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Twain · La célebre rana saltarina del condado de Calaveras · 0 %

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Primera publicación
The Saturday Press, Nueva York, 18 de noviembre de 1865, como «Jim Smiley and His Jumping Frog»
Texto de partida
Sketches, New and Old, 1875

La célebre rana saltarina del condado de Calaveras

The Notorious Jumping Frog of Calaveras County — Mark Twain (1865)

[Pronunciado Ca-la-vé-ras]


Atendiendo al encargo de un amigo mío, que me escribió desde el Este, visité al bueno del viejo Simon Wheeler, hombre parlanchín, para preguntarle por el amigo de mi amigo, Leonidas W. Smiley, tal como se me había pedido, y adjunto aquí el resultado. Abrigo la sospecha de que Leonidas W. Smiley es un mito; de que mi amigo jamás conoció a semejante personaje; y de que solo conjeturó que, si yo le preguntaba por él al viejo Wheeler, este se acordaría de su infame Jim Smiley y se aplicaría a matarme de aburrimiento con alguna reminiscencia exasperante del sujeto, tan larga y tan tediosa como inútil habría de resultarme. Si ese era el plan, funcionó.

Encontré a Simon Wheeler dormitando plácidamente junto a la estufa de la cantina, en la taberna medio en ruinas del decadente campamento minero de Angel’s, y observé que era gordo y calvo, y que en su semblante tranquilo había una expresión de dulzura y llaneza que se ganaban a cualquiera. Se despertó y me dio los buenos días. Le conté que un amigo mío me había encomendado hacer algunas averiguaciones sobre un querido compañero de su niñez llamado Leonidas W. Smiley —⁠el reverendo Leonidas W. Smiley, un joven ministro del Evangelio que, según le habían contado, había residido una temporada en el campamento de Angel’s⁠—. Añadí que, si el señor Wheeler podía decirme algo de este reverendo Leonidas W. Smiley, le quedaría muy agradecido.

Simon Wheeler me arrinconó, me dejó bloqueado allí con su silla, se sentó y desgranó la monótona narración que sigue a este párrafo. No sonrió ni una vez, no frunció el ceño ni una vez, no apartó ni una vez la voz del tono suave y fluido en que afinó su primera frase, no dejó traslucir el más leve asomo de entusiasmo; pero por toda aquella narración interminable corría una vena de seriedad y sinceridad impresionantes, que me demostraba a las claras que, lejos de imaginar que hubiera nada ridículo o gracioso en su historia, la tenía por un asunto verdaderamente importante, y admiraba a sus dos héroes como a hombres de un genio trascendente para la finesse. Lo dejé seguir a su manera y no lo interrumpí ni una sola vez.

