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Gilman · El papel pintado amarillo · 0 %

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Primera publicación
The New England Magazine, Boston, enero de 1892
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The Yellow Wall Paper, Boston, Small, Maynard & Company, 1901 (reimpresión de The New England Magazine, enero de 1892), según la transcripción con facsímil de Wikisource

El papel pintado amarillo

Es muy raro que gente corriente y moliente como John y yo consiga casas solariegas para el verano.

Una mansión colonial, una heredad, yo diría que una casa encantada, y alcanzar así la cima de la felicidad romántica, ¡pero eso sería pedirle demasiado al destino!

Aun así, declararé con orgullo que hay algo raro en ella.

Si no, ¿por qué iban a alquilarla tan barata? ¿Y por qué ha estado tanto tiempo sin inquilinos?

John se ríe de mí, claro, pero eso es de esperar en un matrimonio.

John es práctico hasta el extremo. No tiene paciencia con la fe, siente un intenso horror por la superstición y se burla abiertamente de cualquier conversación sobre cosas que no se puedan sentir y ver y poner en cifras.

John es médico, y quizá —⁠(no se lo diría a nadie vivo, claro, pero esto es papel muerto y un gran alivio para mi mente)⁠— quizá sea esa una de las razones de que no me cure más deprisa.

Verán: ¡no cree que yo esté enferma!

¿Y qué puede hacer una?

Si un médico de prestigio, y el propio marido de una, asegura a amigos y parientes que a una no le pasa en realidad nada salvo una depresión nerviosa pasajera —⁠una ligera tendencia histérica⁠—, ¿qué va a hacer una?

Mi hermano también es médico, y también de prestigio, y dice lo mismo.

Así que tomo fosfatos o fosfitos —⁠lo que sea⁠— y tónicos, y viajes, y aire, y ejercicio, y tengo absolutamente prohibido «trabajar» hasta que vuelva a estar bien.

Personalmente, no estoy de acuerdo con sus ideas.

Personalmente, creo que un trabajo grato, con emoción y cambio, me sentaría bien.

Pero ¿qué va a hacer una?

Escribí durante un tiempo a pesar de ellos; pero sí que me agota bastante: tener que hacerlo a escondidas o, si no, enfrentarme a una fuerte oposición.

A veces me figuro que, en mi estado, si tuviera menos oposición y más compañía y estímulo…, pero John dice que lo peor que puedo hacer es pensar en mi estado, y confieso que siempre me hace sentir mal.

Así que lo dejaré estar y hablaré de la casa.

¡Un lugar bellísimo! Está muy aislada, bien retirada de la carretera, a sus buenas tres millas del pueblo. Me hace pensar en esas casas inglesas de las que una lee, porque hay setos y muros y verjas que se cierran con llave, y un montón de casitas aparte para los jardineros y la gente.

¡Hay un jardín delicioso! Nunca vi un jardín así: grande y umbrío, lleno de senderos bordeados de boj y flanqueado de largas pérgolas cubiertas de parras con bancos debajo.

También había invernaderos, pero ahora están todos rotos.

Hubo algún problema legal, creo, algo sobre los herederos y coherederos; en cualquier caso, la casa lleva años vacía.

Eso me estropea el toque fantasmal, me temo; pero no me importa: hay algo extraño en la casa, lo noto.

Incluso se lo dije a John una noche de luna, pero él dijo que lo que yo notaba era una corriente de aire, y cerró la ventana.

A veces me enfado con John más de lo razonable. Estoy segura de que antes no era tan sensible. Creo que se debe a este estado nervioso.

Pero John dice que, si me siento así, descuidaré el debido dominio de mí misma; así que me esfuerzo por dominarme —⁠delante de él, al menos⁠—, y eso me cansa mucho.

Nuestro cuarto no me gusta nada. Yo quería uno de abajo que daba al porche y tenía rosas por toda la ventana, ¡y unas cortinas de cretona tan bonitas y antiguas! Pero John no quiso ni oír hablar de ello.

Dijo que solo tenía una ventana y no cabían dos camas, y que no había ningún cuarto cerca para él si se quedaba con otro.

Es muy cuidadoso y cariñoso, y apenas me deja moverme sin indicaciones concretas.

Tengo una prescripción con horario para cada hora del día; él me quita todas las preocupaciones, y por eso me siento vilmente desagradecida por no valorarlo más.

Dijo que habíamos venido aquí solo por mí, que yo debía tener reposo absoluto y todo el aire que pudiera. «Tu ejercicio depende de tus fuerzas, querida —⁠dijo⁠—, y tu comida, en parte, de tu apetito; pero aire puedes absorber todo el tiempo». Así que nos quedamos con el cuarto de los niños, en lo alto de la casa.

