nada. Pensarían que estoy loco. Así es como iría: Mensaje: “¡Peligro! ¡Tengan cuidado!”. Respuesta: “¿Qué peligro? ¿Dónde?”. Mensaje: “No lo sé. Pero, por el amor de Dios, ¡tengan cuidado!”. Me destituirían. ¿Qué otra cosa podrían hacer?».

Su sufrimiento mental daba mucha lástima de ver. Era la tortura mental de un hombre concienzudo, oprimido más allá de lo soportable por una responsabilidad ininteligible en la que iban vidas.

«Cuando se puso por primera vez bajo la luz de peligro —⁠continuó, echándose hacia atrás el pelo oscuro y pasándose las manos hacia fuera por las sienes, una y otra vez, en un extremo de febril angustia⁠—, ¿por qué no decirme dónde iba a ocurrir aquel accidente, si tenía que ocurrir? ¿Por qué no decirme cómo podía evitarse, si podía haberse evitado? Cuando en su segunda venida se tapó la cara, ¿por qué no decirme, en cambio: “Ella va a morir. Que la dejen en casa”? Si vino, en esas dos ocasiones, solo para mostrarme que sus advertencias eran ciertas, y prepararme así para la tercera, ¿por qué no advertirme claramente ahora? Y yo, ¡Dios me ayude! ¡Un pobre guardavía cualquiera en este puesto solitario! ¿Por qué no ir a alguien con crédito para ser creído y poder para actuar?».

Al verlo en ese estado, vi que, por el bien del pobre hombre, así como por la seguridad pública, lo que tenía que hacer de momento era serenar su ánimo. Por tanto, dejando a un lado toda cuestión de realidad o irrealidad entre nosotros, le hice ver que quien cumpliera cabalmente con su deber tenía que obrar bien, y que al menos le quedaba el consuelo de que entendía su deber, aunque no entendiera aquellas Apariciones desconcertantes. En este empeño tuve mucho más éxito que en el intento de disuadirlo de su convicción mediante razones. Se calmó; las ocupaciones propias de su puesto, a medida que avanzaba la noche, empezaron a reclamar más su atención, y lo dejé a las dos de la madrugada. Me había ofrecido a quedarme toda la noche, pero no quiso ni oír hablar de ello.

Que más de una vez miré atrás hacia la luz roja mientras subía por el sendero, que la luz roja no me gustaba y que habría dormido bien poco si mi cama hubiera estado debajo de ella, no veo razón para ocultarlo. Tampoco me gustaban las dos secuelas: el accidente y la muchacha muerta. Tampoco veo razón para ocultar eso.

Pero lo que más ocupaba mis pensamientos era la consideración de cómo debía actuar, habiéndome convertido en depositario de aquella revelación. Había comprobado que el hombre era inteligente, vigilante, esmerado y exacto; pero ¿cuánto tiempo seguiría siéndolo, en su estado de ánimo? Aunque en una posición subordinada, tenía a su cargo una responsabilidad de la mayor importancia, y ¿me gustaría a mí (por ejemplo) jugarme la vida a que siguiera desempeñándola con precisión?

Incapaz de vencer la sensación de que habría algo traicionero en comunicar a sus superiores de la Compañía lo que me había contado, sin antes hablarle con franqueza y proponerle un término medio, resolví finalmente ofrecerme a acompañarlo (guardando por lo demás su secreto de momento) al médico más sabio de que tuviéramos noticia en aquellos contornos, y recabar su opinión. La noche siguiente le tocaba un cambio en su horario de servicio, me había informado, y saldría una o dos horas después de la salida del sol, y volvería a entrar poco después de la puesta. Había convenido en volver de acuerdo con eso.

La tarde siguiente fue una tarde preciosa, y salí temprano a pasear para disfrutarla. El sol no se había puesto del todo aún cuando atravesé el sendero entre los campos cerca del borde de la profunda trinchera. Alargaría el paseo una hora, me dije, media hora de ida y media de vuelta, y entonces sería hora de ir a la caseta de mi guardavía.

Antes de proseguir el paseo, me acerqué al borde y, maquinalmente, miré abajo, desde el punto en que lo había visto por primera vez. No puedo describir el estremecimiento que se apoderó de mí cuando, justo en la boca del túnel, vi la aparición de un hombre, con la manga izquierda sobre los ojos, agitando apasionadamente el brazo derecho.

El horror sin nombre que me oprimía pasó en un momento, porque en un momento vi que aquella aparición de un hombre era un hombre de verdad, y que había un pequeño grupo de otros hombres, de pie a corta distancia, ante los cuales parecía estar ensayando el gesto que hacía. La luz de peligro no estaba encendida aún. Contra su poste se había levantado un cobertizo pequeño y bajo, enteramente nuevo para mí, hecho de unos soportes de madera y una lona embreada. No parecía mayor que una cama.

Con la irresistible sensación de que algo iba mal —⁠con el miedo fulminante, cargado de reproche hacia mí mismo, de que algún daño fatal hubiera resultado de dejar allí a aquel hombre sin hacer que enviaran a nadie a supervisar o corregir lo que hacía⁠—, bajé por el sendero de muescas con toda la rapidez de que fui capaz.

«¿Qué ocurre?», pregunté a los hombres.

«El guardavía, muerto esta mañana, señor».

«¿No será el hombre de esa caseta?».

«Sí, señor».

«¿No será el hombre que yo conozco?».

«Lo reconocerá usted, señor, si lo conocía —⁠dijo el hombre que hablaba por los demás, descubriéndose solemnemente la cabeza y levantando un extremo de la lona⁠—, porque tiene la cara muy serena».

«Oh, ¿cómo ha ocurrido esto, cómo ha ocurrido esto?», pregunté, volviéndome de uno a otro mientras el cobertizo se cerraba de nuevo.

«Lo arrolló una máquina, señor. No había hombre en Inglaterra que conociera mejor su trabajo. Pero, no se sabe cómo, no se había apartado del raíl exterior. Fue justo a pleno día. Había encendido la luz y tenía la lámpara en la mano. Cuando la máquina salió del túnel, él estaba de espaldas a ella, y ella lo arrolló. Ese hombre la conducía, y estaba enseñando cómo ocurrió. Enséñaselo al caballero, Tom».

El hombre, que vestía un tosco traje oscuro, retrocedió hasta su lugar de antes, en la boca del túnel.

«Al tomar la curva del túnel, señor —⁠dijo⁠—, lo vi al fondo, como si lo viera por un catalejo. No había tiempo de reducir la velocidad, y sabía que era muy cuidadoso. Como no parecía hacer caso del silbato, cerré el vapor cuando nos echábamos encima de él y le grité tan fuerte como pude gritar».

«¿Qué le dijo?».

«Le dije: “¡Ahí abajo! ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Por el amor de Dios, fuera de la vía!”».

Me sobresalté.

«¡Ah! Fue un momento espantoso, señor. No dejé de gritarle. Me puse este brazo delante de los ojos para no ver, y agité este brazo hasta el final; pero no sirvió de nada».


Sin prolongar el relato para detenerme en ninguna de sus curiosas circunstancias más que en otra, puedo, al cerrarlo, señalar la coincidencia de que la advertencia del maquinista incluía no solo las palabras que el desdichado guardavía me había repetido como las que lo perseguían, sino también las palabras que yo mismo —⁠no él⁠— había asociado, y solo en mi propia mente, a la gesticulación que él había imitado.

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