- Primera publicación
- Le Horla, París, Paul Ollendorff, mayo de 1887 (versión definitiva)
- Texto de partida
- Le Horla, París, Paul Ollendorff, 1887, según la transcripción de Project Gutenberg (n.º 10775) a partir de las imágenes de Gallica
El Horla
8 de mayo.—¡Qué día admirable! He pasado toda la mañana tendido en la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y la sombrea entera. Amo esta tierra, y amo vivir en ella porque en ella tengo mis raíces, esas raíces profundas y delicadas que atan a un hombre a la tierra donde nacieron y murieron sus antepasados, que lo atan a lo que se piensa y a lo que se come, a los usos como a los alimentos, a los giros locales, a las entonaciones de los campesinos, a los olores del suelo, de los pueblos y del aire mismo.
Amo mi casa, donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena, que corre a lo largo de mi jardín, detrás de la carretera, casi en mi casa, el grande y ancho Sena, que va de Ruan a El Havre, cubierto de barcos que pasan.
A la izquierda, allá lejos, Ruan, la vasta ciudad de tejados azules, bajo el pueblo puntiagudo de los campanarios góticos. Son innumerables, frágiles o anchos, dominados por la aguja de hierro fundido de la catedral, y llenos de campanas que suenan en el aire azul de las mañanas hermosas, lanzando hasta mí su dulce y lejano zumbido de hierro, su canto de bronce que la brisa me trae, unas veces más fuerte y otras más débil, según se despierta o se adormece.
¡Qué bien se estaba esta mañana!
Hacia las once, un largo convoy de navíos, arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de esfuerzo vomitando un humo espeso, desfiló ante mi verja.
Tras dos goletas inglesas, cuyo pabellón rojo ondeaba sobre el cielo, venía un soberbio tres palos brasileño, todo blanco, admirablemente limpio y reluciente. Lo saludé, no sé por qué, tanto placer me dio ver aquel navío.
12 de mayo.—Tengo un poco de fiebre desde hace unos días; me siento indispuesto, o más bien me siento triste.
¿De dónde vienen esas influencias misteriosas que cambian en desaliento nuestra felicidad y en angustia nuestra confianza? Se diría que el aire, el aire invisible, está lleno de Potencias incognoscibles, cuya vecindad misteriosa padecemos. Me despierto lleno de alegría, con ganas de cantar en la garganta.—¿Por qué?—Bajo a lo largo del agua; y de pronto, tras un corto paseo, vuelvo desolado, como si alguna desgracia me esperase en casa.—¿Por qué?—¿Es un escalofrío de frío que, al rozarme la piel, me ha sacudido los nervios y ensombrecido el alma? ¿Es la forma de las nubes, o el color del día, el color de las cosas, tan variable, que, al pasar por mis ojos, me ha turbado el pensamiento? ¿Quién lo sabe? Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos sin mirarlo, todo lo que rozamos sin conocerlo, todo lo que tocamos sin palparlo, todo lo que encontramos sin distinguirlo, ¿tiene sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por ellos, sobre nuestras ideas, sobre nuestro corazón mismo, efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables?
¡Qué profundo es este misterio de lo Invisible! No podemos sondearlo con nuestros sentidos miserables, con nuestros ojos, que no saben percibir ni lo demasiado pequeño, ni lo demasiado grande, ni lo demasiado cercano, ni lo demasiado lejano, ni los habitantes de una estrella, ni los habitantes de una gota de agua… con nuestros oídos, que nos engañan, pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. Son hadas que hacen el milagro de cambiar en ruido ese movimiento y con esa metamorfosis dan nacimiento a la música, que vuelve cantarina la agitación muda de la naturaleza… con nuestro olfato, más débil que el del perro… ¡con nuestro gusto, que apenas puede discernir la edad de un vino!
¡Ah! Si tuviéramos otros órganos que obraran en nuestro favor otros milagros, ¡cuántas cosas más podríamos descubrir a nuestro alrededor!
16 de mayo.—¡Estoy enfermo, decididamente! ¡Y tan bien como me encontraba el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o más bien una excitación febril que hace sufrir a mi alma tanto como a mi cuerpo. Tengo sin cesar esa sensación espantosa de un peligro que amenaza, esa aprensión de una desgracia que viene o de la muerte que se acerca, ese presentimiento que es sin duda el ataque de un mal aún desconocido, que germina en la sangre y en la carne.
18 de mayo.—Acabo de ir a consultar a mi médico, porque ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso rápido, la pupila dilatada, los nervios vibrantes, pero sin ningún síntoma alarmante. Debo someterme a duchas y beber bromuro de potasio.
25 de mayo.—¡Ningún cambio! Mi estado, verdaderamente, es extraño. A medida que se acerca la noche, una inquietud incomprensible me invade, como si la noche escondiera para mí una amenaza terrible. Ceno deprisa, luego trato de leer; pero no comprendo las palabras; apenas distingo las letras. Entonces camino por mi salón de un lado a otro, bajo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor del sueño y el temor de la cama.
Hacia las diez subo a mi cuarto. Apenas entro, doy dos vueltas de llave y echo los cerrojos; tengo miedo… ¿de qué?… Hasta ahora no temía nada… abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho… escucho… ¿qué?… ¿Es extraño que un simple malestar, un trastorno de la circulación quizá, la irritación de un filamento nervioso, un poco de congestión, una pequeñísima perturbación en el funcionamiento tan imperfecto y tan delicado de nuestra máquina viva, pueda hacer un melancólico del más alegre de los hombres y un cobarde del más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como se esperaría al verdugo. Lo espero con el espanto de su venida; y el corazón me late, y las piernas me tiemblan; y todo mi cuerpo se estremece en el calor de las sábanas, hasta el momento en que caigo de golpe en el reposo, como se caería para ahogarse en un abismo de agua estancada. Ya no lo siento venir, como antes, ese sueño pérfido, escondido cerca de mí, que me acecha, que va a agarrarme por la cabeza, a cerrarme los ojos, a aniquilarme.
Duermo—mucho tiempo—dos o tres horas—luego un sueño—no—una pesadilla me atenaza. Siento perfectamente que estoy acostado y que duermo… lo siento y lo sé… y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me palpa, se sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, me toma el cuello entre las manos y aprieta… aprieta… con todas sus fuerzas para estrangularme.
Yo me debato, atado por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños; quiero gritar,—no puedo;—quiero moverme,—no puedo;—intento, con esfuerzos espantosos, jadeando, volverme, arrojar de mí a ese ser que me aplasta y me ahoga,—¡no puedo!
Y de pronto me despierto, enloquecido, cubierto de sudor. Enciendo una vela. Estoy solo.
Tras esta crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin, con calma, hasta el alba.
2 de junio.—Mi estado se ha agravado aún más. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro no sirve de nada; las duchas no sirven de nada. Hace un rato, para cansar mi cuerpo, tan fatigado sin embargo, fui a dar una vuelta por el bosque de Roumare. Creí al principio que el aire fresco, ligero y suave, lleno de olor a hierbas y a hojas, me vertía en las venas una sangre nueva, en el corazón una energía nueva. Tomé una gran avenida de caza, luego torcí hacia La Bouille, por un sendero estrecho, entre dos ejércitos de árboles desmesuradamente altos que ponían un techo verde, espeso, casi negro, entre el cielo y yo.
Un escalofrío me sobrecogió de pronto, no un escalofrío de frío, sino un extraño escalofrío de angustia.
Apreté el paso, inquieto por estar solo en aquel bosque, atemorizado sin razón, estúpidamente, por la profunda soledad. De golpe me pareció que me seguían, que alguien caminaba pisándome los talones, muy cerca, muy cerca, hasta tocarme.
Me volví bruscamente. Estaba solo. No vi detrás de mí más que el sendero recto y ancho, vacío, alto, temiblemente vacío; y por el otro lado se extendía también hasta perderse de vista, igual en todo, espantoso.
Cerré los ojos. ¿Por qué? Y me puse a girar sobre un talón, muy deprisa, como una peonza. Estuve a punto de caer; volví a abrir los ojos; los árboles bailaban; la tierra flotaba; tuve que sentarme. Luego, ¡ah!, ¡ya no sabía por dónde había venido! ¡Qué idea tan extraña! ¡Extraña! ¡Qué idea tan extraña! Ya no lo sabía en absoluto. Me fui por el lado que me quedaba a la derecha, y volví a la avenida que me había llevado al centro del bosque.
3 de junio.—La noche ha sido horrible. Voy a ausentarme unas semanas. Un pequeño viaje me repondrá, sin duda.
2 de julio.—Vuelvo. Estoy curado. He hecho, además, una excursión encantadora. He visitado el monte Saint-Michel, que no conocía.
¡Qué visión, cuando se llega, como yo, a Avranches, hacia el final del día! La ciudad está en una colina; y me llevaron al jardín público, al extremo de la población. Lancé un grito de asombro. Una bahía desmesurada se extendía ante mí, hasta perderse de vista, entre dos costas separadas que se perdían a lo lejos entre las brumas; y en medio de aquella inmensa bahía amarilla, bajo un cielo de oro y de claridad, se alzaba, sombrío y puntiagudo, un monte extraño, en medio de las arenas. El sol acababa de desaparecer, y en el horizonte aún llameante se dibujaba el perfil de aquella roca fantástica que lleva en su cima un monumento fantástico.
Desde el alba fui hacia él. La marea estaba baja, como la víspera por la tarde, y yo miraba alzarse ante mí, a medida que me acercaba a ella, la sorprendente abadía. Tras varias horas de marcha llegué al enorme bloque de piedras que sostiene la pequeña ciudad dominada por la gran iglesia. Después de subir la calle estrecha y empinada, entré en la más admirable morada gótica construida para Dios en la tierra, vasta como una ciudad, llena de salas bajas aplastadas bajo bóvedas y de altas galerías sostenidas por frágiles columnas. Entré en aquella gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos pináculos, por donde suben escaleras retorcidas, y que lanzan al cielo azul de los días, al cielo negro de las noches, sus cabezas extrañas erizadas de quimeras, de diablos, de bestias fantásticas, de flores monstruosas, y enlazados unos con otros por finos arcos labrados.
Cuando estuve en la cima, le dije al monje que me acompañaba: «Padre, ¡qué bien debe de estar usted aquí!».
Respondió: «Hay mucho viento, señor»; y nos pusimos a charlar mirando subir el mar, que corría sobre la arena y la cubría con una coraza de acero.
Y el monje me contó historias, todas las viejas historias de aquel lugar, leyendas, siempre leyendas.
Una de ellas me impresionó mucho. Las gentes del país, las del monte, sostienen que de noche se oye hablar en las arenas, y que luego se oye balar a dos cabras, una con voz fuerte, la otra con voz débil. Los incrédulos afirman que son los gritos de las aves marinas, que se parecen unas veces a balidos y otras a quejas humanas; pero los pescadores rezagados juran haber encontrado, rondando por las dunas, entre dos mareas, en torno a la pequeña ciudad arrojada así lejos del mundo, a un viejo pastor, cuya cabeza, cubierta por su manto, nunca se ve, y que conduce, caminando delante de ellos, a un macho cabrío con cara de hombre y a una cabra con cara de mujer, ambos con largos cabellos blancos y hablando sin cesar, disputando en una lengua desconocida, y que de pronto dejan de gritar para balar con todas sus fuerzas.
Le dije al monje: «¿Cree usted en eso?».
Murmuró: «No lo sé».
Proseguí: «Si existieran en la tierra otros seres además de nosotros, ¿cómo no los conoceríamos desde hace mucho tiempo?; ¿cómo no los habría visto usted?; ¿cómo no los habría visto yo?».
Respondió: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire, ahí tiene el viento, que es la fuerza más grande de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, desarraiga los árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye los acantilados y arroja contra los rompientes a los grandes navíos, el viento que mata, que silba, que gime, que muge,—¿lo ha visto usted, y puede verlo? Y sin embargo existe».
Callé ante aquel razonamiento tan simple. Aquel hombre era un sabio o quizá un necio. No habría podido afirmarlo con certeza; pero callé. Lo que decía, yo lo había pensado a menudo.
3 de julio.—He dormido mal; ciertamente, hay aquí una influencia febril, porque mi cochero padece el mismo mal que yo. Al volver ayer, había notado su palidez singular. Le pregunté:
—¿Qué le pasa, Jean?
—Me pasa que ya no puedo descansar, señor; son mis noches las que se comen mis días. Desde que el señor se marchó, esto me tiene como un maleficio.
Los demás criados están bien, sin embargo, pero yo tengo mucho miedo de recaer.
4 de julio.—Decididamente, he recaído. Mis viejas pesadillas vuelven. Esta noche he sentido a alguien agachado sobre mí, que, con su boca sobre la mía, bebía mi vida de entre mis labios. Sí, la sacaba de mi garganta como lo habría hecho una sanguijuela. Luego se ha levantado, saciado, y yo me he despertado tan magullado, roto, aniquilado, que no podía moverme. Si esto sigue unos días más, me marcharé de nuevo, sin duda.
5 de julio.—¿He perdido la razón? ¡Lo que ha pasado, lo que vi anoche es tan extraño que la cabeza se me extravía cuando lo pienso!
Como hago ahora cada noche, había cerrado mi puerta con llave; luego, como tenía sed, bebí medio vaso de agua, y noté por casualidad que mi jarra estaba llena hasta el tapón de cristal.
