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James · «Oh, silba, y acudiré, muchacho» · 0 %

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Ghost Stories of an Antiquary, Londres, Edward Arnold, 1904
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Ghost Stories of an Antiquary, Londres, Edward Arnold, 1904, según la transcripción de Project Gutenberg (n.º 8486)

«Oh, silba, y acudiré, muchacho»

«Supongo que se marchará usted muy pronto, ahora que ha terminado el trimestre, profesor», dijo una persona ajena al relato al profesor de Ontografía, poco después de que se sentaran el uno junto al otro en un banquete en el hospitalario comedor del St James’s College.

El profesor era joven, pulcro y preciso al hablar.

«Sí —⁠dijo⁠—; mis amigos me han hecho aficionarme al golf este trimestre, y tengo intención de ir a la costa este —⁠a Burnstow, en concreto⁠— (me figuro que la conoce) durante una semana o diez días, a mejorar mi juego. Espero salir mañana».

«Oh, Parkins —⁠dijo su vecino del otro lado⁠—, si va usted a Burnstow, me gustaría que echara un vistazo al emplazamiento de la encomienda de los templarios y me dijera si cree que valdría la pena hacer alguna excavación allí en verano».

Era, como podrá suponer, una persona de inclinaciones anticuarias quien dijo esto; pero, como solo aparece en este prólogo, no hace falta consignar sus títulos.

«Desde luego —⁠dijo Parkins, el profesor⁠—: si me describe usted por dónde queda el emplazamiento, haré cuanto pueda por darle una idea de la disposición del terreno cuando vuelva; o podría escribirle al respecto, si me dice dónde es probable que esté».

«No se moleste en eso, gracias. Es solo que estoy pensando en llevar a mi familia por esa zona en las vacaciones largas, y se me ocurrió que, como muy pocas de las encomiendas inglesas se han levantado en plano como es debido, quizá tuviera ocasión de hacer algo útil los días libres».

El profesor acogió con cierto desdén la idea de que levantar el plano de una encomienda pudiera describirse como algo útil. Su vecino continuó:

«El emplazamiento —⁠dudo que quede nada visible en la superficie⁠— debe de estar ahora muy cerca de la playa. El mar ha avanzado enormemente, como sabe, a lo largo de todo ese tramo de costa. Yo diría, por el mapa, que debe de quedar a unos tres cuartos de milla de la posada del Globe, en el extremo norte del pueblo. ¿Dónde va usted a alojarse?».

«Pues en la posada del Globe, precisamente —⁠dijo Parkins⁠—; he reservado una habitación allí. No he podido encontrar sitio en ningún otro lado; casi todas las casas de huéspedes cierran en invierno, por lo visto; y, aun así, me dicen que la única habitación de cierto tamaño que pueden darme es en realidad una de dos camas, y que no tienen un rincón donde guardar la otra cama, y demás. Pero necesito una habitación bastante grande, porque me llevo algunos libros y pienso trabajar un poco; y aunque no me hace mucha gracia tener una cama vacía —⁠por no decir dos⁠— en lo que puedo llamar, por el momento, mi estudio, supongo que podré arreglármelas y pasar incomodidades el poco tiempo que esté allí».

«¿A tener una cama de más en la habitación lo llama usted pasar incomodidades, Parkins? —⁠dijo un individuo campechano sentado enfrente⁠—. Mire, yo me acercaré a ocuparla unos días; le hará compañía».

El profesor se estremeció, pero consiguió reír de manera cortés.

«Por supuesto, Rogers; nada me gustaría más. Pero me temo que lo encontraría usted bastante aburrido; no juega al golf, ¿verdad?».

«¡No, gracias a Dios!», dijo el grosero señor Rogers.

«Bueno, verá, cuando no esté escribiendo estaré casi con seguridad en el campo, y eso, como digo, me temo que le resultaría bastante aburrido».

«¡Oh, no sé! Seguro que hay alguien conocido en el lugar; pero, claro, si no me quiere, dígalo, Parkins; no me ofenderé. La verdad, como siempre nos dice usted, nunca ofende».