—⁠¿El reverendo Leonidas W.? Hum… el reverendo Le… Bueno, aquí hubo una vez un fulano que se llamaba Jim Smiley, en el invierno del 49 —⁠o puede que fuera la primavera del 50⁠—, no me acuerdo bien, no sé por qué, aunque lo que me hace pensar que fue uno u otro es que me acuerdo de que el canal grande de madera no estaba terminado cuando él llegó al campamento; pero, en fin, era el hombre más raro que haya visto usted nunca para eso de andar siempre apostando a cualquier cosa que se presentara, con tal de encontrar a alguien que apostara al otro lado; y si no lo encontraba, se cambiaba él de lado. Cualquier cosa que le conviniera al otro le convenía a ÉL: con tal de conseguir una apuesta, ya estaba satisfecho. Y aun así tenía suerte, una suerte fuera de lo común; casi siempre salía ganando. Estaba siempre listo y al acecho de la ocasión; no podía mentarse ni una sola cosa sin que aquel fulano se ofreciera a apostar por ella, tomando el lado que usted quisiera, como le venía diciendo. Si había carrera de caballos, al final lo encontraba usted forrado o lo encontraba usted sin blanca; si había pelea de perros, apostaba; si había pelea de gatos, apostaba; si había pelea de gallos, apostaba; hombre, si había dos pájaros posados en una cerca, le apostaba a usted cuál de los dos echaría a volar primero; y si había asamblea evangelista, allí estaba él sin faltar, para apostar por el pastor Walker, que lo tenía por el mejor predicador de por aquí, y además lo era, y un buen hombre. Hasta si veía a un escarabajo zancudo ponerse en marcha hacia cualquier parte, le apostaba a usted cuánto tardaría en llegar a… adonde fuera que fuese, y si usted aceptaba, era capaz de seguir a aquel escarabajo hasta México con tal de averiguar adónde iba y cuánto había estado de camino. Muchos de los muchachos de aquí han conocido a ese Smiley y le pueden hablar de él. Pues nada, a él le daba lo mismo una cosa que otra: apostaba a cualquier cosa. El fulano más condenado. La mujer del pastor Walker estuvo una vez muy enferma, una buena temporada, y parecía que no la iban a salvar; pero una mañana el pastor entró, y Smiley va y le pregunta cómo sigue, y él dijo que estaba bastante mejor —⁠gracias al Señor por su infinita misericordia⁠— y que se recuperaba tan a buen paso que, con la bendición de la Providencia, aún se pondría buena del todo; y Smiley, sin pararse a pensarlo, va y suelta: «Pues yo arriesgo dos dólares y medio a que no, de todos modos».

»Este Smiley, como le digo, tenía una yegua —⁠los muchachos la llamaban la jaca de los quince minutos, pero era solo de broma, ya me entiende, porque, claro, más rápida que eso sí que era⁠— y solía ganar dinero con aquel caballo, a pesar de lo lenta que era y de que siempre andaba con asma, o con moquillo, o con tisis, o con algo por el estilo. Le daban doscientas o trescientas yardas de ventaja y luego la adelantaban por el camino; pero siempre, en las últimas boqueadas de la carrera, se ponía como frenética y desesperada, y venía haciendo cabriolas y despatarrándose, soltando las patas por todas partes, sin gobierno, unas veces al aire y otras de lado contra las cercas, y levantando m-á-s polvo y armando m-á-s escándalo con sus toses y sus estornudos y sus sonarse los mocos… y siempre llegaba a la meta justo como una cabeza por delante, hasta donde alcanzaba uno a calcularlo.

»Y tenía un cachorrillo de bulldog, pequeñajo, que de verlo pensaría usted que no valía un centavo más que para estar por ahí tirado con cara de pocos amigos, al acecho de algo que robar. Pero en cuanto había dinero apostado por él, era otro perro: la mandíbula de abajo le empezaba a sobresalir como el castillo de proa de un vapor, y descubría los dientes, que le relucían como las calderas. Y otro perro podía atacarlo, y provocarlo, y morderlo, y voltearlo por encima del lomo dos o tres veces, y Andrew Jackson —⁠que así se llamaba el cachorro⁠—, Andrew Jackson nunca daba a entender otra cosa sino que estaba conforme y que no había esperado nada distinto; y las apuestas doblándose y doblándose al otro lado todo el rato, hasta que ya estaba puesto todo el dinero; y entonces, de repente, agarraba al otro perro justo por la articulación de la pata trasera y se quedaba ahí clavado —⁠sin masticar, entiéndame, solo aferrado, colgando de ella aunque tuviera que esperar un año a que tiraran la esponja⁠—. Smiley siempre salía ganando con aquel cachorro, hasta que una vez le puso delante un perro que no tenía patas traseras, porque se las había llevado una sierra circular; y cuando la cosa ya había ido bastante lejos, y todo el dinero estaba puesto, y él fue a lanzarse a por su presa favorita, vio en un momento que lo habían engañado y que el otro perro lo tenía, por así decirlo, en la puerta; y pareció sorprendido, y luego se le vio como desanimado, y ya no intentó ganar la pelea, así que salió bien trasquilado. Le echó a Smiley una mirada, como diciéndole que tenía el corazón roto y que la culpa era suya, por presentarle un perro sin patas traseras a las que agarrarse, que era su principal recurso en una pelea; y luego se alejó cojeando un trecho, se echó al suelo y se murió. Era un buen cachorro aquel Andrew Jackson, y se habría hecho un nombre si hubiera vivido, porque madera tenía, y tenía genio —⁠yo lo sé, porque oportunidades, lo que se dice oportunidades, no tuvo ninguna, y no hay razón que explique que un perro pudiera pelear como peleaba él en aquellas circunstancias si no tuviera talento. Siempre me da pena acordarme de aquella última pelea suya y de cómo acabó.