Me acosté después y caí en uno de mis sueños espantosos, del que me sacó al cabo de unas dos horas una sacudida más horrible todavía.
Figúrense un hombre que duerme, al que asesinan, y que se despierta con un cuchillo en el pulmón, y que agoniza, cubierto de sangre, y que ya no puede respirar, y que va a morir, y que no comprende—eso es.
Cuando por fin recobré la razón, volví a tener sed; encendí una vela y fui hacia la mesa donde estaba mi jarra. La levanté inclinándola sobre el vaso; no cayó nada.—¡Estaba vacía! ¡Estaba completamente vacía! Al principio no entendí nada; luego, de golpe, sentí una emoción tan terrible que tuve que sentarme, o más bien, ¡que caí en una silla! ¡Luego me levanté de un salto para mirar a mi alrededor! ¡Luego volví a sentarme, perdido de asombro y de miedo, ante el cristal transparente! Lo contemplaba con ojos fijos, tratando de adivinar. ¡Me temblaban las manos! ¿Alguien había bebido, pues, aquella agua? ¿Quién? ¿Yo? ¿Yo, sin duda? ¿No podía ser más que yo? Entonces era sonámbulo, vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que hace dudar de si hay dos seres en nosotros, o de si un ser extraño, incognoscible e invisible, anima, por momentos, cuando nuestra alma está entumecida, nuestro cuerpo cautivo, que obedece a ese otro como a nosotros mismos, más que a nosotros mismos.
¡Ah! ¿Quién comprenderá mi angustia abominable? ¡Quién comprenderá la emoción de un hombre sano de espíritu, bien despierto, lleno de razón, que mira espantado, a través del vidrio de una jarra, un poco de agua desaparecida mientras dormía! Y me quedé allí hasta que se hizo de día, sin atreverme a volver a la cama.
6 de julio.—Me vuelvo loco. Alguien se ha bebido otra vez toda mi jarra esta noche;—¡o más bien me la he bebido yo!
Pero ¿soy yo? ¿Soy yo? ¿Quién sería? ¿Quién? ¡Oh, Dios mío! ¿Me vuelvo loco? ¿Quién me salvará?
10 de julio.—Acabo de hacer unas pruebas sorprendentes.
¡Decididamente, estoy loco! ¡Y sin embargo!
El 6 de julio, antes de acostarme, puse sobre mi mesa vino, leche, agua, pan y fresas.
Alguien bebió—bebí yo—toda el agua y un poco de leche. No tocaron ni el vino, ni el pan, ni las fresas.
El 7 de julio repetí la misma prueba, que dio el mismo resultado.
El 8 de julio suprimí el agua y la leche. No tocaron nada.
El 9 de julio, por fin, volví a poner sobre mi mesa solamente el agua y la leche, cuidando de envolver las jarras en paños de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté los labios, la barba, las manos con mina de plomo, y me acosté.
El sueño invencible se apoderó de mí, seguido pronto del atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas tenían manchas. Me lancé hacia la mesa. Los paños que envolvían las botellas seguían inmaculados. Desaté los cordones, palpitando de temor. ¡Alguien se había bebido toda el agua! ¡Alguien se había bebido toda la leche! ¡Ah, Dios mío!…
Me voy a marchar dentro de un rato a París.
12 de julio.—París. ¡Así que había perdido la cabeza estos últimos días! He debido de ser juguete de mi imaginación excitada, a menos que sea de verdad sonámbulo, o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. En todo caso, mi desvarío rozaba la demencia, y veinticuatro horas de París han bastado para devolverme el aplomo.
Ayer, tras unos recados y unas visitas, que me han hecho pasar por el alma un aire nuevo y vivificante, he terminado la velada en el Théâtre-Français. Representaban una obra de Alexandre Dumas hijo; y ese espíritu alerta y poderoso ha acabado de curarme. Ciertamente, la soledad es peligrosa para las inteligencias que trabajan. Necesitamos, a nuestro alrededor, hombres que piensen y que hablen. Cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos el vacío de fantasmas.
He vuelto al hotel muy alegre, por los bulevares. Entre los codazos de la multitud pensaba, no sin ironía, en mis terrores, en mis suposiciones de la otra semana, porque creí, sí, creí que un ser invisible habitaba bajo mi techo. ¡Qué débil es nuestra cabeza, y cómo se asusta, y qué pronto se extravía, en cuanto un pequeño hecho incomprensible nos golpea!
En lugar de concluir con estas simples palabras: «No comprendo porque la causa se me escapa», imaginamos enseguida misterios espantosos y potencias sobrenaturales.
14 de julio.—Fiesta de la República. Me he paseado por las calles. Los petardos y las banderas me divertían como a un niño. Y sin embargo es muy tonto estar alegre, en fecha fija, por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño imbécil, unas veces estúpidamente paciente y otras ferozmente rebelde. Se le dice: «Diviértete». Se divierte. Se le dice: «Ve a pelearte con el vecino». Va a pelearse. Se le dice: «Vota por el Emperador». Vota por el Emperador. Luego se le dice: «Vota por la República». Y vota por la República.
Los que lo dirigen son igual de necios; pero en lugar de obedecer a hombres, obedecen a principios, que no pueden ser sino bobos, estériles y falsos, por lo mismo que son principios, es decir, ideas tenidas por ciertas e inmutables, en este mundo en el que no se está seguro de nada, puesto que la luz es una ilusión, puesto que el ruido es una ilusión.
16 de julio.—Vi ayer cosas que me han turbado mucho.
Cenaba en casa de mi prima, la señora Sablé, cuyo marido manda el 76.º de cazadores en Limoges. Me encontraba en su casa con dos mujeres jóvenes, una de las cuales se ha casado con un médico, el doctor Parent, que se ocupa mucho de las enfermedades nerviosas y de las manifestaciones extraordinarias a que dan lugar en este momento los experimentos sobre el hipnotismo y la sugestión.
Nos contó largamente los resultados prodigiosos obtenidos por sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy.
Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que me declaré completamente incrédulo.
«Estamos —afirmaba— a punto de descubrir uno de los secretos más importantes de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más importantes en esta tierra; porque ciertamente tiene otros mucho más importantes allá lejos, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que sabe decir y escribir su pensamiento, se siente rozado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir, con el esfuerzo de su inteligencia, la impotencia de sus órganos. Cuando esa inteligencia se hallaba aún en estado rudimentario, esa obsesión por los fenómenos invisibles tomó formas vulgarmente espantosas. De ahí nacieron las creencias populares en lo sobrenatural, las leyendas de los espíritus errantes, de las hadas, de los gnomos, de los aparecidos, diré incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artesano creador, de cualquier religión que nos vengan, son sin duda las invenciones más mediocres, más estúpidas, más inaceptables salidas del cerebro atemorizado de las criaturas. Nada más cierto que esta frase de Voltaire: “Dios hizo al hombre a su imagen, pero el hombre bien se lo ha devuelto”.
»Pero, desde hace poco más de un siglo, parece presentirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han puesto en una vía inesperada, y hemos llegado verdaderamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, a resultados sorprendentes».
Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:—¿Quiere que intente dormirla, señora?
—Sí, no tengo inconveniente.
Se sentó en un sillón y él empezó a mirarla fijamente, fascinándola. Yo, de pronto, me sentí un poco turbado, con el corazón palpitante, la garganta apretada. Veía los ojos de la señora Sablé volverse pesados, su boca crisparse, su pecho jadear.
Al cabo de diez minutos, dormía.
—Póngase detrás de ella —dijo el médico.
Y me senté detrás de ella. Él le puso entre las manos una tarjeta de visita diciéndole: «Esto es un espejo; ¿qué ve usted en él?».
Ella respondió:
—Veo a mi primo.
—¿Qué hace?
—Se retuerce el bigote.
—¿Y ahora?
—Saca del bolsillo una fotografía.
—¿Qué fotografía es?
—La suya.
¡Era verdad! Y aquella fotografía acababan de entregármela, aquella misma tarde, en el hotel.
—¿Cómo está en ese retrato?
—Está de pie, con el sombrero en la mano.
Así que veía en aquella tarjeta, en aquella cartulina blanca, como habría visto en un espejo.
Las mujeres jóvenes, espantadas, decían: «¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!».
Pero el doctor ordenó: «Mañana se levantará usted a las ocho; luego irá a buscar a su primo a su hotel, y le suplicará que le preste cinco mil francos que su marido le pide y que le reclamará en su próximo viaje».
Luego la despertó.
Al volver al hotel pensaba en aquella curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la absoluta, la insospechable buena fe de mi prima, a quien conocía como a una hermana desde la infancia, sino sobre un posible truco del doctor. ¿No escondería en la mano un espejo que mostraba a la joven dormida al mismo tiempo que su tarjeta de visita? Los prestidigitadores profesionales hacen cosas mucho más singulares.
Volví, pues, y me acosté.
Ahora bien, esta mañana, hacia las ocho y media, me despertó mi ayuda de cámara, que me dijo:
—Es la señora Sablé, que pide hablar con el señor ahora mismo.
Me vestí a toda prisa y la recibí.
Se sentó muy turbada, con los ojos bajos, y, sin levantarse el velo, me dijo:
—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
—¿Cuál, querida prima?
—Me cuesta mucho decírselo, y sin embargo no hay más remedio. Necesito, necesito absolutamente, cinco mil francos.
—¡Vamos! ¿Usted?
—Sí, yo, o más bien mi marido, que me encarga encontrarlos.
Estaba tan estupefacto que balbuceaba mis respuestas. Me preguntaba si de verdad no se habría burlado de mí con el doctor Parent, si no sería aquello una simple farsa preparada de antemano y muy bien representada.
Pero, al mirarla con atención, todas mis dudas se disiparon. Temblaba de angustia, tan dolorosa le resultaba aquella gestión, y comprendí que tenía la garganta llena de sollozos.
La sabía muy rica y proseguí:
—¡Cómo! ¿Su marido no tiene cinco mil francos a su disposición? Vamos, reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos?
Vaciló unos segundos, como si hiciera un gran esfuerzo por buscar en su memoria, y luego respondió:
—Sí…, sí… estoy segura.
—¿Le ha escrito?
Vaciló otra vez, reflexionando. Adiviné el trabajo torturante de su pensamiento. No lo sabía. Solo sabía que debía pedirme prestados cinco mil francos para su marido. Así que se atrevió a mentir.
—Sí, me ha escrito.
—¿Cuándo? Ayer no me habló de nada.
—He recibido su carta esta mañana.
—¿Puede enseñármela?
—No… no… no… contenía cosas íntimas… demasiado personales… la he… la he quemado.
—Entonces es que su marido tiene deudas.
Vaciló de nuevo, y luego murmuró:
—No lo sé.
Declaré bruscamente:
—Es que no puedo disponer de cinco mil francos en este momento, mi querida prima.
Lanzó una especie de grito de sufrimiento.
—¡Oh! ¡Oh! Se lo ruego, se lo ruego, encuéntrelos…
¡Se exaltaba, juntaba las manos como si me rezara! Oía su voz cambiar de tono; lloraba y tartamudeaba, acosada, dominada por la orden irresistible que había recibido.
—¡Oh! ¡Oh! Se lo suplico… si supiera cómo sufro… los necesito hoy.
Tuve lástima de ella.
—Los tendrá dentro de un rato, se lo juro.
Exclamó:
—¡Oh! ¡Gracias! ¡Gracias! Qué bueno es usted.
Proseguí:—¿Recuerda lo que pasó ayer por la noche en su casa?
—Sí.
—¿Recuerda que el doctor Parent la durmió?
—Sí.
—Pues bien, le ordenó que viniera a pedirme prestados esta mañana cinco mil francos, y en este momento está usted obedeciendo esa sugestión.
Reflexionó unos segundos y respondió:
—Puesto que es mi marido quien los pide.
Durante una hora intenté convencerla, pero no pude conseguirlo.
Cuando se hubo marchado, corrí a casa del doctor. Iba a salir; y me escuchó sonriendo. Luego dijo:
—¿Cree usted ahora?
—Sí, no hay más remedio.
—Vamos a casa de su pariente.
Ya dormitaba en una chaise longue, abrumada de cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró un rato, con una mano levantada hacia sus ojos, que ella cerró poco a poco bajo el esfuerzo insostenible de aquel poder magnético.
Cuando estuvo dormida:
—¡Su marido ya no necesita cinco mil francos! Así que va a olvidar que le ha rogado a su primo que se los preste, y, si él le habla de ello, no comprenderá.
Luego la despertó. Saqué del bolsillo una cartera:
—Aquí tiene, mi querida prima, lo que me ha pedido esta mañana.
Se quedó tan sorprendida que no me atreví a insistir. Intenté, sin embargo, reavivar su memoria, pero ella lo negó con fuerza, creyó que me burlaba de ella, y al final estuvo a punto de enfadarse.
¡Ya está! Acabo de volver; y no he podido almorzar, tanto me ha trastornado este experimento.
19 de julio.—Muchas personas a las que he contado esta aventura se han burlado de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dice: ¿Quizá?
21 de julio.—He ido a cenar a Bougival, y luego he pasado la velada en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende de los lugares y de los ambientes. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo de la locura… pero ¿en la cima del monte Saint-Michel?… pero ¿en las Indias? Sufrimos espantosamente la influencia de lo que nos rodea. Volveré a mi casa la semana que viene.