Es una habitación grande y aireada, casi toda la planta, con ventanas que miran a todas partes, y aire y sol a raudales. Fue primero cuarto de los niños y luego sala de juegos y gimnasio, diría yo; porque las ventanas tienen barrotes para los niños pequeños, y hay anillas y cosas en las paredes.

La pintura y el papel parecen como si los hubiera usado un colegio de chicos. Está arrancado —⁠el papel⁠— a grandes trozos alrededor de la cabecera de mi cama, hasta donde llego con la mano, y en un gran espacio al otro lado del cuarto, abajo. En mi vida vi un papel peor.

Uno de esos dibujos desparramados y rimbombantes que cometen todos los pecados artísticos.

Es lo bastante apagado como para confundir la vista al seguirlo, lo bastante marcado como para irritar constantemente e incitar al estudio, y cuando una sigue un trecho las curvas cojas e inciertas, de pronto se suicidan: se precipitan en ángulos escandalosos, se destruyen en contradicciones inauditas.

El color es repelente, casi repugnante; un amarillo sucio, de rescoldo, extrañamente desvaído por el lento girar de la luz del sol.

En algunos sitios es un naranja apagado pero chillón; en otros, un tono enfermizo de azufre.

¡No me extraña que los niños lo odiaran! Yo misma lo odiaría si tuviera que vivir mucho tiempo en este cuarto.

Ahí viene John, y tengo que guardar esto: detesta que escriba una sola palabra.


Llevamos aquí dos semanas y no había tenido ganas de escribir desde aquel primer día.

Ahora estoy sentada junto a la ventana, arriba, en este atroz cuarto de los niños, y nada me impide escribir cuanto quiera, salvo la falta de fuerzas.

John está fuera todo el día, e incluso algunas noches, cuando sus casos son graves.

¡Me alegro de que mi caso no sea grave!

Pero estos trastornos nerviosos son terriblemente deprimentes.

John no sabe cuánto sufro en realidad. Sabe que no hay motivo para sufrir, y con eso le basta.

Claro que solo son nervios. ¡Me pesa tanto no cumplir con mi deber en nada!

Yo quería ser una ayuda para John, un verdadero descanso y consuelo, ¡y aquí estoy, ya convertida en una carga relativa!

Nadie creería el esfuerzo que me cuesta lo poco que soy capaz de hacer: vestirme, atender visitas y dar órdenes.

Es una suerte que Mary sea tan buena con el bebé. ¡Qué encanto de bebé!

Y, sin embargo, no puedo estar con él, me pone muy nerviosa.

Supongo que John no ha estado nervioso en su vida. ¡Cómo se ríe de mí por lo de este papel pintado!

Al principio pensaba volver a empapelar el cuarto, pero después dijo que estaba dejando que me dominara, y que nada era peor para una enferma de nervios que ceder a semejantes fantasías.

Dijo que, después de cambiar el papel pintado, sería la pesada cama, y luego las ventanas con barrotes, y luego esa verja de lo alto de la escalera, y así sucesivamente.

«Sabes que este sitio te está sentando bien —⁠dijo⁠—, y la verdad, querida, no me apetece renovar la casa por un alquiler de tres meses».

«Entonces vayámonos abajo —⁠dije⁠—, allí hay unos cuartos tan bonitos».

Entonces me tomó en sus brazos y me llamó su bendita tontina, y dijo que bajaríamos al sótano si yo quería, y que, de propina, lo haría encalar.

Pero tiene mucha razón en lo de las camas y las ventanas y todo eso.

Es un cuarto tan aireado y cómodo como cualquiera pudiera desear y, por supuesto, no sería tan tonta como para incomodarlo solo por un capricho.

La verdad es que le estoy tomando bastante cariño al cuarto grande, salvo a ese horrible papel.

Por una ventana veo el jardín, esas misteriosas pérgolas de sombra espesa, las flores antiguas y desenfrenadas, y arbustos y árboles nudosos.

Por otra tengo una preciosa vista de la bahía y de un pequeño embarcadero privado que pertenece a la finca. Hay un hermoso sendero umbrío que baja hasta allí desde la casa. Siempre me figuro que veo gente paseando por estos numerosos senderos y pérgolas, pero John me ha advertido que no ceda a la fantasía lo más mínimo. Dice que, con mi imaginación y mi costumbre de inventar historias, una debilidad nerviosa como la mía llevará por fuerza a toda clase de fantasías exaltadas, y que debería usar la voluntad y el sentido común para frenar esa tendencia. Así que lo intento.