»Pues este Smiley, como le digo, tenía ratoneros, y gallos de pelea, y gatos, y toda clase de bichos por el estilo, que no lo dejaban a uno en paz, y no podía traerle usted nada para apostar que él no le aceptara el envite. Un día atrapó una rana y se la llevó a casa, y dijo que se proponía educarla; y así, en tres meses no hizo otra cosa que sentarse en el corral de atrás a enseñar a saltar a aquella rana. Y a que la enseñó, ya lo creo que la enseñó. Le daba un empujoncito por detrás, y al minuto siguiente veía usted a la rana dando vueltas por el aire como un buñuelo —⁠la veía dar una voltereta, o puede que un par, si cogía buen impulso, y caer de pie, tan tranquila, igualita que un gato. Y la adiestró tanto en el asunto de cazar moscas, y la tuvo tan en forma con la práctica constante, que clavaba una mosca sin fallar una sola, hasta donde le alcanzara la vista. Smiley decía que a una rana lo único que le hacía falta era educación, y que con eso podía hacer casi cualquier cosa —⁠y yo le creo. Hombre, yo he visto a Smiley poner a Dan’l Webster aquí mismo, en este suelo —⁠Dan’l Webster se llamaba la rana⁠—, y gritarle: «¡Moscas, Dan’l, moscas!», y en menos que se guiña un ojo pegaba un brinco derecho hacia arriba, atrapaba una mosca de allá del mostrador y se dejaba caer al suelo otra vez, maciza como un pegote de barro, y se ponía a rascarse un lado de la cabeza con la pata de atrás con tanta indiferencia como si no tuviera ni idea de haber hecho nada que no pudiera hacer cualquier rana. En su vida ha visto usted una rana tan modesta y tan llana, con lo dotada que estaba. Y cuando se trataba de saltar limpiamente, en terreno bien llano, ganaba más suelo de un brinco que cualquier animal de su especie que haya visto usted jamás. El salto en llano era su especialidad, ¿me comprende?; y cuando de eso se trataba, Smiley ponía dinero por ella mientras le quedara un centavo. Smiley estaba orgullosísimo de su rana, y razón no le faltaba, porque fulanos que habían viajado y estado en todas partes decían todos que le daba mil vueltas a cualquier rana que hubieran visto.

»Bueno, pues Smiley tenía al bicho en una cajita de listones, y a veces se lo bajaba al pueblo a ver si caía una apuesta. Un día un fulano —⁠forastero en el campamento, eso era⁠— se lo cruza con su caja y le dice:

»«¿Y qué será eso que lleva usted ahí en la caja?»

»Y Smiley le dice, así como quien no quiere la cosa: «Podría ser un loro, o podría ser un canario, a lo mejor, pero no: no es más que una rana».

»Y el fulano la cogió, y la miró con cuidado, y le dio vueltas para acá y para allá, y dice: «Hum… pues sí que lo es. Bueno, ¿y ESTA para qué vale?».

»«Bueno», dice Smiley, tranquilo y despreocupado, «para una cosa sí que vale, diría yo: salta más que cualquier rana del condado de Calaveras».

»El fulano volvió a coger la caja, le echó otra mirada larga y minuciosa, se la devolvió a Smiley y dice, muy pausado: «Bueno», dice, «yo no le veo a esa rana nada que la haga mejor que cualquier otra rana».