30 de julio.—Estoy de vuelta en mi casa desde ayer. Todo va bien.
2 de agosto.—Nada nuevo; hace un tiempo soberbio. Paso los días mirando correr el Sena.
4 de agosto.—Riñas entre mis criados. Sostienen que por la noche alguien rompe los vasos en los armarios. El ayuda de cámara acusa a la cocinera, que acusa a la encargada de la ropa, que acusa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? ¿Quién sería tan listo para decirlo?
6 de agosto.—Esta vez no estoy loco. He visto… he visto… ¡he visto!… Ya no puedo dudar… ¡he visto!… Aún tengo frío hasta en las uñas… aún tengo miedo hasta en la médula… ¡he visto!…
Me paseaba a las dos, a pleno sol, por mi parterre de rosales… por el sendero de los rosales de otoño que empiezan a florecer.
Cuando me detuve a mirar un géant des batailles que llevaba tres flores magníficas, vi, vi claramente, muy cerca de mí, el tallo de una de esas rosas doblarse, como si una mano invisible lo hubiera torcido, ¡y luego romperse como si esa mano lo hubiera cortado! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y se quedó suspendida en el aire transparente, sola, inmóvil, espantosa mancha roja a tres pasos de mis ojos.
Enloquecido, me arrojé sobre ella para agarrarla. No encontré nada; había desaparecido. Entonces me entró una cólera furiosa contra mí mismo; porque no le está permitido a un hombre razonable y serio tener semejantes alucinaciones.
Pero ¿era de verdad una alucinación? Me volví para buscar el tallo, y lo encontré inmediatamente en el arbusto, recién roto, entre las otras dos rosas que seguían en la rama.
Entonces volví a casa con el alma trastornada; porque ahora estoy seguro, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y de agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de sitio, dotado por consiguiente de una naturaleza material, aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita como yo, bajo mi techo…
7 de agosto.—He dormido tranquilo. Se ha bebido el agua de mi jarra, pero no ha turbado mi sueño.
Me pregunto si estoy loco. Paseando hace un rato a pleno sol, a lo largo del río, me han venido dudas sobre mi razón, no dudas vagas como las que tenía hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos; he conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos, clarividentes incluso sobre todas las cosas de la vida, salvo sobre un punto. Hablaban de todo con claridad, con soltura, con profundidad, y de pronto su pensamiento, al tocar el escollo de su locura, se desgarraba en pedazos, se dispersaba y se hundía en ese océano espantoso y furioso, lleno de olas que saltan, de nieblas, de borrascas, que se llama «la demencia».
Ciertamente, me creería loco, absolutamente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara analizándolo con completa lucidez. No sería, pues, en suma, más que un alucinado que razona. Se habría producido en mi cerebro un trastorno desconocido, uno de esos trastornos que hoy tratan de anotar y precisar los fisiólogos; y ese trastorno habría determinado en mi espíritu, en el orden y la lógica de mis ideas, una grieta profunda. Fenómenos semejantes tienen lugar en el sueño, que nos pasea por las fantasmagorías más inverosímiles sin que nos sorprendamos, porque el aparato verificador, porque el sentido del control está dormido, mientras la facultad imaginativa vela y trabaja. ¿No puede ser que una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral se encuentre paralizada en mí? Hay hombres que, a raíz de accidentes, pierden la memoria de los nombres propios o de los verbos o de las cifras, o solamente de las fechas. Las localizaciones de todas las parcelas del pensamiento están hoy probadas. Y bien, ¿qué tiene de asombroso que mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones se encuentre entumecida en mí en este momento?
Pensaba en todo esto siguiendo la orilla del agua. El sol cubría de claridad el río, hacía deliciosa la tierra, me llenaba la mirada de amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es una alegría para mis ojos, por las hierbas de la ribera, cuyo temblor es una dicha para mis oídos.
Poco a poco, sin embargo, un malestar inexplicable me penetraba. Una fuerza, me parecía, una fuerza oculta me entumecía, me detenía, me impedía ir más lejos, me llamaba hacia atrás. Sentía esa necesidad dolorosa de volver que nos oprime cuando hemos dejado en casa a un enfermo querido y nos asalta el presentimiento de que su mal se ha agravado.
Así que volví a pesar mío, seguro de que iba a encontrar en mi casa una mala noticia, una carta o un telegrama. No había nada; y me quedé más sorprendido y más inquieto que si hubiera tenido de nuevo alguna visión fantástica.
8 de agosto.—Pasé ayer una velada espantosa. Ya no se manifiesta, pero lo siento cerca de mí, espiándome, mirándome, penetrándome, dominándome, y más temible, al esconderse así, que si señalara con fenómenos sobrenaturales su presencia invisible y constante.
He dormido, sin embargo.
9 de agosto.—Nada, pero tengo miedo.
10 de agosto.—Nada; ¿qué pasará mañana?
11 de agosto.—Todavía nada; ya no puedo quedarme en casa con este temor y este pensamiento que han entrado en mi alma; voy a marcharme.
12 de agosto, 10 de la noche.—Todo el día he querido irme; no he podido. He querido realizar ese acto de libertad tan fácil, tan simple,—salir—subir a mi coche para ir a Ruan—no he podido. ¿Por qué?
13 de agosto.—Cuando uno está atacado por ciertas enfermedades, todos los resortes del ser físico parecen rotos, todas las energías aniquiladas, todos los músculos aflojados, los huesos vueltos blandos como la carne y la carne líquida como el agua. Yo experimento eso en mi ser moral de una manera extraña y desoladora. Ya no tengo ninguna fuerza, ningún valor, ningún dominio sobre mí, ningún poder siquiera de poner en movimiento mi voluntad. Ya no puedo querer; pero alguien quiere por mí; y obedezco.
14 de agosto.—¡Estoy perdido! ¡Alguien posee mi alma y la gobierna! Alguien ordena todos mis actos, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Ya no soy nada en mí, nada más que un espectador esclavo y aterrado de todas las cosas que realizo. Deseo salir. No puedo. Él no quiere; y me quedo, perdido, temblando, en el sillón donde me tiene sentado. Deseo solamente levantarme, incorporarme, para creerme todavía dueño de mí. ¡No puedo! Estoy clavado a mi asiento; y mi asiento se adhiere al suelo, de tal modo que ninguna fuerza nos levantaría.
Luego, de golpe, tengo, tengo, tengo que ir al fondo de mi jardín a recoger fresas y comérmelas. Y voy. ¡Recojo fresas y me las como! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Hay un Dios? Si lo hay, ¡líbrame, sálvame! ¡Socórreme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Gracia! ¡Sálvame! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué tortura! ¡Qué horror!
15 de agosto.—Ciertamente, así es como estaba poseída y dominada mi pobre prima cuando vino a pedirme prestados cinco mil francos. Sufría una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra alma, como otra alma parásita y dominadora. ¿Es que el mundo se va a acabar?
Pero el que me gobierna, ¿quién es, ese invisible?, ¿ese incognoscible, ese merodeador de una raza sobrenatural?
¡Así que los Invisibles existen! Entonces, ¿cómo es que desde el origen del mundo no se han manifestado todavía de una manera precisa como lo hacen conmigo? Nunca he leído nada que se parezca a lo que ha pasado en mi morada. ¡Oh! Si pudiera dejarla, si pudiera irme, huir y no volver. Estaría salvado, pero no puedo.
16 de agosto.—Hoy he podido escaparme durante dos horas, como un prisionero que encuentra abierta, por casualidad, la puerta de su calabozo. He sentido que de pronto era libre y que él estaba lejos. He ordenado enganchar a toda prisa y he llegado a Ruan. ¡Oh, qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: «¡Vaya a Ruan!»!
He mandado parar delante de la biblioteca y he rogado que me prestaran el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Luego, al ir a subir de nuevo a mi cupé, he querido decir: «¡A la estación!», y he gritado,—no he dicho, he gritado—con una voz tan fuerte que los transeúntes se han vuelto: «A casa», y he caído, enloquecido de angustia, sobre el cojín de mi coche. Me había encontrado y me había vuelto a atrapar.
17 de agosto.—¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. ¡Hasta la una de la madrugada he estado leyendo! Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que rondan en torno al hombre o que este ha soñado. Describe sus orígenes, su dominio, su poder. Pero ninguno de ellos se parece al que me acosa. Se diría que el hombre, desde que piensa, ha presentido y temido a un ser nuevo, más fuerte que él, su sucesor en este mundo, y que, sintiéndolo cerca y no pudiendo prever la naturaleza de ese amo, ha creado, en su terror, todo el pueblo fantástico de los seres ocultos, fantasmas vagos nacidos del miedo.
Así pues, después de leer hasta la una de la madrugada, fui a sentarme junto a mi ventana abierta para refrescarme la frente y el pensamiento con el viento calmo de la oscuridad.
¡Se estaba bien, se estaba templado! ¡Cómo me habría gustado aquella noche en otro tiempo!
No había luna. Las estrellas tenían en el fondo del cielo negro centelleos temblorosos. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales, qué plantas hay allá? Los que piensan en esos universos lejanos, ¿qué saben más que nosotros? ¿Qué pueden más que nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conocemos? Uno de ellos, un día u otro, atravesando el espacio, ¿no aparecerá en nuestra tierra para conquistarla, como los normandos en otro tiempo atravesaban el mar para someter a pueblos más débiles?
Somos tan débiles, tan desarmados, tan ignorantes, tan pequeños, nosotros, sobre este grano de barro que gira diluido en una gota de agua.
Me adormecí soñando así con el viento fresco de la noche.
Ahora bien, después de dormir unos cuarenta minutos, volví a abrir los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. Al principio no vi nada, luego, de golpe, me pareció que una página del libro que había quedado abierto sobre mi mesa acababa de volverse sola. Ningún soplo de aire había entrado por mi ventana. Me sorprendí y esperé. Al cabo de unos cuatro minutos vi, vi, sí, vi con mis ojos otra página levantarse y caer sobre la anterior, como si un dedo la hubiera hojeado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío; pero comprendí que él estaba allí, sentado en mi sitio, y que leía. De un salto furioso, de un salto de bestia rebelde que va a destripar a su domador, crucé mi cuarto para agarrarlo, para estrujarlo, ¡para matarlo!… Pero mi asiento, antes de que lo alcanzara, se volcó como si alguien hubiera huido delante de mí… mi mesa osciló, mi lámpara cayó y se apagó, y mi ventana se cerró como si un malhechor sorprendido se hubiera lanzado a la noche agarrando los batientes con las dos manos.
Así que había escapado; había tenido miedo, ¡miedo de mí, él!
Entonces,… entonces… mañana… o pasado,… o un día cualquiera,… ¡podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo! ¿Es que los perros, a veces, no muerden y estrangulan a sus amos?
18 de agosto.—He estado pensando todo el día. ¡Oh, sí!, voy a obedecerle, a seguir sus impulsos, a cumplir todas sus voluntades, a hacerme humilde, sumiso, cobarde. Él es el más fuerte. Pero llegará una hora…
19 de agosto.—Lo sé… lo sé… ¡lo sé todo! Acabo de leer esto en la Revue du Monde Scientifique: «Una noticia bastante curiosa nos llega de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que atacaron a los pueblos de Europa en la Edad Media, hace estragos en este momento en la provincia de San Paulo. Los habitantes, enloquecidos, dejan sus casas, desiertan de sus pueblos, abandonan sus cultivos, diciéndose perseguidos, poseídos, gobernados como un ganado humano por seres invisibles aunque tangibles, una especie de vampiros que se alimentan de su vida mientras duermen, y que beben además agua y leche sin que parezca que tocan ningún otro alimento.
»El señor profesor Don Pedro Henriquez, acompañado de varios médicos sabios, ha partido hacia la provincia de San Paulo con el fin de estudiar sobre el terreno los orígenes y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y de proponer al Emperador las medidas que le parezcan más adecuadas para devolver a la razón a esas poblaciones en delirio».
¡Ah! ¡Ah! Me acuerdo, ¡me acuerdo del hermoso tres palos brasileño que pasó bajo mis ventanas remontando el Sena el 8 de mayo pasado! ¡Lo encontré tan bonito, tan blanco, tan alegre! ¡El Ser iba a bordo, venía de allá, de donde ha nacido su raza! ¡Y me vio! Vio también mi morada blanca; y saltó del navío a la orilla. ¡Oh, Dios mío!
Ahora lo sé, lo adivino. El reinado del hombre ha terminado.
Ha venido Aquel a quien temían los primeros terrores de los pueblos ingenuos, Aquel a quien exorcizaban los sacerdotes inquietos, a quien los brujos evocaban en las noches oscuras sin verlo aparecer todavía, a quien los presentimientos de los amos pasajeros del mundo prestaron todas las formas monstruosas o graciosas de los gnomos, de los espíritus, de los genios, de las hadas, de los duendes. Tras las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces lo han presentido con más claridad. Mesmer lo había adivinado, y los médicos, desde hace ya diez años, han descubierto de manera precisa la naturaleza de su poder antes de que él mismo lo ejerciera. Han jugado con esa arma del nuevo Señor, el dominio de una voluntad misteriosa sobre el alma humana convertida en esclava. Lo han llamado magnetismo, hipnotismo, sugestión… ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con ese horrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha venido, el… el… ¿cómo se llama?… el… me parece que me grita su nombre, y no lo oigo… el… sí… lo grita… Escucho… no puedo… repite… el… Horla… Lo he oído… el Horla… es él… el Horla… ¡ha venido!…
¡Ah! El buitre se ha comido a la paloma, el lobo se ha comido a la oveja; el león ha devorado al búfalo de cuernos afilados; el hombre ha matado al león con la flecha, con la espada, con la pólvora; pero el Horla va a hacer del hombre lo que nosotros hemos hecho del caballo y del buey: su cosa, su sirviente y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!