A veces pienso que, si estuviera lo bastante bien como para escribir un poco, me aliviaría la presión de las ideas y me descansaría.

Pero descubro que me canso bastante cuando lo intento.

Es tan desalentador no tener ningún consejo ni compañía en mi trabajo. Cuando esté bien de verdad, John dice que invitaremos al primo Henry y a Julia a pasar una larga temporada; pero dice que antes pondría fuegos artificiales en mi funda de almohada que dejar que esa gente tan estimulante anduviera ahora cerca de mí.

Ojalá me curase más deprisa.

Pero no debo pensar en eso. ¡A mí este papel me da la impresión de que sabe la perversa influencia que tiene!

Hay un punto recurrente donde el dibujo cuelga como un cuello roto y dos ojos bulbosos miran fijamente a una, cabeza abajo.

Me enfadé de verdad con su impertinencia y su eternidad. Arriba y abajo y de lado reptan, y esos ojos absurdos, que nunca parpadean, están por todas partes. Hay un sitio donde dos paños no casaban, y los ojos suben y bajan a lo largo de la línea, uno un poco más alto que el otro.

Nunca había visto tanta expresión en una cosa inanimada, ¡y todos sabemos cuánta expresión tienen! De niña me quedaba despierta en la cama y sacaba más diversión y más terror de las paredes desnudas y los muebles lisos de lo que la mayoría de los niños encontraría en una juguetería.

Recuerdo qué guiño tan amable solían tener los tiradores de nuestra vieja cómoda grande, y había una silla que siempre parecía un amigo fuerte.

Sentía que, si cualquiera de las otras cosas se ponía demasiado feroz, siempre podía saltar a esa silla y estar a salvo.

Los muebles de este cuarto, sin embargo, no tienen más defecto que desentonar, porque tuvimos que subirlos todos de abajo. Supongo que, cuando esto se usó como sala de juegos, tuvieron que sacar las cosas del cuarto de los niños, ¡y no me extraña! Nunca vi unos estragos como los que han hecho aquí los niños.

El papel pintado, como he dicho antes, está arrancado a trozos, y se pega más que un hermano:1 debieron de tener perseverancia además de odio.

Luego el suelo está arañado y agujereado y astillado, el propio yeso está excavado aquí y allá, y esta cama grande y pesada, que es lo único que encontramos en el cuarto, parece haber pasado por una guerra.

Pero no me importa nada, solo el papel.

Ahí viene la hermana de John. ¡Qué encanto de chica es, y qué atenta conmigo! No debo dejar que me encuentre escribiendo.

Es un ama de casa perfecta, entusiasta, y no aspira a mejor profesión. ¡Creo de veras que piensa que fue la escritura lo que me puso enferma!

Pero puedo escribir cuando ella sale, y verla desde muy lejos por estas ventanas.

Hay una que domina la carretera, una carretera preciosa, umbría y sinuosa, y otra que solo da al campo. Un campo precioso, también, lleno de grandes olmos y prados de terciopelo.

Este papel pintado tiene una especie de dibujo secundario en otro tono, uno particularmente irritante, porque solo se ve con ciertas luces, y ni siquiera entonces con claridad.

Pero en los sitios donde no está desvaído, y donde el sol da justo así, veo una figura extraña, provocadora, como sin forma, que parece merodear enfurruñada por detrás de ese dibujo delantero, tonto y llamativo.

¡Ahí está la hermana, en la escalera!


¡Bueno, ya pasó el Cuatro de Julio! La gente se ha ido toda y estoy agotada. John pensó que me sentaría bien ver un poco de compañía, así que tuvimos a mamá y a Nellie y a los niños una semana.

Por supuesto, yo no hice nada. Ahora Jennie se ocupa de todo.

Pero me cansó de todos modos.

John dice que, si no me recupero más deprisa, me mandará con Weir Mitchell en otoño.2

Pero yo no quiero ir allí en absoluto. Tuve una amiga que estuvo en sus manos una vez, ¡y dice que es igual que John y que mi hermano, solo que más!

Además, es toda una empresa ir tan lejos.

No siento que valga la pena mover un dedo por nada, y me estoy volviendo terriblemente irritable y quejumbrosa.

Lloro por nada, y lloro casi todo el tiempo.

Claro que no lo hago cuando John está aquí, ni nadie más, sino cuando estoy sola.

Y ahora estoy sola buena parte del tiempo. A John lo retienen en la ciudad muy a menudo casos graves, y Jennie es buena y me deja en paz cuando quiero.

Así que camino un poco por el jardín o bajo por ese sendero precioso, me siento en el porche bajo las rosas, y me tumbo aquí arriba mucho rato.