Parkins era, en efecto, escrupulosamente cortés y estrictamente veraz. Es de temer que el señor Rogers se aprovechara a veces de su conocimiento de estas cualidades. En el pecho de Parkins se libraba ahora un conflicto que durante un momento o dos no le permitió responder. Pasado ese intervalo, dijo:

«Bueno, si quiere usted la verdad exacta, Rogers, estaba considerando si la habitación de la que hablo sería realmente lo bastante grande para alojarnos a los dos con comodidad; y también si (conste que no lo habría dicho si usted no me hubiera apremiado) no constituiría usted algo así como un estorbo para mi trabajo».

Rogers soltó una carcajada.

«¡Bien dicho, Parkins! —⁠dijo⁠—. No pasa nada. Prometo no interrumpir su trabajo; no se inquiete por eso. No, no iré si no me quiere; pero pensé que vendría de perlas para mantener a raya a los fantasmas». Aquí se le habría podido ver guiñar un ojo y dar un codazo a su vecino. También se habría podido ver a Parkins ponerse colorado. «Le pido perdón, Parkins —⁠continuó Rogers⁠—; no debería haber dicho eso. Olvidé que no le gustan las ligerezas sobre estos temas».

«Bueno —⁠dijo Parkins⁠—, ya que ha sacado usted el tema, reconozco sin reparos que no me gusta que se hable a la ligera de lo que usted llama fantasmas. Un hombre en mi posición —⁠prosiguió, alzando un poco la voz⁠— nunca es, según compruebo, demasiado cuidadoso en no dar la impresión de que aprueba las creencias corrientes sobre tales asuntos. Como usted sabe, Rogers, o como debería saber, pues creo que nunca he ocultado mis opiniones…».

«No, desde luego que no, amigo mío», intercaló Rogers sotto voce.

«… sostengo que cualquier apariencia, cualquier asomo de concesión a la idea de que tales cosas puedan existir equivale a renunciar a todo lo que tengo por más sagrado. Pero me temo que no he conseguido asegurarme su atención».

«Su atención indivisa, fue lo que en realidad dijo el doctor Blimber1 —⁠interrumpió Rogers, con toda la apariencia de un sincero deseo de exactitud⁠—. Pero le pido perdón, Parkins: le estoy cortando».

«No, en absoluto —⁠dijo Parkins⁠—. No recuerdo a Blimber; quizá fue antes de mi época. Pero no hace falta que siga. Estoy seguro de que sabe a qué me refiero».

«Sí, sí —⁠dijo Rogers, con cierta precipitación⁠—, justamente. Lo trataremos a fondo en Burnstow, o en alguna parte».

Al repetir el diálogo anterior he intentado transmitir la impresión que me causó: que Parkins tenía algo de vieja —⁠un poco de gallina clueca, quizá, en sus pequeñas manías⁠—; totalmente desprovisto, ¡ay!, del sentido del humor, pero al mismo tiempo intrépido y sincero en sus convicciones, y un hombre merecedor del mayor respeto. Haya o no sacado el lector tanto en claro, ese era el carácter que tenía Parkins.

Al día siguiente Parkins consiguió, como esperaba, salir de su college y llegar a Burnstow. Fue bien recibido en la posada del Globe, quedó instalado sin contratiempos en la gran habitación de dos camas de la que hemos oído hablar, y pudo, antes de retirarse a descansar, disponer sus materiales de trabajo en perfecto orden sobre una mesa espaciosa que ocupaba el extremo exterior de la habitación y estaba rodeada por tres lados de ventanas que daban al mar; es decir, la ventana central miraba de frente al mar, y las de la izquierda y la derecha dominaban la vista de la costa hacia el norte y hacia el sur, respectivamente. Al sur se veía el pueblo de Burnstow. Al norte no se veían casas, sino solo la playa y el acantilado bajo que la respaldaba. Justo enfrente había una franja —⁠no muy considerable⁠— de hierba áspera, salpicada de anclas viejas, cabrestantes y cosas por el estilo; luego un camino ancho; luego la playa. Fuera cual fuese la distancia original entre la posada del Globe y el mar, ahora no los separaban más de sesenta yardas.