»«Puede que no», dice Smiley. «Puede que usted entienda de ranas y puede que no entienda; puede que tenga experiencia y puede que no sea usted más que un aficionado, como aquel que dice. Sea como sea, yo tengo mi opinión, y arriesgo cuarenta dólares a que salta más que cualquier rana del condado de Calaveras».

»Y el fulano se lo pensó un minuto, y luego dice, así como apenado: «Bueno, yo aquí no soy más que un forastero, y rana no tengo; pero si tuviera una rana, le apostaba».

»Y entonces Smiley le dice: «No hay problema, no hay problema: si me aguanta usted la caja un minuto, voy y le traigo una rana». Y así que el fulano cogió la caja, puso sus cuarenta dólares junto a los de Smiley y se sentó a esperar.

»Así que allí se estuvo un buen rato, piensa que te piensa para sus adentros, y entonces sacó la rana, le abrió la boca haciendo palanca, cogió una cucharilla y la llenó de perdigones —⁠la llenó casi hasta la barbilla⁠— y la dejó en el suelo. Smiley, mientras, se fue a la ciénaga y estuvo un buen rato chapoteando por el barro, y por fin atrapó una rana, se la trajo, se la dio a este fulano y dice:

»«Ahora, si está usted listo, póngala al lado de Dan’l, con las patas delanteras justo a la altura de las de Dan’l, y yo doy la señal». Y entonces dice: «Una… dos… tres… ya», y él y el fulano tocan a las ranas por detrás, y la rana nueva salió brincando con brío, pero Dan’l hizo un esfuerzo, y alzó los hombros —⁠así, como un francés⁠—, pero no hubo manera: no podía moverse; estaba plantada tan firme como una iglesia, y de desplazarse, lo mismo habría dado que hubiera echado el ancla. Smiley se quedó de una pieza, y bien disgustado además, pero, claro, no tenía ni idea de cuál era el problema.

»El fulano cogió el dinero y se marchó; y cuando salía por la puerta, señaló con el pulgar por encima del hombro —⁠así⁠— hacia Dan’l, y vuelve a decir, muy pausado: «Bueno», dice, «yo no le veo a esa rana nada que la haga mejor que cualquier otra rana».

»Smiley se quedó un buen rato rascándose la cabeza y mirando a Dan’l, y al final dice: «Lo que yo me pregunto es por qué demontres se habrá rajado esta rana; a ver si no le pasará algo, que se la ve como muy hinchada, no sé». Y agarró a Dan’l por el pescuezo, la sopesó y dice: «¡Que me aspen si no pesa cinco libras!», y la puso boca abajo, y la rana eructó dos buenos puñados de perdigones. Y entonces vio lo que había pasado, y era el hombre más furioso del mundo: dejó la rana en el suelo y salió detrás de aquel fulano, pero nunca lo alcanzó. Y…

[En este punto, Simon Wheeler oyó que lo llamaban por su nombre desde el patio delantero y se levantó a ver qué querían.] Y, volviéndose hacia mí mientras se alejaba, dijo: —⁠Usted siga sentado donde está, forastero, y descanse tranquilo, que no voy a tardar ni un segundo.

Pero, con su permiso, no me pareció que la continuación de la historia del emprendedor vagabundo Jim Smiley fuera a proporcionarme mucha información sobre el reverendo Leonidas W. Smiley, así que me dispuse a marcharme.

En la puerta me topé con el sociable Wheeler, que volvía, y me retuvo por la solapa y reanudó el relato:

—⁠Pues este Smiley, como le digo, tenía una vaca amarilla y tuerta que no tenía rabo, solo un muñón corto como un plátano, y…

Sin embargo, falto por igual de tiempo y de ganas, no me quedé a escuchar lo de la desdichada vaca, y me despedí.