Le estoy tomando cariño de verdad al cuarto, a pesar del papel pintado. Quizá por el papel pintado.

¡Se me queda tanto en la cabeza!

Me tumbo aquí, en esta cama enorme e inamovible —⁠está clavada al suelo, creo⁠—, y sigo ese dibujo durante horas. Es tan bueno como la gimnasia, se lo aseguro. Empiezo, digamos, por abajo, en ese rincón de allí donde no lo han tocado, y decido por milésima vez que voy a seguir ese dibujo sin sentido hasta alguna clase de conclusión.

Sé un poco de los principios del diseño, y sé que esta cosa no se organizó según ninguna ley de radiación, ni de alternancia, ni de repetición, ni de simetría, ni de nada que yo haya oído nunca.

Se repite, claro, por paños, pero no de otro modo.

Mirado de cierta manera, cada paño está solo; las curvas hinchadas y las florituras —⁠una especie de «románico degenerado» con delirium tremens— suben y bajan contoneándose en columnas aisladas de fatuidad.

Pero, por otro lado, se conectan en diagonal, y los contornos desparramados se escapan en grandes olas oblicuas de horror óptico, como un montón de algas revolcándose en plena persecución.

El conjunto va también en horizontal, al menos eso parece, y me agoto intentando distinguir el orden de su marcha en esa dirección.

Han usado un paño horizontal como friso, y eso aumenta maravillosamente la confusión.

Hay un extremo del cuarto donde está casi intacto, y allí, cuando las luces cruzadas se apagan y el sol bajo le da de lleno, casi puedo figurarme una radiación, después de todo: los interminables grotescos parecen formarse en torno a un centro común y salir disparados en zambullidas precipitadas de igual distracción.

Me cansa seguirlo. Me echaré una siesta, supongo.


No sé por qué tendría que escribir esto.

No quiero.

No me siento capaz.

Y sé que John lo encontraría absurdo. Pero tengo que decir lo que siento y pienso de alguna manera: ¡es un alivio tan grande!

Pero el esfuerzo está llegando a ser mayor que el alivio.

La mitad del tiempo ahora estoy tremendamente perezosa, y me tumbo muchísimo.

John dice que no debo perder fuerzas, y me hace tomar aceite de hígado de bacalao y montones de tónicos y cosas, por no hablar de cerveza y vino y carne poco hecha.

¡Querido John! Me quiere muchísimo y detesta que esté enferma. Traté de tener con él una conversación seria, sincera y razonable el otro día, y decirle cuánto deseaba que me dejara ir a hacer una visita al primo Henry y a Julia.

Pero dijo que no estaba en condiciones de ir, ni de soportarlo una vez allí; y yo no defendí muy bien mi causa, porque estaba llorando antes de terminar.

Me está costando un gran esfuerzo pensar con claridad. Solo esta debilidad nerviosa, supongo.

Y el querido John me recogió en sus brazos, y sin más me subió en volandas y me dejó en la cama, y se sentó a mi lado y me leyó hasta que me cansó la cabeza.

Dijo que yo era su tesoro y su consuelo y todo lo que tenía, y que debía cuidarme por él, y ponerme bien.

Dice que nadie más que yo puede sacarme de esto, que debo usar la voluntad y el dominio de mí misma y no dejar que mis tontas fantasías se me desboquen.

Hay un consuelo: el bebé está bien y contento, y no tiene que ocupar este cuarto de los niños con el horrible papel pintado.

¡Si no lo hubiéramos usado nosotros, lo habría hecho esa bendita criatura! ¡De buena se ha librado! Vaya, no dejaría por nada del mundo que un hijo mío, una cosita impresionable, viviera en un cuarto así.

Nunca lo había pensado, pero es una suerte que John me tuviera aquí, después de todo. Yo puedo soportarlo mucho mejor que un bebé, ya ven.

Claro que ya no se lo menciono nunca —⁠soy demasiado lista⁠—, pero lo vigilo de todos modos.

Hay cosas en ese papel que nadie sabe más que yo, ni sabrá nunca.

Detrás de ese dibujo exterior, las formas borrosas se ven más claras cada día.

Es siempre la misma forma, solo que muy numerosa.

Y es como una mujer agachada que se arrastra por detrás de ese dibujo. No me gusta nada. Me pregunto…, empiezo a pensar…, ¡ojalá John me sacara de aquí!


Es tan difícil hablar con John de mi caso, porque es tan sabio, y porque me quiere tanto.

Pero lo intenté anoche.

Había luz de luna. La luna entra por todas partes, igual que el sol.