Sin embargo, el animal, a veces, se rebela y mata al que lo ha domado… yo también quiero… podré… pero hay que conocerlo, tocarlo, ¡verlo! Los sabios dicen que el ojo de la bestia, distinto del nuestro, no distingue como el nuestro… Y mi ojo no puede distinguir al recién llegado que me oprime.
¿Por qué? ¡Oh! Ahora recuerdo las palabras del monje del monte Saint-Michel: «¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Mire, ahí tiene el viento, que es la fuerza más grande de la naturaleza, que derriba a los hombres, abate los edificios, desarraiga los árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye los acantilados y arroja contra los rompientes a los grandes navíos, el viento que mata, que silba, que gime, que muge, ¿lo ha visto usted y puede verlo? ¡Y sin embargo existe!».
Y seguía pensando: mi ojo es tan débil, tan imperfecto, que ni siquiera distingue los cuerpos duros si son transparentes como el vidrio… Que un espejo sin azogue me cierre el camino, y me lanza contra él como el pájaro que ha entrado en una habitación se rompe la cabeza contra los cristales. ¿Mil cosas más lo engañan y lo extravían? ¿Qué tiene de asombroso, entonces, que no sepa percibir un cuerpo nuevo que la luz atraviesa?
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡Tenía que venir, seguramente! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? ¿No lo distinguimos, igual que todos los demás creados antes que nosotros? Es que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más fino y más acabado que el nuestro, que el nuestro tan débil, tan torpemente concebido, cargado de órganos siempre cansados, siempre forzados como resortes demasiado complejos, que el nuestro, que vive como una planta y como una bestia, alimentándose penosamente de aire, de hierba y de carne, máquina animal presa de las enfermedades, de las deformaciones, de las putrefacciones, asmática, mal regulada, ingenua y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, esbozo de ser que podría llegar a ser inteligente y soberbio.
Somos unos cuantos, tan pocos en este mundo, desde la ostra hasta el hombre. ¿Por qué no uno más, una vez cumplido el periodo que separa las apariciones sucesivas de todas las especies diversas?
¿Por qué no uno más? ¿Por qué no también otros árboles de flores inmensas, deslumbrantes, que perfumaran regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos además del fuego, el aire, la tierra y el agua?—¡Son cuatro, nada más que cuatro, esos padres nutricios de los seres! ¡Qué lástima! ¡Por qué no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre, qué mezquino, qué miserable es todo! ¡Dado con avaricia, inventado con sequedad, hecho con pesadez! ¡Ah! El elefante, el hipopótamo, ¡cuánta gracia! El camello, ¡cuánta elegancia!
Pero, me dirán, ¡la mariposa! ¡Una flor que vuela! Yo sueño con una que sería grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo expresar. Pero la veo… va de estrella en estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo… ¡Y los pueblos de allá arriba la miran pasar, extasiados y arrobados!…
¿Qué me pasa? ¡Es él, él, el Horla, el que me acosa, el que me hace pensar estas locuras! Está en mí, se convierte en mi alma; ¡lo mataré!
19 de agosto.—Lo mataré. ¡Lo he visto! Me senté anoche a mi mesa; y fingí escribir con gran atención. Sabía bien que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que quizá podría tocarlo, ¿agarrarlo? ¡Y entonces!… entonces tendría la fuerza de los desesperados; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo, desgarrarlo.
Y lo acechaba con todos mis órganos sobreexcitados.
Había encendido mis dos lámparas y las ocho velas de mi chimenea, como si hubiera podido, con aquella claridad, descubrirlo.
Frente a mí, mi cama, una vieja cama de roble con columnas; a la derecha, mi chimenea; a la izquierda, mi puerta, cerrada con cuidado después de haberla dejado mucho tiempo abierta para atraerlo; detrás de mí, un armario de luna muy alto, que me servía cada día para afeitarme, para vestirme, y en el que tenía costumbre de mirarme de la cabeza a los pies cada vez que pasaba por delante.
Así que fingía escribir, para engañarlo, porque él también me espiaba; y de pronto sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí, rozándome la oreja.
Me levanté, con las manos tendidas, volviéndome tan deprisa que estuve a punto de caer. ¿Y bien?… se veía como en pleno día, ¡y no me vi en mi espejo!… ¡Estaba vacío, claro, profundo, lleno de luz! Mi imagen no estaba en él… ¡y yo estaba enfrente! Veía el gran vidrio límpido de arriba abajo. Y miraba aquello con ojos enloquecidos; y no me atrevía a avanzar, no me atrevía a hacer un movimiento, sintiendo perfectamente, sin embargo, que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, él, cuyo cuerpo imperceptible había devorado mi reflejo.
¡Qué miedo tuve! Luego, de pronto, empecé a verme entre una bruma, en el fondo del espejo, entre una bruma como a través de una capa de agua; y me parecía que aquella agua se deslizaba de izquierda a derecha, lentamente, haciendo más precisa mi imagen segundo a segundo. Era como el final de un eclipse. Lo que me ocultaba no parecía poseer contornos netamente definidos, sino una especie de transparencia opaca que se aclaraba poco a poco.
Pude por fin distinguirme por completo, como lo hago cada día al mirarme.
¡Lo había visto! Me ha quedado el espanto, que aún me hace estremecer.
20 de agosto.—Matarlo, ¿cómo?, ¿puesto que no puedo alcanzarlo? ¿El veneno? Pero me vería mezclarlo con el agua; y nuestros venenos, además, ¿tendrían efecto sobre su cuerpo imperceptible? No… no… sin ninguna duda… ¿Entonces?… ¿entonces?…
21 de agosto.—He hecho venir a un cerrajero de Ruan y le he encargado para mi cuarto persianas de hierro, como las tienen en París, en la planta baja, ciertos palacetes, por miedo a los ladrones. Me hará, además, una puerta igual. Me he hecho pasar por cobarde, ¡pero me da lo mismo!…
10 de septiembre.—Ruan, hotel Continental. Está hecho… está hecho… pero ¿ha muerto? Tengo el alma trastornada por lo que he visto.
Ayer, pues, después de que el cerrajero colocara mi persiana y mi puerta de hierro, lo dejé todo abierto hasta medianoche, aunque empezaba a hacer frío.
De pronto sentí que él estaba allí, y una alegría, una alegría loca se apoderó de mí. Me levanté despacio y anduve a la derecha, a la izquierda, un buen rato, para que no adivinara nada; luego me quité las botas y me puse las zapatillas con descuido; luego cerré mi persiana de hierro y, volviendo con paso tranquilo hacia la puerta, cerré también la puerta con dos vueltas de llave. Volviendo entonces hacia la ventana, la aseguré con un candado, cuya llave me guardé en el bolsillo.
De pronto comprendí que se agitaba a mi alrededor, que tenía miedo a su vez, que me ordenaba abrirle. Estuve a punto de ceder; no cedí, sino que, con la espalda contra la puerta, la entreabrí lo justo para pasar yo, de espaldas; y como soy muy alto, la cabeza me tocaba el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y lo encerré, ¡solo, solo! ¡Qué alegría! ¡Lo tenía! Entonces bajé corriendo; tomé en mi salón, debajo de mi cuarto, mis dos lámparas y derramé todo el aceite sobre la alfombra, sobre los muebles, por todas partes; luego le prendí fuego y escapé, después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la gran puerta de entrada.
Y fui a esconderme al fondo de mi jardín, en un macizo de laureles. ¡Qué largo se hizo! ¡Qué largo se hizo! Todo estaba negro, mudo, inmóvil; ni un soplo de aire, ni una estrella, montañas de nubes que no se veían, pero que pesaban sobre mi alma, tan pesadas, tan pesadas.
Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué largo se hizo! Ya creía que el fuego se había apagado solo, o que lo había apagado Él, cuando una de las ventanas de abajo reventó bajo el empuje del incendio, y una llama, una gran llama roja y amarilla, larga, blanda, acariciadora, subió por la pared blanca y la besó hasta el tejado. Un resplandor corrió por los árboles, por las ramas, por las hojas, y un escalofrío, ¡un escalofrío de miedo también! Los pájaros se despertaban; un perro se puso a aullar; ¡me pareció que amanecía! Otras dos ventanas estallaron enseguida, y vi que toda la parte baja de mi morada no era ya más que un brasero espantoso. Pero un grito, un grito horrible, agudísimo, desgarrador, un grito de mujer atravesó la noche, ¡y dos buhardillas se abrieron! ¡Había olvidado a mis criados! ¡Vi sus caras enloquecidas y sus brazos que se agitaban!…
Entonces, perdido de horror, eché a correr hacia el pueblo gritando: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!». Encontré gente que ya venía y volví con ellos, ¡para ver!
La casa, ahora, no era ya más que una hoguera horrible y magnífica, una hoguera monstruosa que iluminaba toda la tierra, una hoguera donde ardían hombres, y donde ardía también Él, Él, mi prisionero, el Ser nuevo, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el tejado entero se hundió entre los muros, y un volcán de llamas brotó hasta el cielo. Por todas las ventanas abiertas sobre el horno veía la cuba de fuego, y pensaba que él estaba allí, en aquel horno, muerto…
—¿Muerto? ¿Quizá?… ¿Su cuerpo? Su cuerpo, que la luz del día atravesaba, ¿no era indestructible por los medios que matan a los nuestros?
¿Y si no hubiera muerto?… Quizá solo el tiempo tenga poder sobre el Ser Invisible y Temible. ¿Por qué ese cuerpo transparente, ese cuerpo incognoscible, ese cuerpo de Espíritu, si tuviera que temer, él también, los males, las heridas, las enfermedades, la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡Todo el espanto humano viene de ella! Tras el hombre, el Horla.—¡Tras aquel que puede morir todos los días, a todas las horas, a todos los minutos, por todos los accidentes, ha venido aquel que no debe morir sino en su día, en su hora, en su minuto, porque ha tocado el límite de su existencia!
No… no… sin ninguna duda, sin ninguna duda… no ha muerto… Entonces… entonces… ¡tendré que matarme yo!…
8 mai.—Quelle journée admirable! J'ai passé toute la matinée étendu sur l'herbe, devant ma maison, sous l'énorme platane qui la couvre, l'abrite et l'ombrage tout entière. J'aime ce pays, et j'aime y vivre parce que j'y ai mes racines, ces profondes et délicates racines, qui attachent un homme à la terre où sont nés et morts ses aïeux, qui l'attachent à ce qu'on pense et à ce qu'on mange, aux usages comme aux nourritures, aux locutions locales, aux intonations des paysans, aux odeurs du sol, des villages et de l'air lui-même.
J'aime ma maison où j'ai grandi. De mes fenêtres, je vois la Seine qui coule, le long de mon jardin, derrière la route, presque chez moi, la grande et large Seine, qui va de Rouen au Havre, couverte de bateaux qui passent.
A gauche, là-bas, Rouen, la vaste ville aux toits bleus, sous le peuple pointu des clochers gothiques. Ils sont innombrables, frêles ou larges, dominés par la flèche de fonte de la cathédrale, et pleins de cloches qui sonnent dans l'air bleu des belles matinées, jetant jusqu'à moi leur doux et lointain bourdonnement de fer, leur chant d'airain que la brise m'apporte, tantôt plus fort et tantôt plus affaibli, suivant qu'elle s'éveille ou s'assoupit.
Comme il faisait bon ce matin!
Vers onze heures, un long convoi de navires, traînés par un remorqueur, gros comme une mouche, et qui râlait de peine en vomissant une fumée épaisse, défila devant ma grille.
Après deux goëlettes anglaises, dont le pavillon rouge ondoyait sur le ciel, venait un superbe trois-mats brésilien, tout blanc, admirablement propre et luisant. Je le saluai, je ne sais pourquoi, tant ce navire me fit plaisir à voir.
12 mai.—J'ai un peu de fièvre depuis quelques jours; je me sens souffrant, ou plutôt je me sens triste.
D'où viennent ces influences mystérieuses qui changent en découragement notre bonheur et notre confiance en détresse. On dirait que l'air, l'air invisible est plein d'inconnaissables Puissances, dont nous subissons les voisinages mystérieux. Je m'éveille plein de gaîté, avec des envies de chanter dans la gorge.—Pourquoi?—Je descends le long de l'eau; et soudain, après une courte promenade, je rentre désolé, comme si quelque malheur m'attendait chez moi.—Pourquoi?—Est-ce un frisson de froid qui, frôlant ma peau, a ébranlé mes nerfs et assombri mon âme? Est-ce la forme des nuages, ou la couleur du jour, la couleur des choses, si variable, qui, passant par mes yeux, a troublé ma pensée? Sait-on? Tout ce qui nous entoure, tout ce que nous voyons sans le regarder, tout ce que nous frôlons sans le connaître, tout ce que nous touchons sans le palper, tout ce que nous rencontrons sans le distinguer, a sur nous, sur nos organes et, par eux, sur nos idées, sur notre coeur lui-même, des effets rapides, surprenants et inexplicables?