Notas

  • El problema central del relato es el dialecto. Wheeler habla el vernáculo minero californiano de 1849 (warn’t, thish-yer, ketched, feller, cal’lated), en contraste deliberado con la prosa culta y latinizada del narrador-marco. Decisión: no trasplantarlo a ningún dialecto español regional (un Wheeler andaluz o aragonés sería una caricatura falsa). Su habla se marca con oralidad popular sin geografía: sintaxis encadenada por «y», muletillas fijas («como le digo», «ya me entiende», «¿me comprende?»), presente histórico en los momentos de viveza («va y le pregunta», «se lo cruza y le dice»), dobles arranques enfáticos («Y a que la enseñó, ya lo creo que la enseñó»; «madera tenía, y tenía genio») y léxico rústico («fulano», «mentarse», «sin blanca», «trasquilado», «demontres»). La deformación ortográfica del original no se imita: en español delataría una región concreta.
  • Título fijado: «saltarina». En español circulan «saltadora» (Ciudad Seva, literatura.us) y «saltarina» (Penguin Clásicos, Ara Llibres); esta edición fija «La célebre rana saltarina del condado de Calaveras» y mantiene «saltarina» en texto y aparato. Se conserva asimismo «célebre», el rótulo tradicional en español, aunque el texto base de 1875 diga «Notorious».
  • La frase del forastero, fijada idéntica en sus dos apariciones: «yo no le veo a esa rana nada que la haga mejor que cualquier otra rana». Es el resorte cómico del cuento (la segunda vez, con el dinero ya en el bolsillo) y exige repetición exacta.
  • Nombres propios sin traducir: Jim Smiley, Simon Wheeler, y los dos animales, Andrew Jackson (el perro) y Dan’l Webster (la rana) — nombres de un presidente y de un célebre senador y orador de EE. UU.; la ironía de bautizar así a un bulldog y a una rana sobrevive sin ayuda. Conservo la contracción «Dan’l», que es como suena en boca de Wheeler.
  • La rana en femenino: el inglés dice «him» (nombre masculino), pero «rana» impone el femenino gramatical; el contraste rana/Dan’l Webster es natural en español y no se fuerza.
  • Tratamiento: Wheeler se dirige al narrador de usted («le apostaba a usted», «forastero») — deferencia rústica coherente con la época y con «stranger».
  • [Pronounced Cal-e-va-ras]: broma para lectores anglófonos (Twain les indica la pronunciación española del topónimo). Para el lector español es transparente y la gracia se evapora; se conserva por fidelidad, como marca de época.
  • «blame my cats» → «que me aspen»: juramento suave equivalente en función y color, ya que el original es una imprecación cómica inventada.
  • «the fifteen-minute nag» → «la jaca de los quince minutos»; «straddle-bug» → «escarabajo zancudo»; «flume» → «canal grande de madera» (el canal de agua de las explotaciones mineras).
  • Moneda y medidas de época conservadas: dólares, centavos, yardas, libras.
  • Nota sobre el texto fuente: el archivo extraído de Sketches New and Old arrastraba el arranque del sketch siguiente («Now let the learned look upon this picture…», la broma de la retraducción francesa de la Revue des Deux Mondes, 1872). No pertenece a este relato y se ha recortado del archivo original.

Nota sobre el texto

Nuestro texto fuente procede de Sketches, New and Old (1875), donde el relato figura como «The Notorious Jumping Frog of Calaveras County»; la primera publicación fue en The Saturday Press de Nueva York, el 18 de noviembre de 1865, con el título «Jim Smiley and His Jumping Frog». Esta edición fija el título tradicional en español, «La célebre rana saltarina del condado de Calaveras», heredero del rótulo con que el cuento se hizo famoso («The Celebrated Jumping Frog…», 1867). El archivo fuente arrastraba el arranque del sketch siguiente (la broma de la retraducción francesa) y fue recortado: el relato termina, como debe, con la huida del narrador ante la historia de la vaca tuerta («…no me quedé a escuchar lo de la desdichada vaca, y me despedí»).

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