A veces odio verla: se arrastra tan despacio, y siempre entra por una ventana u otra.

John dormía y me daba pena despertarlo, así que me quedé quieta y miré la luz de la luna sobre ese papel pintado ondulante hasta que se me puso la carne de gallina.

La figura tenue de detrás parecía sacudir el dibujo, como si quisiera salir.

Me levanté sin hacer ruido y fui a tocar y a ver si el papel se movía de verdad, y cuando volví John estaba despierto.

«¿Qué pasa, pequeña? —⁠dijo⁠—. No andes por ahí de esa manera, te vas a enfriar».

Pensé que era un buen momento para hablar, así que le dije que aquí de verdad no mejoraba, y que deseaba que me llevara a otro sitio.

«¡Pero, cariño! —⁠dijo⁠—. Nuestro alquiler termina dentro de tres semanas, y no veo cómo irnos antes.

»Las reparaciones de casa no están terminadas, y me es imposible dejar la ciudad ahora mismo. Claro que, si corrieras algún peligro, podría y lo haría, pero de verdad que estás mejor, querida, lo veas tú o no. Soy médico, querida, y lo sé. Estás ganando carnes y color, tienes más apetito. De verdad que estoy mucho más tranquilo respecto a ti».

«No peso ni un poco más —⁠dije⁠—, ni siquiera lo mismo; y puede que mi apetito sea mejor por la tarde, cuando estás tú aquí, pero es peor por la mañana, cuando no estás».

«¡Bendito sea su corazoncito! —⁠dijo con un gran abrazo⁠—. Que esté todo lo enferma que quiera. Pero ahora aprovechemos las horas luminosas yéndonos a dormir,3 y hablemos de ello por la mañana».

«¿Y no te irás?», pregunté sombríamente.

«Pero ¿cómo voy a irme, querida? Son solo tres semanas más y luego haremos un bonito viajecito de unos días mientras Jennie prepara la casa. ¡De verdad, querida, estás mejor!».

«Mejor del cuerpo, quizá…», empecé, y me detuve en seco, porque se incorporó y me miró con una expresión tan severa y llena de reproche que no pude decir una palabra más.

«Tesoro mío —⁠dijo⁠—, te ruego, por mí y por nuestro hijo, y también por ti misma, ¡que nunca, ni por un instante, dejes que esa idea entre en tu cabeza! No hay nada tan peligroso, tan fascinante, para un temperamento como el tuyo. Es una fantasía falsa y necia. ¿No puedes confiar en mí como médico cuando te lo digo?».

Así que, claro, no dije nada más sobre ese asunto, y al poco nos dormimos. Él creyó que yo me había dormido primero, pero no: me quedé horas allí tendida tratando de decidir si el dibujo delantero y el dibujo de detrás se movían de verdad juntos o por separado.


En un dibujo como este, a la luz del día, hay una falta de secuencia, un desafío a toda ley, que es un irritante constante para una mente normal.

El color ya es bastante horrendo, y bastante inestable, y bastante exasperante, pero el dibujo es una tortura.

Una cree que lo ha dominado, pero justo cuando va bien encaminada siguiéndolo, da una voltereta hacia atrás, y ahí se queda una. La abofetea, la derriba y la pisotea. Es como un mal sueño.

El dibujo exterior es un arabesco florido que recuerda a un hongo. Si pueden imaginar una seta articulada, una sarta interminable de setas, brotando y retoñando en circunvoluciones sin fin, pues bien, es algo así.

¡Es decir, a veces!

Este papel tiene una peculiaridad marcada, algo que nadie parece notar más que yo, y es que cambia cuando cambia la luz.

Cuando el sol entra disparado por la ventana del este —⁠siempre espero ese primer rayo largo y recto⁠—, cambia tan deprisa que nunca acabo de creérmelo.

Por eso lo vigilo siempre.

A la luz de la luna —⁠la luna entra toda la noche cuando hay luna⁠— no sabría que es el mismo papel.

De noche, con cualquier clase de luz, al crepúsculo, con luz de vela, de lámpara, y lo peor de todo con luz de luna, ¡se convierte en barrotes! El dibujo exterior, quiero decir, y la mujer de detrás se ve con toda la claridad del mundo.

Durante mucho tiempo no me di cuenta de qué era lo que se veía detrás —⁠ese dibujo secundario borroso⁠—, pero ahora estoy segura de que es una mujer.

De día está sometida, quieta. Me figuro que es el dibujo lo que la tiene tan quieta. Es tan desconcertante. A mí me tiene quieta durante horas.

Ahora me tumbo muchísimo. John dice que me sienta bien, y que duerma todo lo que pueda.