El resto de la población de la posada era, por supuesto, golfista, e incluía pocos elementos que exijan una descripción especial. La figura más llamativa era, quizá, la de un ancien militaire, secretario de un club londinense, dotado de una voz de fuerza increíble y de opiniones de un tipo marcadamente protestante. Estas solían encontrar expresión después de asistir a los oficios del vicario, un hombre estimable con inclinaciones hacia un ritual pintoresco, que reprimía gallardamente en la medida de lo posible por deferencia a la tradición de East Anglia.

El profesor Parkins, una de cuyas principales características era el arrojo, pasó la mayor parte del día siguiente a su llegada a Burnstow en lo que había llamado mejorar su juego, en compañía de este coronel Wilson; y durante la tarde —⁠si la culpa era del proceso de mejora o no, no estoy seguro⁠— el talante del coronel adquirió un tinte tan encendido que hasta Parkins se resistió a la idea de volver a casa con él desde el campo. Decidió, tras una mirada breve y furtiva a aquel bigote erizado y a aquellas facciones encarnadas, que sería más prudente dejar que las influencias del té y del tabaco hicieran lo que pudieran con el coronel antes de que la hora de la cena hiciera inevitable el encuentro.

«Podría volver esta noche por la playa —⁠reflexionó⁠—; sí, y echar un vistazo —⁠habrá luz suficiente para eso⁠— a las ruinas de las que hablaba Disney. No sé exactamente dónde están, por cierto; pero supongo que difícilmente dejaré de tropezar con ellas».

Esto lo logró, puedo decir, en el sentido más literal, pues al abrirse camino desde el campo hasta la playa de guijarros el pie se le enganchó, en parte en una raíz de aulaga y en parte en una piedra bastante grande, y se fue al suelo. Cuando se levantó y examinó los alrededores, se encontró en un trozo de terreno algo accidentado, cubierto de pequeñas depresiones y montículos. Estos últimos, cuando se puso a examinarlos, resultaron ser simplemente masas de pedernal embebidas en argamasa y cubiertas de césped. Debía de estar, concluyó con toda razón, en el emplazamiento de la encomienda que había prometido mirar. No parecía improbable que recompensara la pala del explorador; probablemente quedaba, a no mucha profundidad, suficiente de los cimientos para arrojar bastante luz sobre el plano general. Recordaba vagamente que los templarios, a quienes había pertenecido aquel lugar, tenían la costumbre de construir iglesias circulares, y le pareció que una serie concreta de las jorobas o montículos que tenía cerca sí parecía dispuesta en algo así como una forma circular. Pocas personas pueden resistir la tentación de intentar un poco de investigación de aficionado en un campo completamente ajeno al suyo, aunque solo sea por la satisfacción de demostrar el éxito que habrían tenido de haberlo emprendido en serio. Nuestro profesor, sin embargo, si sentía algo de este ruin deseo, también estaba sinceramente deseoso de complacer al señor Disney. Así que midió a pasos, con cuidado, la zona circular que había advertido, y anotó sus dimensiones aproximadas en su cuaderno de bolsillo. Luego pasó a examinar una elevación oblonga que quedaba al este del centro del círculo, y que a su juicio parecía probable que fuera la base de una plataforma o altar. En uno de sus extremos, el norte, faltaba un trozo de césped, arrancado por algún muchacho u otra criatura ferae naturae. Quizá conviniera, pensó, sondear el suelo allí en busca de indicios de mampostería, y sacó la navaja y empezó a rascar la tierra. Y entonces siguió otro pequeño descubrimiento: una porción de tierra se hundió hacia dentro mientras rascaba, y dejó al descubierto una pequeña cavidad. Encendió una cerilla tras otra para ayudarse a ver de qué naturaleza era el agujero, pero el viento pudo con todas. Sin embargo, golpeando y arañando los lados con la navaja, logró determinar que debía de ser un hueco artificial en la mampostería. Era rectangular, y los lados, el techo y el fondo, si no enlucidos propiamente, sí lisos y regulares. Por supuesto, estaba vacío. ¡No! Al retirar la navaja oyó un tintineo metálico, y cuando introdujo la mano esta topó con un objeto cilíndrico que yacía en el fondo del agujero. Como es natural, lo recogió, y cuando lo sacó a la luz, que ya se desvanecía deprisa, pudo ver que también aquello era obra humana: un tubo de metal de unas cuatro pulgadas de largo, y evidentemente de bastante antigüedad.