Comme il est profond, ce mystère de l'Invisible! Nous ne le pouvons sonder avec nos sens misérables, avec nos yeux qui ne savent apercevoir ni le trop petit, ni le trop grand, ni le trop près, ni le trop loin, ni les habitants d'une étoile, ni les habitants d'une goutte d'eau... avec nos oreilles qui nous trompent, car elles nous transmettent les vibrations de l'air en notes sonores. Elles sont des fées qui font ce miracle de changer en bruit ce mouvement et par cette métamorphose donnent naissance à la musique, qui rend chantante l'agitation muette de la nature... avec notre odorat, plus faible que celui du chien... avec notre goût, qui peut à peine discerner l'âge d'un vin!
Ah! si nous avions d'autres organes qui accompliraient en notre faveur d'autres miracles, que de choses nous pourrions découvrir encore autour de nous!
16 mai.—Je suis malade, décidément! Je me portais si bien le mois dernier! J'ai la fièvre, une fièvre atroce, ou plutôt un énervement fiévreux, qui rend mon âme aussi souffrante que mon corps. J'ai sans cesse cette sensation affreuse d'un danger menaçant, cette appréhension d'un malheur qui vient ou de la mort qui approche, ce pressentiment qui est sans doute l'atteinte d'un mal encore inconnu, germant dans le sang et dans la chair.
18 mai.—Je viens d'aller consulter mon médecin, car je ne pouvais plus dormir. Il m'a trouvé le pouls rapide, l'oeil dilaté, les nerfs vibrants, mais sans aucun symptôme alarmant. Je dois me soumettre aux douches et boire du bromure de potassium.
25 mai.—Aucun changement! Mon état, vraiment, est bizarre. A mesure qu'approche le soir, une inquiétude incompréhensible m'envahit, comme si la nuit cachait pour moi une menace terrible. Je dîne vite, puis j'essaye de lire; mais je ne comprends pas les mots; je distingue à peine les lettres. Je marche alors dans mon salon de long en large, sous l'oppression d'une crainte confuse et irrésistible, la crainte du sommeil et la crainte du lit.
Vers dix heures, je monte dans ma chambre. A peine entré, je donne deux tours de clef, et je pousse les verrous; j'ai peur... de quoi?... Je ne redoutais rien jusqu'ici... j'ouvre mes armoires, je regarde sous mon lit; j'écoute... j'écoute... quoi?... Est-ce étrange qu'un simple malaise, un trouble de la circulation peut-être, l'irritation d'un filet nerveux, un peu de congestion, une toute petite perturbation dans le fonctionnement si imparfait et si délicat de notre machine vivante, puisse faire un mélancolique du plus joyeux des hommes, et un poltron du plus brave? Puis, je me couche, et j'attends le sommeil comme on attendrait le bourreau. Je l'attends avec l'épouvante de sa venue; et mon coeur bat, et mes jambes frémissent; et tout mon corps tressaille dans la chaleur des draps, jusqu'au moment où je tombe tout à coup dans le repos, comme on tomberait pour s'y noyer, dans un gouffre d'eau stagnante. Je ne le sens pas venir, comme autrefois, ce sommeil perfide, caché près de moi, qui me guette, qui va me saisir par la tête, me fermer les yeux, m'anéantir.
Je dors—longtemps—deux ou trois heures—puis un rêve—non—un cauchemar m'étreint. Je sens bien que je suis couché et que je dors,... je le sens et je le sais... et je sens aussi que quelqu'un s'approche de moi, me regarde, me palpe, monte sur mon lit, s'agenouille sur ma poitrine, me prend le cou entre ses mains et serre... serre... de toute sa force pour m'étrangler.
Moi, je me débats, lié par cette impuissance atroce, qui nous paralyse dans les songes; je veux crier,—je ne peux pas;—je veux remuer,—je ne peux pas;—j'essaye, avec des efforts affreux, en haletant, de me tourner, de rejeter cet être qui m'écrase et qui m'étouffe,—je ne peux pas!
Et soudain, je m'éveille, affolé, couvert de sueur. J'allume une bougie. Je suis seul.
Après cette crise, qui se renouvelle toutes les nuits, je dors enfin, avec calme, jusqu'à l'aurore.
2 juin.—Mon état s'est encore aggravé. Qu'ai-je donc? Le bromure n'y fait rien; les douches n'y font rien. Tantôt, pour fatiguer mon corps, si las pourtant, j'allai faire un tour dans la forêt de Roumare. Je crus d'abord que l'air frais, léger et doux, plein d'odeur d'herbes et de feuilles, me versait aux veines un sang nouveau, au coeur une énergie nouvelle. Je pris une grande avenue de chasse, puis je tournai vers La Bouille, par une allée étroite, entre deux armées d'arbres démesurément hauts qui mettaient un toit vert, épais, presque noir, entre le ciel et moi.
Un frisson me saisit soudain, non pas un frisson de froid, mais un étrange frisson d'angoisse.
Je hâtai le pas, inquiet d'être seul dans ce bois, apeuré sans raison, stupidement, par la profonde solitude. Tout à coup, il me sembla que j'étais suivi, qu'on marchait sur mes talons, tout près, tout près, à me toucher.
Je me retournai brusquement. J'étais seul. Je ne vis derrière moi que la droite et large allée, vide, haute, redoutablement vide; et de l'autre côté elle s'étendait aussi à perte de vue, toute pareille, effrayante.
Je fermai les yeux. Pourquoi? Et je me mis à tourner sur un talon, très vite, comme une toupie. Je faillis tomber; je rouvris les yeux; les arbres dansaient; la terre flottait; je dus m'asseoir. Puis, ah! je ne savais plus par où j'étais venu! Bizarre idée! Bizarre! Bizarre idée! Je ne savais plus du tout. Je partis par le côté qui se trouvait à ma droite, et je revins dans l'avenue qui m'avait amené au milieu de la forêt.
3 juin.—La nuit a été horrible. Je vais m'absenter pendant quelques semaines. Un petit voyage, sans doute, me remettra.
2 juillet.—Je rentre. Je suis guéri. J'ai fait d'ailleurs une excursion charmante. J'ai visité le mont Saint-Michel que je ne connaissais pas.
Quelle vision, quand on arrive, comme moi, à Avranches, vers la fin du jour! La ville est sur une colline; et on me conduisit dans le jardin public, au bout de la cité. Je poussai un cri d'étonnement. Une baie démesurée s'étendait devant moi, à perte de vue, entre deux côtes écartées se perdant au loin dans les brumes; et au milieu de cette immense baie jaune, sous un ciel d'or et de clarté, s'élevait sombre et pointu un mont étrange, au milieu des sables. Le soleil venait de disparaître, et sur l'horizon encore flamboyant se dessinait le profil de ce fantastique rocher qui porte sur son sommet un fantastique monument.
Dès l'aurore, j'allai vers lui. La mer était basse, comme la veille au soir, et je regardais se dresser devant moi, à mesure que j'approchais d'elle, la surprenante abbaye. Après plusieurs heures de marche, j'atteignis l'énorme bloc de pierres qui porte la petite cité dominée par la grande église. Ayant gravi la rue étroite et rapide, j'entrai dans la plus admirable demeure gothique construite pour Dieu sur la terre, vaste comme une ville, pleine de salles basses écrasées sous des voûtes et de hautes galeries que soutiennent de frêles colonnes. J'entrai dans ce gigantesque bijou de granit, aussi léger qu'une dentelle, couvert de tours, de sveltes clochetons, où montent des escaliers tordus, et qui lancent dans le ciel bleu des jours, dans le ciel noir des nuits, leurs têtes bizarres hérissées de chimères, de diables, de bêtes fantastiques, de fleurs monstrueuses, et reliés l'un à l'autre par de fines arches ouvragées.
Quand je fus sur le sommet, je dis au moine qui m'accompagnait: «Mon père, comme vous devez être bien ici!»
Il répondit: «Il y a beaucoup de vent, Monsieur»; et nous nous mîmes à causer en regardant monter la mer, qui courait sur le sable et le couvrait d'une cuirasse d'acier.
Et le moine me conta des histoires, toutes les vieilles histoires de ce lieu, des légendes, toujours des légendes.
Une d'elles me frappa beaucoup. Les gens du pays, ceux du mont, prétendent qu'on entend parler la nuit dans les sables, puis qu'on entend bêler deux chèvres, l'une avec une voix forte, l'autre avec une voix faible. Les incrédules affirment que ce sont les cris des oiseaux de mer, qui ressemblent tantôt à des bêlements, et tantôt à des plaintes humaines; mais les pêcheurs attardés jurent avoir rencontré, rôdant sur les dunes, entre deux marées, autour de la petite ville jetée ainsi loin du monde, un vieux berger, dont on ne voit jamais la tête couverte de son manteau, et qui conduit, en marchant devant eux, un bouc à figure d'homme et une chèvre à figure de femme, tous deux avec de longs cheveux blancs et parlant sans cesse, se querellant dans une langue inconnue, puis cessant soudain de crier pour bêler de toute leur force.
Je dis au moine: «Y croyez-vous?»
Il murmura: «Je ne sais pas.»
Je repris: «S'il existait sur la terre d'autres êtres que nous, comment ne les connaîtrions-nous point depuis longtemps; comment ne les auriez-vous pas vus, vous? comment ne les aurais-je pas vus, moi?»
Il répondit: «Est-ce que nous voyons la cent-millième partie de ce qui existe? Tenez, voici le vent, qui est la plus grande force de la nature, qui renverse les hommes, abat les édifices, déracine les arbres, soulève la mer en montagnes d'eau, détruit les falaises, et jette aux brisants les grands navires, le vent qui tue, qui siffle, qui gémit, qui mugit,—l'avez-vous vu, et pouvez-vous le voir? Il existe, pourtant.»
Je me tus devant ce simple raisonnement. Cet homme était un sage ou peut-être un sot. Je ne l'aurais pu affirmer au juste; mais je me tus. Ce qu'il disait là, je l'avais pensé souvent.
3 juillet.—J'ai mal dormi; certes, il y a ici une influence fiévreuse, car mon cocher souffre du même mal que moi. En rentrant hier, j'avais remarqué sa pâleur singulière. Je lui demandai:
—Qu'est-ce que vous avez, Jean?
—J'ai que je ne peux plus me reposer, Monsieur, ce sont mes nuits qui mangent mes jours. Depuis le départ de Monsieur, cela me tient comme un sort.
Les autres domestiques vont bien cependant, mais j'ai grand peur d'être repris, moi.
4 juillet.—Décidément, je suis repris. Mes cauchemars anciens reviennent. Cette nuit, j'ai senti quelqu'un accroupi sur moi, et qui, sa bouche sur la mienne, buvait ma vie entre mes lèvres. Oui, il la puisait dans ma gorge, comme aurait fait une sangsue. Puis il s'est levé, repu, et moi je me suis réveillé, tellement meurtri, brisé, anéanti, que je ne pouvais plus remuer. Si cela continue encore quelques jours, je repartirai certainement.
5 juillet.—Ai-je perdu la raison? Ce qui s'est passé, ce que j'ai vu la nuit dernière est tellement étrange, que ma tête s'égare quand j'y songe!
Comme je le fais maintenant chaque soir, j'avais fermé ma porte à clef; puis, ayant soif, je bus un demi-verre d'eau, et je remarquai par hasard que ma carafe était pleine jusqu'au bouchon de cristal.
Je me couchai ensuite et je tombai dans un de mes sommeils épouvantables, dont je fus tiré au bout de deux heures environ par une secousse plus affreuse encore.
Figurez-vous un homme qui dort, qu'on assassine, et qui se réveille avec un couteau dans le poumon, et qui râle, couvert de sang, et qui ne peut plus respirer, et qui va mourir, et qui ne comprend pas—voilà.
Ayant enfin reconquis ma raison, j'eus soif de nouveau; j'allumai une bougie et j'allai vers la table où était posée ma carafe. Je la soulevai en la penchant sur mon verre; rien ne coula.—Elle était vide! Elle était vide complètement! D'abord, je n'y compris rien; puis, tout à coup, je ressentis une émotion si terrible, que je dus m'asseoir, ou plutôt, que je tombai sur une chaise! puis, je me redressai d'un saut pour regarder autour de moi! puis je me rassis, éperdu d'étonnement et de peur, devant le cristal transparent! Je le contemplais avec des yeux fixes, cherchant à deviner. Mes mains tremblaient! On avait donc bu cette eau? Qui? Moi? moi, sans doute? Ce ne pouvait être que moi? Alors, j'étais somnambule, je vivais, sans le savoir, de cette double vie mystérieuse qui fait douter s'il y a deux êtres en nous, ou si un être étranger, inconnaissable et invisible, anime, par moments, quand notre âme est engourdie, notre corps captif qui obéit à cet autre, comme à nous-mêmes, plus qu'à nous-mêmes.
Ah! qui comprendra mon angoisse abominable? Qui comprendra l'émotion d'un homme, sain d'esprit, bien éveillé, plein de raison et qui regarde épouvanté, à travers le verre d'une carafe, un peu d'eau disparue pendant qu'il a dormi! Et je restai là jusqu'au jour, sans oser regagner mon lit.
6 juillet.—Je deviens fou. On a encore bu toute ma carafe cette nuit;—ou plutôt, je l'ai bue!