De hecho, él empezó la costumbre haciéndome tumbar una hora después de cada comida.

Es una costumbre muy mala, estoy convencida, porque, verán, no duermo.

Y eso cultiva el engaño, porque no les digo que estoy despierta, ¡oh, no!

El caso es que estoy empezando a tenerle un poco de miedo a John.

A veces parece muy raro, y hasta Jennie tiene una mirada inexplicable.

A veces se me ocurre, solo como hipótesis científica, ¡que quizá sea el papel!

He observado a John cuando no sabía que lo miraba, y he entrado en el cuarto de repente con las excusas más inocentes, ¡y lo he pillado varias veces mirando el papel! Y a Jennie también. Una vez pillé a Jennie con la mano encima.

Ella no sabía que yo estaba en el cuarto, y cuando le pregunté con voz tranquila, muy tranquila, con la actitud más contenida posible, qué hacía con el papel, se dio la vuelta como si la hubieran pillado robando, y pareció bastante enfadada: ¡me preguntó por qué la asustaba así!

Luego dijo que el papel manchaba todo lo que tocaba, que había encontrado manchas de roce amarillas en toda mi ropa y en la de John, ¡y que ojalá tuviéramos más cuidado!

¿No sonaba inocente? Pero yo sé que estaba estudiando ese dibujo, ¡y estoy decidida a que nadie lo descubra más que yo!


La vida es mucho más emocionante ahora que antes. Verán, tengo algo más que esperar, que aguardar con ilusión, que vigilar. De verdad que como mejor, y estoy más tranquila que antes.

¡John está tan contento de verme mejorar! Se rio un poco el otro día, y dijo que parecía estar floreciendo a pesar de mi papel pintado.

Lo despaché con una risa. No tenía intención de decirle que era por el papel pintado: se burlaría de mí. Incluso podría querer llevarme a otro sitio.

Ahora no quiero irme hasta haberlo descubierto. Queda una semana más, y creo que bastará.

¡Me siento muchísimo mejor! No duermo mucho de noche, porque es tan interesante observar los avances; pero duermo bastante de día.

De día es tedioso y desconcertante.

Siempre hay brotes nuevos en el hongo, y nuevos tonos de amarillo por todo él. No consigo llevar la cuenta, aunque lo he intentado a conciencia.

¡Es el amarillo más extraño, ese papel pintado! Me hace pensar en todas las cosas amarillas que he visto en mi vida; no en las bonitas, como los ranúnculos, sino en cosas amarillas viejas, inmundas, malas.

Pero hay algo más en ese papel: ¡el olor! Lo noté en cuanto entramos en el cuarto, pero con tanto aire y tanto sol no era malo. Ahora hemos tenido una semana de niebla y lluvia, y, estén abiertas las ventanas o no, el olor está aquí.

Se arrastra por toda la casa.

Lo encuentro flotando en el comedor, escabulléndose en el salón, escondido en el vestíbulo, acechándome en la escalera.

Se me mete en el pelo.

Incluso cuando salgo de paseo, si vuelvo la cabeza de repente y lo sorprendo, ¡ahí está ese olor!

¡Y qué olor tan peculiar! He pasado horas tratando de analizarlo, de descubrir a qué olía.

No es malo —⁠al principio⁠—, y es muy suave, pero es sin duda el olor más sutil y persistente que he conocido.

Con este tiempo húmedo es espantoso. Me despierto de noche y lo encuentro suspendido sobre mí.

Al principio me perturbaba. Pensé seriamente en quemar la casa, para llegar hasta el olor.

Pero ahora estoy acostumbrada. Lo único a lo que se me ocurre que se parece es al color del papel: ¡un olor amarillo!

Hay una marca muy curiosa en esta pared, abajo, cerca del rodapié. Una raya que recorre el cuarto. Pasa por detrás de todos los muebles, salvo la cama: una mancha de roce larga, recta y uniforme, como si la hubieran frotado una y otra vez.

Me pregunto cómo se hizo y quién la hizo, y para qué. Vuelta y vuelta y vuelta —⁠vuelta y vuelta y vuelta⁠—, ¡me marea!


Por fin he descubierto algo de verdad.

A fuerza de observar tanto de noche, cuando cambia tanto, al fin lo he averiguado.

El dibujo delantero sí se mueve, ¡y no es de extrañar! ¡La mujer de detrás lo sacude!

A veces creo que hay muchísimas mujeres detrás, y a veces solo una, y gatea deprisa de un lado a otro, y su gateo lo sacude todo.

Luego, en los puntos muy iluminados, se queda quieta, y en los puntos muy sombríos se agarra sin más a los barrotes y los sacude con fuerza.