Para cuando Parkins se hubo cerciorado de que no había nada más en aquel curioso receptáculo, era demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para pensar en emprender ninguna otra búsqueda. Lo que había hecho había resultado tan inesperadamente interesante que decidió sacrificar un poco más de luz del día, al día siguiente, a la arqueología. El objeto que ahora tenía a buen recaudo en el bolsillo tenía que ser, por lo menos, de algún pequeño valor, estaba seguro.

Desolada y solemne era la vista a la que echó una última mirada antes de emprender el regreso. Una débil luz amarilla en el oeste mostraba el campo, en el que aún se veían unas pocas figuras que se dirigían hacia la casa club, la achaparrada torre Martello, las luces del pueblo de Aldsey, la pálida cinta de arena cortada a intervalos por negros espigones de madera, el mar borroso y rumoroso. El viento era cortante, del norte, pero le daba en la espalda cuando se puso en marcha hacia el Globe. Cruzó deprisa, con estrépito y entrechocar de guijarros, y alcanzó la arena, sobre la cual, salvo por los espigones que había que salvar cada pocas yardas, el andar era bueno y silencioso. Una última mirada atrás, para medir la distancia recorrida desde que dejó la iglesia en ruinas de los templarios, le mostró una perspectiva de compañía para su paseo, en forma de un personaje bastante indistinto que parecía hacer grandes esfuerzos por alcanzarlo, pero que progresaba poco, si es que progresaba. Quiero decir que había una apariencia de carrera en sus movimientos, pero que la distancia entre él y Parkins no parecía acortarse de manera apreciable. Así, al menos, lo pensó Parkins, y decidió que casi con seguridad no lo conocía y que sería absurdo esperar a que llegara. Con todo, la compañía, empezó a pensar, sería en realidad muy bienvenida en aquella costa solitaria, si al menos uno pudiera elegir a su acompañante. En sus tiempos aún no ilustrados había leído sobre encuentros en lugares así que ni aun ahora soportaban bien que se pensara en ellos. Siguió pensando en ellos, sin embargo, hasta que llegó a casa, y en particular en uno que cautiva la fantasía de casi todo el mundo en algún momento de su infancia. «Vi entonces en mi sueño que Cristiano no había andado sino muy poco trecho cuando vio a un demonio inmundo que venía por el campo a su encuentro». «¿Qué haría yo ahora —⁠pensó⁠— si mirara atrás y viera una figura negra recortada con nitidez contra el cielo amarillo, y viera que tenía cuernos y alas? Me pregunto si me quedaría quieto o echaría a correr. Por suerte, el caballero de atrás no es de esa clase, y parece estar más o menos tan lejos ahora como cuando lo vi por primera vez. Bueno, a este paso no cenará tan pronto como yo; y, ¡caramba!, falta menos de un cuarto de hora. ¡Tengo que correr!».

Parkins tuvo, en efecto, muy poco tiempo para vestirse. Cuando se encontró con el coronel en la cena, la Paz —⁠o tanta de ella como aquel caballero era capaz de reunir⁠— reinaba de nuevo en el pecho militar; y no fue puesta en fuga en las horas de bridge que siguieron a la cena, porque Parkins era un jugador más que respetable. Cuando, por tanto, se retiró hacia las doce, sintió que había pasado la velada de manera bastante satisfactoria, y que, incluso durante quince días o tres semanas, la vida en el Globe sería soportable en condiciones similares: «sobre todo —⁠pensó⁠— si sigo mejorando mi juego».