Mais, est-ce moi? Est-ce moi? Qui serait-ce? Qui? Oh! mon Dieu! Je deviens fou? Qui me sauvera?
10 juillet.—Je viens de faire des épreuves surprenantes.
Décidément, je suis fou! Et pourtant!
Le 6 juillet, avant de me coucher, j'ai placé sur ma table du vin, du lait, de l'eau, du pain et des fraises.
On a bu—j'ai bu—toute l'eau, et un peu de lait. On n'a touché ni au vin, ni au pain, ni aux fraises.
Le 7 juillet, j'ai renouvelé la même épreuve, qui a donné le même résultat.
Le 8 juillet, j'ai supprimé l'eau et le lait. On n'a touché à rien.
Le 9 juillet enfin, j'ai remis sur ma table l'eau et le lait seulement, en ayant soin d'envelopper les carafes en des linges de mousseline blanche et de ficeler les bouchons. Puis, j'ai frotté mes lèvres, ma barbe, mes mains avec de la mine de plomb, et je me suis couché.
L'invincible sommeil m'a saisi, suivi bientôt de l'atroce réveil. Je n'avais point remué; mes draps eux-mêmes ne portaient pas de taches. Je m'élançai vers ma table. Les linges enfermant les bouteilles étaient demeurés immaculés. Je déliai les cordons, en palpitant de crainte. On avait bu toute l'eau! on avait bu tout le lait! Ah! mon Dieu!...
Je vais partir tout à l'heure pour Paris.
12 juillet.—Paris. J'avais donc perdu la tête les jours derniers! J'ai dû être le jouet de mon imagination énervée, à moins que je ne sois vraiment somnambule, ou que j'aie subi une de ces influences constatées, mais inexplicables jusqu'ici, qu'on appelle suggestions. En tout cas, mon affolement touchait à la démence, et vingt-quatre heures de Paris ont suffi pour me remettre d'aplomb.
Hier, après des courses et des visites, qui m'ont fait passer dans l'âme de l'air nouveau et vivifiant, j'ai fini ma soirée au Théâtre-Français. On y jouait une pièce d'Alexandre Dumas fils; et cet esprit alerte et puissant a achevé de me guérir. Certes, la solitude est dangereuse pour les intelligences qui travaillent. Il nous faut, autour de nous, des hommes qui pensent et qui parlent. Quand nous sommes seuls longtemps, nous peuplons le vide de fantômes.
Je suis rentré à l'hôtel très gai, par les boulevards. Au coudoiement de la foule, je songeais, non sans ironie, à mes terreurs, à mes suppositions de l'autre semaine, car j'ai cru, oui, j'ai cru qu'un être invisible habitait sous mon toit. Comme notre tête est faible et s'effare, et s'égare vite, dès qu'un petit fait incompréhensible nous frappe!
Au lieu de conclure par ces simples mots: «Je ne comprends pas parce que la cause m'échappe», nous imaginons aussitôt des mystères effrayants et des puissances surnaturelles.
14 juillet.—Fête de la République. Je me suis promené par les rues. Les pétards et les drapeaux m'amusaient comme un enfant. C'est pourtant fort bête d'être joyeux, à date fixe, par décret du gouvernement. Le peuple est un troupeau imbécile, tantôt stupidement patient et tantôt férocement révolté. On lui dit: «Amuse-toi.» Il s'amuse. On lui dit: «Va te battre avec le voisin.» Il va se battre. On lui dit: «Vote pour l'Empereur.» Il vote pour l'Empereur. Puis, on lui dit: «Vote pour la République.» Et il vote pour la République.
Ceux qui le dirigent sont aussi sots; mais au lieu d'obéir à des hommes, ils obéissent à des principes, lesquels ne peuvent être que niais, stériles et faux, par cela même qu'ils sont des principes, c'est-à-dire des idées réputées certaines et immuables, en ce monde où l'on n'est sûr de rien, puisque la lumière est une illusion, puisque le bruit est une illusion.
16 juillet.—J'ai vu hier des choses qui m'ont beaucoup troublé.
Je dînais chez ma cousine, Mme Sablé, dont le mari commande le 76e chasseurs à Limoges. Je me trouvais chez elle avec deux jeunes femmes, dont l'une a épousé un médecin, le docteur Parent, qui s'occupe beaucoup des maladies nerveuses et des manifestations extraordinaires auxquelles donnent lieu en ce moment les expériences sur l'hypnotisme et la suggestion.
Il nous raconta longuement les résultats prodigieux obtenus par des savants anglais et par les médecins de l'école de Nancy.
Les faits qu'il avança me parurent tellement bizarres, que je me déclarai tout à fait incrédule.
«Nous sommes, affirmait-il, sur le point de découvrir un des plus importants secrets de la nature, je veux dire, un de ses plus importants secrets sur cette terre; car elle en a certes d'autrement importants, là-bas, dans les étoiles. Depuis que l'homme pense, depuis qu'il sait dire et écrire sa pensée, il se sent frôlé par un mystère impénétrable pour ses sens grossiers et imparfaits, et il tâche de suppléer, par l'effort de son intelligence, à l'impuissance de ses organes. Quand cette intelligence demeurait encore à l'état rudimentaire, cette hantise des phénomènes invisibles a pris des formes banalement effrayantes. De là sont nées les croyances populaires au surnaturel, les légendes des esprits rôdeurs, des fées, des gnomes, des revenants, je dirai même la légende de Dieu, car nos conceptions de l'ouvrier-créateur, de quelque religion qu'elles nous viennent, sont bien les inventions les plus médiocres, les plus stupides, les plus inacceptables sorties du cerveau apeuré des créatures. Rien de plus vrai que cette parole de Voltaire. «Dieu a fait l'homme à son image, mais l'homme le lui a bien rendu.»
«Mais, depuis un peu plus d'un siècle, on semble pressentir quelque chose de nouveau. Mesmer et quelques autres nous ont mis sur une voie inattendue, et nous sommes arrivés vraiment, depuis quatre ou cinq ans surtout, à des résultats surprenants.»
Ma cousine, très incrédule aussi, souriait. Le docteur Parent lui dit:—Voulez-vous que j'essaie de vous endormir, Madame?
—Oui, je veux bien.
Elle s'assit dans un fauteuil et il commença à la regarder fixement en la fascinant. Moi, je me sentis soudain un peu troublé, le coeur battant, la gorge serrée. Je voyais les yeux de Mme Sablé s'alourdir, sa bouche se crisper, sa poitrine haleter.
Au bout de dix minutes, elle dormait.
—Mettez-vous derrière elle, dit le médecin.
Et je m'assis derrière elle. Il lui plaça entre les mains une carte de visite en lui disant: «Ceci est un miroir; que voyez-vous dedans?»
Elle répondit:
—Je vois mon cousin.
—Que fait-il?
—Il se tord la moustache.
—Et maintenant?
—Il tire de sa poche une photographie.
—Quelle est cette photographie?
—La sienne.
C'était vrai! Et cette photographie venait de m'être livrée, le soir même, à l'hôtel.
—Comment est-il sur ce portrait?
—Il se tient debout avec son chapeau à la main.
Donc elle voyait dans cette carte, dans ce carton blanc, comme elle eût vu dans une glace.
Les jeunes femmes, épouvantées, disaient: «Assez! Assez! Assez!»
Mais le docteur ordonna: «Vous vous lèverez demain à huit heures; puis vous irez trouver à son hôtel votre cousin, et vous le supplierez de vous prêter cinq mille francs que votre mari vous demande et qu'il vous réclamera à son prochain voyage.»
Puis il la réveilla.
En rentrant à l'hôtel, je songeais à cette curieuse séance et des doutes m'assaillirent, non point sur l'absolue, sur l'insoupçonnable bonne foi de ma cousine, que je connaissais comme une soeur, depuis l'enfance, mais sur une supercherie possible du docteur. Ne dissimulait-il pas dans sa main une glace qu'il montrait à la jeune femme endormie, en même temps que sa carte de visite? Les prestidigitateurs de profession font des choses autrement singulières.
Je rentrai donc et je me couchai.
Or, ce matin, vers huit heures et demie, je fus réveillé par mon valet de chambre, qui me dit:
—C'est Mme Sablé qui demande à parler à Monsieur tout de suite.
Je m'habillai à la hâte et je la reçus.
Elle s'assit fort troublée, les yeux baissés, et, sans lever son voile, elle me dit:
—Mon cher cousin, j'ai un gros service à vous demander.
—Lequel, ma cousine?
—Cela me gêne beaucoup de vous le dire, et pourtant, il le faut. J'ai besoin, absolument besoin, de cinq mille francs.
—Allons donc, vous?
—Oui, moi, ou plutôt mon mari, qui me charge de les trouver.
J'étais tellement stupéfait, que je balbutiais mes réponses. Je me demandais si vraiment elle ne s'était pas moquée de moi avec le docteur Parent, si ce n'était pas là une simple farce préparée d'avance et fort bien jouée.
Mais, en la regardant avec attention, tous mes doutes se dissipèrent. Elle tremblait d'angoisse, tant cette démarche lui était douloureuse, et je compris qu'elle avait la gorge pleine de sanglots.
Je la savais fort riche et je repris:
—Comment! votre mari n'a pas cinq mille francs à sa disposition! Voyons réfléchissez. Êtes-vous sûre qu'il vous a chargée de me les demander?
Elle hésita quelques secondes comme si elle eût fait un grand effort pour chercher dans son souvenir, puis elle répondit:
—Oui..., oui... j'en suis sûre.
—Il vous a écrit?
Elle hésita encore, réfléchissant. Je devinai le travail torturant de sa pensée. Elle ne savait pas. Elle savait seulement qu'elle devait m'emprunter cinq mille francs pour son mari. Donc elle osa mentir.
—Oui, il m'a écrit.
—Quand donc? Vous ne m'avez parlé de rien, hier.
—J'ai reçu sa lettre ce matin.
—Pouvez-vous me la montrer?
—Non... non... non... elle contenait des choses intimes... trop personnelles... je l'ai... je l'ai brûlée.
—Alors, c'est que votre mari fait des dettes.
Elle hésita encore, puis murmura:
—Je ne sais pas.
Je déclarai brusquement:
—C'est que je ne puis disposer de cinq mille francs en ce moment, ma chère cousine.
Elle poussa une sorte de cri de souffrance.
—Oh! oh! je vous en prie, je vous en prie, trouvez-les...
Elle s'exaltait, joignait les mains comme si elle m'eût prié! J'entendais sa voix changer de ton; elle pleurait et bégayait, harcelée, dominée par l'ordre irrésistible qu'elle avait reçu.
—Oh! oh! je vous en supplie... si vous saviez comme je souffre... il me les faut aujourd'hui.
J'eus pitié d'elle.
—Vous les aurez tantôt, je vous le jure.
Elle s'écria:
—Oh! merci! merci! Que vous êtes bon.
Je repris:—Vous rappelez-vous ce qui s'est passé hier soir chez vous?
—Oui.
—Vous rappelez-vous que le docteur Parent vous a endormie?
—Oui.
—Eh! bien, il vous a ordonné de venir m'emprunter ce matin cinq mille francs, et vous obéissez en ce moment à cette suggestion.
Elle réfléchit quelques secondes et répondit:
—Puisque c'est mon mari qui les demande.
Pendant une heure, j'essayai de la convaincre, mais je n'y pus parvenir.
Quand elle fui partie, je courus chez le docteur. Il allait sortir; et il m'écouta en souriant. Puis il dit:
—Croyez-vous maintenant?
—Oui, il le faut bien.
—Allons chez votre parente.
Elle sommeillait déjà sur une chaise longue, accablée de fatigue. Le médecin lui prit le pouls, la regarda quelque temps, une main levée vers ses yeux qu'elle ferma peu à peu sous l'effort insoutenable de cette puissance magnétique.
Quand elle fut endormie:
—Votre mari n'a plus besoin de cinq mille francs! Vous allez donc oublier que vous avez prié votre cousin de vous les prêter, et, s'il vous parle de cela, vous ne comprendrez pas.
Puis il la réveilla. Je tirai de ma poche un portefeuille:
—Voici, ma chère cousine, ce que vous m'avez demandé ce matin.
Elle fut tellement surprise que je n'osai pas insister. J'essayai cependant de ranimer sa mémoire, mais elle nia avec force, crut que je me moquais d'elle, et faillit, à la fin, se fâcher.
Voilà! je viens de rentrer; et je n'ai pu déjeuner, tant cette expérience m'a bouleversé.
19 juillet.—Beaucoup de personnes à qui j'ai raconté cette aventure se sont moquées de moi. Je ne sais plus que penser. Le sage dit: Peut-être?
21 juillet.—J'ai été dîner à Bougival, puis j'ai passé la soirée au bal des canotiers. Décidément, tout dépend des lieux et des milieux. Croire au surnaturel dans l'île de la Grenouillière, serait le comble de la folie... mais au sommet du mont Saint-Michel?... mais dans les Indes? Nous subissons effroyablement l'influence de ce qui nous entoure. Je rentrerai chez moi la semaine prochaine.
30 juillet.—Je suis revenu dans ma maison depuis hier. Tout va bien.
2 août.—Rien de nouveau; il fait un temps superbe. Je passe mes journées à regarder couler la Seine.