Y todo el tiempo está intentando pasar al otro lado trepando. Pero nadie podría trepar a través de ese dibujo: estrangula tanto; creo que por eso tiene tantas cabezas.

Consiguen pasar, y entonces el dibujo las estrangula y las pone cabeza abajo, ¡y les deja los ojos en blanco!

Si esas cabezas estuvieran tapadas o arrancadas, no sería ni la mitad de malo.


¡Creo que esa mujer sale de día!

Y les diré por qué —⁠en privado⁠—: ¡la he visto!

¡Puedo verla desde cada una de mis ventanas!

Es la misma mujer, lo sé, porque siempre va arrastrándose, y la mayoría de las mujeres no se arrastran a la luz del día.

La veo en ese largo sendero umbrío, arrastrándose arriba y abajo. La veo en esas pérgolas oscuras de parra, arrastrándose por todo el jardín.

La veo en esa larga carretera bajo los árboles, arrastrándose, y cuando viene un carruaje se esconde bajo las zarzamoras.

No la culpo en absoluto. ¡Debe de ser muy humillante que la sorprendan a una arrastrándose a la luz del día!

Yo siempre cierro la puerta con llave cuando me arrastro de día. De noche no puedo, porque sé que John sospecharía algo enseguida.

Y John está tan raro ahora que no quiero irritarlo. ¡Ojalá se cambiara de cuarto! Además, no quiero que nadie saque a esa mujer de noche más que yo.

A menudo me pregunto si podría verla desde todas las ventanas a la vez.

Pero, por deprisa que me vuelva, solo puedo mirar por una cada vez.

Y, aunque siempre la veo, ¡puede que sea capaz de arrastrarse más deprisa de lo que yo me vuelvo!

La he observado a veces allá lejos, en campo abierto, arrastrándose tan deprisa como la sombra de una nube con viento fuerte.


¡Si al menos se pudiera desprender ese dibujo de encima del de debajo! Pienso intentarlo, poco a poco.

He descubierto otra cosa curiosa, ¡pero esta vez no la contaré! No conviene fiarse demasiado de la gente.

Solo quedan dos días para quitar este papel, y creo que John empieza a darse cuenta. No me gusta la mirada que tiene.

Y le oí hacerle a Jennie un montón de preguntas profesionales sobre mí. Ella tenía un informe muy bueno que dar.

Dijo que yo dormía mucho de día.

¡John sabe que no duermo muy bien de noche, por muy quieta que esté!

A mí también me hizo toda clase de preguntas, y fingió ser muy cariñoso y amable.

¡Como si yo no viera a través de él!

Aun así, no me extraña que se comporte así, durmiendo tres meses bajo este papel.

A mí solo me interesa, pero estoy segura de que John y Jennie están afectados en secreto.


¡Hurra! Es el último día, pero basta. John se queda a pasar la noche en la ciudad y no vendrá hasta esta tarde.

Jennie quería dormir conmigo —⁠¡la muy ladina!⁠—, pero le dije que sin duda descansaría mejor una noche completamente sola.

Fue una astucia, ¡porque en realidad no estuve sola en absoluto! En cuanto salió la luna y esa pobre criatura empezó a gatear y a sacudir el dibujo, me levanté y corrí a ayudarla.

Yo tiraba y ella sacudía, yo sacudía y ella tiraba, y antes de que amaneciera habíamos arrancado yardas de ese papel.

Una franja como de la altura de mi cabeza y media vuelta al cuarto.

Y luego, cuando salió el sol y ese dibujo espantoso empezó a reírse de mí, ¡declaré que lo terminaría hoy!

Nos vamos mañana, y están bajando otra vez todos mis muebles para dejar las cosas como estaban antes.

Jennie miró la pared asombrada, pero le dije alegremente que lo había hecho por pura rabia contra esa cosa perversa.

Se rio y dijo que no le importaría hacerlo ella misma, pero que yo no debía cansarme.

¡Cómo se delató esa vez!

Pero yo estoy aquí, y nadie toca este papel más que yo: ¡nadie vivo!

Intentó sacarme del cuarto —⁠¡era demasiado evidente!⁠—. Pero le dije que ahora estaba tan silencioso y vacío y limpio que creía que volvería a tumbarme y dormiría todo lo que pudiera; y que no me despertara ni para la cena: yo llamaría cuando despertase.

Así que ahora ella se ha ido, y los criados se han ido, y las cosas se han ido, y no queda nada más que esa gran cama clavada al suelo, con el colchón de lona que encontramos encima.

Esta noche dormiremos abajo, y mañana tomaremos el barco a casa.

Disfruto mucho del cuarto, ahora que está desnudo otra vez.

¡Cómo se desmandaron por aquí esos niños!

¡Esta cama está prácticamente roída!

Pero tengo que ponerme a trabajar.

He cerrado la puerta con llave y he tirado la llave al sendero de la entrada.

No quiero salir, y no quiero que entre nadie, hasta que venga John.

Quiero dejarlo asombrado.

Tengo aquí arriba una cuerda que ni siquiera Jennie encontró. Si esa mujer llega a salir e intenta escapar, ¡puedo atarla!

¡Pero olvidé que no alcanzaba muy alto sin nada a lo que subirme!

¡Esta cama no se mueve!

Intenté levantarla y empujarla hasta quedar dolorida, y entonces me enfadé tanto que arranqué de un mordisco un trocito de una esquina, pero me hizo daño en los dientes.

Luego arranqué todo el papel que alcancé de pie en el suelo. ¡Se pega horriblemente, y al dibujo le encanta! ¡Todas esas cabezas estranguladas y ojos bulbosos y hongos contoneantes chillan de burla!

Me estoy enfadando lo bastante como para hacer algo desesperado. Saltar por la ventana sería un ejercicio admirable, pero los barrotes son demasiado fuertes hasta para intentarlo.

Además, no lo haría. Claro que no. Sé de sobra que un paso así es impropio y podría malinterpretarse.

Ni siquiera me gusta mirar por las ventanas: hay tantas de esas mujeres que se arrastran, y se arrastran tan deprisa.

Me pregunto si todas salen de ese papel pintado, como salí yo.

Pero ahora estoy bien sujeta con mi cuerda bien escondida: ¡a mí no me sacan ahí, a la carretera!

Supongo que tendré que volver detrás del dibujo cuando llegue la noche, ¡y eso es duro!

¡Es tan agradable estar fuera, en este cuarto enorme, y arrastrarme por donde me plazca!

No quiero salir afuera. No lo haré, ni aunque Jennie me lo pida.

Porque afuera hay que arrastrarse por el suelo, y todo es verde en vez de amarillo.

Pero aquí puedo arrastrarme suavemente por el suelo, y mi hombro encaja justo en esa larga mancha de roce que rodea la pared, así que no puedo perderme.

¡Vaya, ahí está John en la puerta!

¡Es inútil, jovencito, no puedes abrirla!

¡Cómo llama y aporrea!

Ahora pide a gritos un hacha.

¡Sería una pena echar abajo esa puerta tan bonita!

«¡John, querido! —⁠dije con la voz más dulce⁠—. ¡La llave está abajo, junto a los escalones de la entrada, debajo de una hoja de llantén!».

Eso lo hizo callar unos momentos.

Luego dijo, muy tranquilamente, de verdad: «¡Abre la puerta, tesoro mío!».

«No puedo —⁠dije⁠—. ¡La llave está abajo, junto a la puerta principal, debajo de una hoja de llantén!».

Y luego lo repetí, varias veces, muy suave y despacio, y lo dije tantas veces que tuvo que ir a ver, y la encontró, claro, y entró. Se detuvo en seco junto a la puerta.

«¿Qué pasa? —⁠gritó⁠—. Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?».

Yo seguí arrastrándome igual, pero lo miré por encima del hombro.

«¡Por fin he salido —⁠dije⁠—, a pesar de ti y de Jane! ¡Y he arrancado casi todo el papel, así que no puedes volver a meterme!».

Y bien, ¿por qué tendría que haberse desmayado ese hombre? Pero lo hizo, y justo atravesado en mi camino junto a la pared, ¡así que tuve que pasar arrastrándome por encima de él cada vez!

Notas

  1. Se pega más que un hermano: el original, it sticketh closer than a brother, recoge literalmente una expresión de la Biblia inglesa del rey Jacobo (Proverbios 18, 24: «hay un amigo que se pega más que un hermano»). La narradora la aplica al papel; la traducción conserva la frase sin señalarla como cita dentro del texto. ↩

  2. Weir Mitchell: Silas Weir Mitchell (1829–1914), neurólogo de Filadelfia, conocido por la «cura de reposo» que prescribía a mujeres diagnosticadas de agotamiento nervioso: aislamiento, reposo en cama, dieta abundante y prohibición de actividad intelectual. Era un médico real y célebre en la época en que se publicó el relato. ↩

  3. Aprovechemos las horas luminosas: alusión al verso improve each shining hour, del poema infantil de Isaac Watts «Against Idleness and Mischief» (1715), donde la abeja laboriosa aprovecha cada hora de luz. John lo emplea en broma para mandar a dormir. ↩

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