4 août.—Querelles parmi mes domestiques. Ils prétendent qu'on casse les verres, la nuit, dans les armoires. Le valet de chambre accuse la cuisinière, qui accuse la lingère, qui accuse les deux autres. Quel est le coupable? Bien fin qui le dirait?
6 août.—Cette fois, je ne suis pas fou. J'ai vu... j'ai vu... j'ai vu!... Je ne puis plus douter... j'ai vu!... J'ai encore froid jusque dans les ongles... j'ai encore peur jusque dans les moelles... j'ai vu!...
Je me promenais à deux heures, en plein soleil, dans mon parterre de rosiers... dans l'allée des rosiers d'automne qui commencent à fleurir.
Comme je m'arrêtais à regarder un géant des batailles, qui portait trois fleurs magnifiques, je vis, je vis distinctement, tout près de moi, la tige d'une de ces roses se plier, comme si une main invisible l'eût tordue, puis se casser comme si cette main l'eût cueillie! Puis la fleur s'éleva, suivant la courbe qu'aurait décrite un bras en la portant vers une bouche, et elle resta suspendue dans l'air transparent, toute seule, immobile, effrayante tache rouge à trois pas de mes yeux.
Éperdu, je me jetai sur elle pour la saisir! Je ne trouvai rien; elle avait disparu. Alors je fus pris d'une colère furieuse contre moi-même; car il n'est pas permis à un homme raisonnable et sérieux d'avoir de pareilles hallucinations.
Mais était-ce bien une hallucination? Je me retournai pour chercher la tige, et je la retrouvai immédiatement sur l'arbuste, fraîchement brisée, entre les deux autres roses demeurées à la branche.
Alors, je rentrai chez moi l'âme bouleversée; car je suis certain, maintenant, certain comme de l'alternance des jours et des nuits, qu'il existe près de moi un être invisible, qui se nourrit de lait et d'eau, qui peut toucher aux choses, les prendre et les changer de place, doué par conséquent d'une nature matérielle, bien qu'imperceptible pour nos sens, et qui habite comme moi, sous mon toit...
7 août.—J'ai dormi tranquille. Il a bu l'eau de ma carafe, mais n'a point troublé mon sommeil.
Je me demande si je suis fou. En me promenant, tantôt au grand soleil, le long de la rivière, des doutes me sont venus sur ma raison, non point des doutes vagues comme j'en avais jusqu'ici, mais des doutes précis, absolus. J'ai vu des fous; j'en ai connu qui restaient intelligents, lucides, clairvoyants même sur toutes les choses de la vie, sauf sur un point. Ils parlaient de tout avec clarté, avec souplesse, avec profondeur, et soudain leur pensée touchant l'écueil de leur folie, s'y déchirait en pièces, s'éparpillait et sombrait dans cet océan effrayant et furieux, plein de vagues bondissantes, de brouillards, de bourrasques, qu'on nomme «la démence».
Certes, je me croirais fou, absolument fou, si je n'étais conscient, si je ne connaissais parfaitement mon état, si je ne le sondais en l'analysant avec une complète lucidité. Je ne serais donc, en somme, qu'un halluciné raisonnant. Un trouble inconnu se serait produit dans mon cerveau, un de ces troubles qu'essayent de noter et de préciser aujourd'hui les physiologistes; et ce trouble aurait déterminé dans mon esprit, dans l'ordre et la logique de mes idées, une crevasse profonde. Des phénomènes semblables ont lieu dans le rêve qui nous promène à travers les fantasmagories les plus invraisemblables, sans que nous en soyions surpris, parce que l'appareil vérificateur, parce que le sens du contrôle est endormi; tandis que la faculté imaginative veille et travaille. Ne se peut-il pas qu'une des imperceptibles touches du clavier cérébral se trouve paralysée chez moi? Des hommes, à la suite d'accidents, perdent la mémoire des noms propres ou des verbes ou des chiffres, ou seulement des dates. Les localisations de toutes les parcelles de la pensée sont aujourd'hui prouvées. Or, quoi d'étonnant à ce que ma faculté de contrôler l'irréalité de certaines hallucinations, se trouve engourdie chez moi en moment!
Je songeais à tout cela en suivant le bord de l'eau. Le soleil couvrait de clarté la rivière, faisait la terre délicieuse, emplissait mon regard d'amour pour la vie, pour les hirondelles, dont l'agilité est une joie de mes yeux, pour les herbes de la rive, dont le frémissement est un bonheur de mes oreilles.
Peu à peu, cependant un malaise inexplicable me pénétrait. Une force, me semblait-il, une force occulte m'engourdissait, m'arrêtait, m'empêchait d'aller plus loin, me rappelait en arrière. J'éprouvais ce besoin douloureux de rentrer qui vous oppresse, quand on a laissé au logis un malade aimé, et que le pressentiment vous saisit d'une aggravation de son mal.
Donc, je revins malgré moi, sûr que j'allais trouver, dans ma maison, une mauvaise nouvelle, une lettre ou une dépêche. Il n'y avait rien; et je demeurai plus surpris et plus inquiet que si j'avais eu de nouveau quelque vision fantastique.
8 août.—J'ai passé hier une affreuse soirée. Il ne se manifeste plus, mais je le sens près de moi, m'épiant, me regardant, me pénétrant, me dominant et plus redoutable, en se cachant ainsi, que s'il signalait par des phénomènes surnaturels sa présence invisible et constante.
J'ai dormi, pourtant.
9 août.—Rien, mais j'ai peur.
10 août.—Rien; qu'arrivera-t-il demain?
11 août.—Toujours rien; je ne puis plus rester chez moi avec cette crainte et cette pensée entrées en mon âme; je vais partir.
12 août, 10 heures du soir.—Tout le jour j'ai voulu m'en aller; je n'ai pas pu. J'ai voulu accomplir cet acte de liberté si facile, si simple,—sortir—monter dans ma voiture pour gagner Rouen—je n'ai pas pu. Pourquoi?
13 août.—Quand on est atteint par certaines maladies, tous les ressorts de l'être physique semblent brisés, toutes les énergies anéanties, tous les muscles relâchés, les os devenus mous comme la chair et la chair liquide comme de l'eau. J'éprouve cela dans mon être moral d'une façon étrange et désolante. Je n'ai plus aucune force, aucun courage, aucune domination sur moi, aucun pouvoir même de mettre en mouvement ma volonté. Je ne peux plus vouloir; mais quelqu'un veut pour moi; et j'obéis.
14 août.—Je suis perdu! Quelqu'un possède mon âme et la gouverne! quelqu'un ordonne tous mes actes, tous mes mouvements, toutes mes pensées. Je ne suis plus rien en moi, rien qu'un spectateur esclave et terrifié de toutes les choses que j'accomplis. Je désire sortir. Je ne peux pas. Il ne veut pas; et je reste, éperdu, tremblant, dans le fauteuil où il me tient assis. Je désire seulement me lever, me soulever, afin de me croire encore maître de moi. Je ne peux pas! Je suis rivé à mon siège; et mon siège adhère au sol, de telle sorte qu'aucune force ne nous soulèverait.
Puis, tout d'un coup, il faut, il faut, il faut que j'aille au fond de mon jardin cueillir des fraises et les manger. Et j'y vais. Je cueille des fraises et je les mange! Oh! mon Dieu! Mon Dieu! Mon Dieu! Est-il un Dieu? S'il en est un, délivrez-moi, sauvez-moi! secourez-moi! Pardon! Pitié! Grâce! Sauvez-moi! Oh! quelle souffrance! quelle torture! quelle horreur!
15 août.—Certes, voilà comment était possédée et dominée ma pauvre cousine, quand elle est venue m'emprunter cinq mille francs. Elle subissait un vouloir étranger entré en elle, comme une autre âme, comme une autre âme parasite et dominatrice. Est-ce que le monde va finir?
Mais celui qui me gouverne, quel est-il, cet invisible? cet inconnaissable, ce rôdeur d'une race surnaturelle?
Donc les Invisibles existent! Alors, comment depuis l'origine du monde ne se sont-ils pas encore manifestés d'une façon précise comme ils le font pour moi? Je n'ai jamais rien lu qui ressemble à ce qui s'est passé dans ma demeure. Oh! si je pouvais la quitter, si je pouvais m'en aller, fuir et ne pas revenir. Je serais sauvé, mais je ne peux pas.
16 août.—J'ai pu m'échapper aujourd'hui pendant deux heures, comme un prisonnier qui trouve ouverte, par hasard, la porte de son cachot. J'ai senti que j'étais libre tout à coup et qu'il était loin. J'ai ordonné d'atteler bien vite et j'ai gagné Rouen. Oh! quelle joie de pouvoir dire à un homme qui obéit: «Allez à Rouen!»
Je me suis fait arrêter devant la bibliothèque et j'ai prié qu'on me prêtât le grand traité du docteur Hermann Herestauss sur les habitants inconnus du monde antique et moderne.
Puis, au moment de remonter dans mon coupé, j'ai voulu dire: «A la gare!» et j'ai crié,—je n'ai pas dit, j'ai crié—d'une voix si forte que les passants se sont retournés: «A la maison», et je suis tombé, affolé d'angoisse, sur le coussin de ma voiture. Il m'avait retrouvé et repris.
17 août.—Ah! Quelle nuit! quelle nuit! Et pourtant il me semble que je devrais me réjouir. Jusqu'à une heure du matin, j'ai lu! Hermann Herestauss, docteur en philosophie et en théogonie, a écrit l'histoire et les manifestations de tous les êtres invisibles rôdant autour de l'homme ou rêvés par lui. Il décrit leurs origines, leur domaine, leur puissance. Mais aucun d'eux ne ressemble à celui qui me hante. On dirait que l'homme, depuis qu'il pense, a pressenti et redouté un être nouveau, plus fort que lui, son successeur en ce monde, et que, le sentant proche et ne pouvant prévoir la nature de ce maître, il a créé, dans sa terreur, tout le peuple fantastique des êtres occultes, fantômes vagues nés de la peur.
Donc, ayant lu jusqu'à une heure du matin, j'ai été m'asseoir ensuite auprès de ma fenêtre ouverte pour rafraîchir mon front et ma pensée au vent calme de l'obscurité.
Il faisait bon, il faisait tiède! Comme j'aurais aimé cette nuit-là autrefois!
Pas de lune. Les étoiles avaient au fond du ciel noir des scintillements frémissants. Qui habite ces mondes? Quelles formes, quels vivants, quels animaux, quelles plantes sont là-bas? Ceux qui pensent dans ces univers lointains, que savent-ils plus que nous? Que peuvent-ils plus que nous? Que voient-ils que nous ne connaissons point? Un d'eux, un jour ou l'autre, traversant l'espace, n'apparaîtra-t-il pas sur notre terre pour la conquérir, comme les Normands jadis traversaient la mer pour asservir des peuples plus faibles.
Nous sommes si infirmes, si désarmés, si ignorants, si petits, nous autres, sur ce grain de boue qui tourne délayé dans une goutte d'eau.
Je m'assoupis en rêvant ainsi au vent frais du soir.
Or, ayant dormi environ quarante minutes, je rouvris les yeux sans faire un mouvement, réveillé par je ne sais quelle émotion confuse et bizarre. Je ne vis rien d'abord, puis, tout à coup, il me sembla qu'une page du livre resté ouvert sur ma table venait de tourner toute seule. Aucun souffle d'air n'était entré par ma fenêtre. Je fus surpris et j'attendis. Au bout de quatre minutes environ, je vis, je vis, oui, je vis de mes yeux une autre page se soulever et se rabattre sur la précédente, comme si un doigt l'eût feuilletée. Mon fauteuil était vide, semblait vide; mais je compris qu'il était là, lui, assis à ma place, et qu'il lisait. D'un bond furieux, d'un bond de bête révoltée, qui va éventrer son dompteur, je traversai ma chambre pour le saisir, pour l'étreindre, pour le tuer!... Mais mon siège, avant que je l'eusse atteint, se renversa comme si on eût fui devant moi... ma table oscilla, ma lampe tomba et s'éteignit, et ma fenêtre se ferma comme si un malfaiteur surpris se fût élancé dans la nuit, en prenant à pleines mains les battants.
Donc, il s'était sauvé; il avait eu peur, peur de moi, lui!
Alors,... alors... demain... ou après,... ou un jour quelconque,... je pourrai donc le tenir sous mes poings, et l'écraser contre le sol! Est-ce que les chiens, quelquefois, ne mordent point et n'étranglent pas leurs maîtres?
18 août.—J'ai songé toute la journée. Oh! oui, je vais lui obéir, suivre ses impulsions, accomplir toutes ses volontés, me faire humble, soumis, lâche. Il est le plus fort. Mais une heure viendra...
19 août.—Je sais... je sais... je sais tout! Je viens de lire ceci dans la Revue du Monde Scientifique: «Une nouvelle assez curieuse nous arrive de Rio de Janeiro. Une folie, une épidémie de folie, comparable aux démences contagieuses qui atteignirent les peuples d'Europe au moyen âge, sévit en ce moment dans la province de San-Paulo. Les habitants éperdus quittent leurs maisons, désertent leurs villages, abandonnent leurs cultures, se disant poursuivis, possédés, gouvernés comme un bétail humain par des êtres invisibles bien que tangibles, des sortes de vampires qui se nourrissent de leur vie, pendant leur sommeil, et qui boivent en outre de l'eau et du lait sans paraître toucher à aucun autre aliment.
«M. le professeur Don Pedro Henriquez, accompagné de plusieurs savants médecins, est parti pour la province de San-Paulo, afin d'étudier sur place les origines et les manifestations de cette surprenante folie, et de proposer à l'Empereur les mesures qui lui paraîtront le plus propres à rappeler à la raison ces populations en délire.»
Ah! Ah! je me rappelle, je me rappelle le beau trois-mâts brésilien qui passa sous mes fenêtres en remontant la Seine, le 8 mai dernier! Je le trouvai si joli, si blanc, si gai! L'Être était dessus, venant de là-bas, où sa race est née! Et il m'a vu! Il a vu ma demeure blanche aussi; et il a sauté du navire sur la rive. Oh! mon Dieu!
A présent, je sais, je devine. Le règne de l'homme est fini.
Il est venu, Celui que redoutaient les premières terreurs des peuples naïfs, Celui qu'exorcisaient les prêtres inquiets, que les sorciers évoquaient par les nuits sombres, sans le voir apparaître encore, à qui les pressentiments des maîtres passagers du monde prêtèrent toutes les formes monstrueuses ou gracieuses des gnomes, des esprits, des génies, des fées, des farfadets. Après les grossières conceptions de l'épouvante primitive, des hommes plus perspicaces l'ont pressenti plus clairement. Mesmer l'avait deviné, et les médecins, depuis dix ans déjà, ont découvert, d'une façon précise, la nature de sa puissance avant qu'il l'eut exercée lui-même. Ils ont joué avec cette arme du Seigneur nouveau, la domination d'un mystérieux vouloir sur l'âme humaine devenue esclave. Ils ont appelé cela magnétisme, hypnotisme, suggestion... que sais-je? Je les ai vus s'amuser comme des enfants imprudents avec cette horrible puissance! Malheur à nous! Malheur à l'homme! Il est venu, le... le... comment se nomme-t-il... le... il me semble qu'il me crie son nom, et je ne l'entends pas... le... oui... il le crie... J'écoute... je ne peux pas... répète... le... Horla... J'ai entendu... le Horla... c'est lui... le Horla... il est venu!...
Ah! le vautour a mangé la colombe, le loup a mangé le mouton; le lion a dévoré le buffle aux cornes aiguës; l'homme a tué le lion avec la flèche, avec le glaive, avec la poudre; mais le Horla va faire de l'homme ce que nous avons fait du cheval et du boeuf: sa chose, son serviteur et sa nourriture, par la seule puissance de sa volonté. Malheur à nous!
Pourtant, l'animal, quelquefois, se révolte et tue celui qui l'a dompté... moi aussi je veux... je pourrai... mais il faut le connaître, le toucher, le voir! Les savants disent que l'oeil de la bête, différent du nôtre, ne distingue point comme le nôtre... Et mon oeil à moi ne peut distinguer le nouveau venu qui m'opprime.
Pourquoi? Oh! je me rappelle à présent les paroles du moine du mont Saint-Michel: «Est-ce que nous voyons la cent-millième partie de ce qui existe? Tenez, voici le vent qui est la plus grande force de la nature, qui renverse les hommes, abat les édifices, déracine les arbres, soulève la mer en montagnes d'eau, détruit les falaises et jette aux brisants les grands navires, le vent qui tue, qui siffle, qui gémit, qui mugit, l'avez-vous vu et pouvez-vous le voir: Il existe pourtant!»
Et je songeais encore: mon oeil est si faible, si imparfait, qu'il ne distingue même point les corps durs, s'ils sont transparents comme le verre!... Qu'une glace sans tain barre mon chemin, il me jette dessus comme l'oiseau entré dans une chambre se casse la tête aux vitres. Mille choses en outre le trompent et l'égarent? Quoi d'étonnant, alors, à ce qu'il ne sache point apercevoir un corps nouveau que la lumière traverse.
Un être nouveau! pourquoi pas? Il devait venir assurément! pourquoi serions-nous les derniers? Nous ne le distinguons point, ainsi que tous les autres créés avant nous? C'est que sa nature est plus parfaite, son corps plus fin et plus fini que le nôtre, que le nôtre si faible, si maladroitement conçu, encombré d'organes toujours fatigués, toujours forcés comme des ressorts trop complexes, que le nôtre, qui vit comme une plante et comme une bête, en se nourrissant péniblement d'air, d'herbe et de viande, machine animale en proie aux maladies, aux déformations, aux putréfactions, poussive, mal réglée, naïve et bizarre, ingénieusement mal faite, oeuvre grossière et délicate, ébauche d'être qui pourrait devenir intelligent et superbe.
Nous sommes quelques-uns, si peu sur ce monde, depuis l'huître jusqu'à l'homme. Pourquoi pas un de plus, une fois accomplie la période qui sépare les apparitions successives de toutes les espèces diverses?
Pourquoi pas un de plus? Pourquoi pas aussi d'autres arbres aux fleurs immenses, éclatantes et parfumant des régions entières? Pourquoi pas d'autres éléments que le feu, l'air, la terre et l'eau?—Ils sont quatre, rien que quatre, ces pères nourriciers des êtres! Quelle pitié! Pourquoi ne sont-ils pas quarante, quatre cents, quatre mille! Comme tout est pauvre, mesquin, misérable! avarement donné, sèchement inventé, lourdement fait! Ah! l'éléphant, l'hippopotame, que de grâce! Le chameau, que d'élégance!
Mais, direz-vous, le papillon! une fleur qui vole! J'en rêve un qui serait grand comme cent univers, avec des ailes dont je ne puis même exprimer la forme, la beauté, la couleur et le mouvement. Mais je le vois... il va d'étoile en étoile, les rafraîchissant et les embaumant au souffle harmonieux et léger de sa course!... Et les peuples de là-haut le regardent passer, extasiés et ravis!...
Qu'ai-je donc? C'est lui, lui, le Horla, qui me hante, qui me fait penser ces folies! Il est en moi, il devient mon âme; je le tuerai!
19 août.—Je le tuerai. Je l'ai vu! je me suis assis hier soir, à ma table; et je fis semblant d'écrire avec une grande attention. Je savais bien qu'il viendrait rôder autour de moi, tout près, si près que je pourrais peut-être le toucher, le saisir? Et alors!... alors, j'aurais la force des désespérés; j'aurais mes mains, mes genoux, ma poitrine, mon front, mes dents pour l'étrangler, l'écraser, le mordre, le déchirer.
Et je le guettais avec tous mes organes surexcités.
J'avais allumé mes deux lampes et les huit bougies de ma cheminée, comme si j'eusse pu, dans cette clarté, le découvrir.
En face de moi, mon lit, un vieux lit de chêne à colonnes; à droite, ma cheminée; à gauche, ma porte fermée avec soin, après l'avoir laissée longtemps ouverte, afin de l'attirer; derrière moi, une très haute armoire à glace, qui me servait chaque jour, pour me raser, pour m'habiller, et où j'avais coutume de me regarder, de la tête aux pieds, chaque fois que je passais devant.
Donc, je faisais semblant d'écrire, pour le tromper, car il m'épiait lui aussi; et soudain, je sentis, je fus certain qu'il lisait par-dessus mon épaule, qu'il était là, frôlant mon oreille.
Je me dressai, les mains tendues, en me tournant si vite que je faillis tomber. Eh! bien?... on y voyait comme en plein jour, et je ne me vis pas dans ma glace!... Elle était vide, claire, profonde, pleine de lumière! Mon image n'était pas dedans... et j'étais en face, moi! Je voyais le grand verre limpide du haut en bas. Et je regardais cela avec des yeux affolés; et je n'osais plus avancer, je n'osais plus faire un mouvement, sentant bien pourtant qu'il était là, mais qu'il m'échapperait encore, lui dont le corps imperceptible avait dévoré mon reflet.
Comme j'eus peur! Puis voilà que tout à coup je commençai à m'apercevoir dans une brume, au fond du miroir, dans une brume comme à travers une nappe d'eau; et il me semblait que cette eau glissait de gauche à droite, lentement, rendant plus précise mon image, de seconde en seconde. C'était comme la fin d'une éclipse. Ce qui me cachait ne paraissait point posséder de contours nettement arrêtés, mais une sorte de transparence opaque, s'éclaircissant peu à peu.
Je pus enfin me distinguer complètement, ainsi que je le fais chaque jour en me regardant.
Je l'avais vu! L'épouvante m'en est restée, qui me fait encore frissonner.
20 août.—Le tuer, comment? puisque je ne peux l'atteindre? Le poison? mais il me verrait le mêler à l'eau; et nos poisons, d'ailleurs, auraient-ils un effet sur son corps imperceptible? Non... non... sans aucun doute... Alors?... alors?...
21 août.—J'ai fait venir un serrurier de Rouen, et lui ai commandé pour ma chambre des persiennes de fer, comme en ont, à Paris, certains hôtels particuliers, au rez-de-chaussée, par crainte des voleurs. Il me fera, en outre, une porte pareille. Je me suis donné pour un poltron, mais je m'en moque!...
10 septembre.—Rouen, hôtel continental. C'est fait... c'est fait... mais est-il mort? J'ai l'âme bouleversée de ce que j'ai vu.
Hier donc, le serrurier ayant posé ma persienne et ma porte de fer, j'ai laissé tout ouvert jusqu'à minuit, bien qu'il commençât à faire froid.
Tout à coup, j'ai senti qu'il était là, et une joie, une joie folle m'a saisi. Je me suis levé lentement, et j'ai marché à droite, à gauche, longtemps pour qu'il ne devinât rien; puis j'ai ôté mes bottines et mis mes savates avec négligence; puis j'ai fermé ma persienne de fer, et revenant à pas tranquilles vers la porte, j'ai fermé la porte aussi à double tour. Retournant alors vers la fenêtre, je la fixai par un cadenas, dont je mis la clef dans ma poche.
Tout à coup, je compris qu'il s'agitait autour de moi, qu'il avait peur à son tour, qu'il m'ordonnait de lui ouvrir. Je faillis céder; je ne cédai pas, mais m'adossant à la porte, je l'entre-bâillai, tout juste assez pour passer, moi, à reculons; et comme je suis très grand ma tête touchait au linteau. J'étais sûr qu'il n'avait pu s'échapper et je l'enfermai, tout seul, tout seul! Quelle joie! Je le tenais! Alors, je descendis, en courant; je pris dans mon salon, sous ma chambre, mes deux lampes et je renversai toute l'huile sur le tapis, sur les meubles, partout; puis j'y mis le feu, et je me sauvai, après avoir bien refermé, à double tour, la grande porte d'entrée.
Et j'allai me cacher au fond de mon jardin, dans un massif de lauriers. Comme ce fut long! comme ce fut long! Tout était noir, muet, immobile; pas un souffle d'air, pas une étoile, des montagnes de nuages qu'on ne voyait point, mais qui pesaient sur mon âme si lourds, si lourds.
Je regardais ma maison, et j'attendais. Comme ce fut long! Je croyais déjà que le feu s'était éteint tout seul, ou qu'il l'avait éteint, Lui, quand une des fenêtres d'en bas creva sous la poussée de l'incendie, et une flamme, une grande flamme rouge et jaune, longue, molle, caressante, monta le long du mur blanc et le baisa jusqu'au toit. Une lueur courut dans les arbres, dans les branches, dans les feuilles, et un frisson, un frisson de peur aussi! Les oiseaux se réveillaient; un chien se mit à hurler; il me sembla que le jour se levait! Deux autres fenêtres éclatèrent aussitôt, et je vis que tout le bas de ma demeure n'était plus qu'un effrayant brasier. Mais un cri, un cri horrible, suraigu, déchirant, un cri de femme passa dans la nuit, et deux mansardes s'ouvrirent! J'avais oublié mes domestiques! Je vis leurs faces affolées, et leurs bras qui s'agitaient!...
Alors, éperdu d'horreur, je me mis à courir vers le village en hurlant: «Au secours! au secours! au feu! au feu!» Je rencontrai des gens qui s'en venaient déjà et je retournai avec eux, pour voir!
La maison, maintenant, n'était plus qu'un bûcher horrible et magnifique, un bûcher monstrueux, éclairant toute la terre, un bûcher où brûlaient des hommes, et où il brûlait aussi, Lui, Lui, mon prisonnier, l'Être nouveau, le nouveau maître, le Horla!
Soudain le toit tout entier s'engloutit entre les murs, et un volcan de flammes jaillit jusqu'au ciel. Par toutes les fenêtres ouvertes sur la fournaise, je voyais la cuve de feu, et je pensais qu'il était là, dans ce four, mort...
—Mort? Peut-être?... Son corps? son corps que le jour traversait n'était-il pas indestructible par les moyens qui tuent les nôtres?
S'il n'était pas mort?... seul peut-être le temps a prise sur l'Être Invisible et Redoutable. Pourquoi ce corps transparent, ce corps inconnaissable, ce corps d'Esprit, s'il devait craindre, lui aussi, les maux, les blessures, les infirmités, la destruction prématurée?
La destruction prématurée? toute l'épouvante humaine vient d'elle! Après l'homme le Horla.—Après celui qui peut mourir tous les jours, à toutes les heures, à toutes les minutes, par tous les accidents, est venu celui qui ne doit mourir qu'à son jour, à son heure, à sa minute, parce qu'il a touché la limite de son existence!
Non... non... sans aucun doute, sans aucun doute... il n'est pas mort... Alors... alors... il va donc falloir que je me tue moi!...