Al recorrer los pasillos se encontró con el limpiabotas del Globe, que se detuvo y dijo:

«Perdone, señor, pero cuando estaba cepillándole el abrigo hace un momento se le cayó una cosa del bolsillo. La he puesto en su cómoda, señor, en su habitación, señor: un trozo de pipa o una cosa así, señor. Gracias, señor. La encontrará en su cómoda, señor; sí, señor. Buenas noches, señor».

El discurso sirvió para recordar a Parkins su pequeño descubrimiento de aquella tarde. Con considerable curiosidad le dio vueltas a la luz de sus velas. Era de bronce, según veía ahora, y tenía una forma muy parecida a la del moderno silbato para perros; de hecho era —⁠sí, ciertamente lo era⁠— ni más ni menos que un silbato. Se lo llevó a los labios, pero estaba completamente lleno de una arena o tierra fina y apelmazada, que no cedía a los golpes, sino que había que aflojar con una navaja. Ordenado como siempre en sus hábitos, Parkins vació la tierra sobre un trozo de papel y llevó este a la ventana para tirarla. La noche era clara y luminosa, según vio cuando hubo abierto la ventana, y se detuvo un instante a mirar el mar y a reparar en un paseante rezagado, plantado en la orilla frente a la posada. Luego cerró la ventana, un poco sorprendido de lo tarde que se acostaba la gente en Burnstow, y volvió a llevar su silbato a la luz. Vaya, sin duda había marcas en él, ¡y no solo marcas, sino letras! Un poquito de frotamiento hizo del todo legible la inscripción, grabada a gran profundidad, pero el profesor tuvo que confesar, tras pensarlo con seriedad, que su sentido le resultaba tan oscuro como la escritura de la pared a Baltasar. Había leyendas tanto en el anverso como en el reverso del silbato. Una decía así:

FLA FUR BIS FLE

La otra:

QUIS EST ISTE QUI VENIT

«Debería ser capaz de descifrarlo —⁠pensó⁠—; pero supongo que tengo el latín un poco oxidado. Ahora que lo pienso, creo que ni siquiera sé cómo se dice silbato. La larga sí parece bastante sencilla. Debería significar: “¿Quién es este que viene?”. Bueno, la mejor manera de averiguarlo es, evidentemente, silbar para llamarlo».

Sopló a modo de tanteo y se detuvo de golpe, sobresaltado y sin embargo complacido por la nota que había arrancado. Tenía una cualidad de distancia infinita, y, suave como era, sintió de algún modo que debía de oírse a millas a la redonda. Era también un sonido que parecía tener el poder (que muchos olores poseen) de formar imágenes en el cerebro. Vio con toda claridad, por un momento, la visión de una extensión ancha y oscura, de noche, con un viento fresco soplando, y en medio una figura solitaria; en qué ocupada, no supo decir. Quizá habría visto más si la imagen no se hubiera roto por el súbito embate de una ráfaga de viento contra su ventana, tan súbito que le hizo alzar la vista, justo a tiempo de ver el destello blanco del ala de un ave marina en algún punto al otro lado de los cristales oscuros.

El sonido del silbato lo había fascinado tanto que no pudo evitar probarlo una vez más, esta vez con más atrevimiento. La nota fue poco, o nada, más fuerte que antes, y la repetición rompió la ilusión: no siguió ninguna imagen, como había esperado a medias que ocurriera. «Pero ¿qué es esto? ¡Cielos! ¡Qué fuerza puede cobrar el viento en unos minutos! ¡Qué ráfaga tremenda! ¡Ya está! ¡Sabía que ese cierre de la ventana no servía de nada! ¡Ah! Lo que me figuraba: las dos velas apagadas. Es como para hacer pedazos la habitación».

Lo primero era conseguir cerrar la ventana. Durante lo que se tarda en contar veinte, Parkins forcejeó con la pequeña ventana, y casi sentía como si estuviera rechazando a un ladrón fornido, tan fuerte era la presión. Cedió de repente, y la ventana se cerró de golpe y echó el pestillo por sí sola. Ahora, a encender de nuevo las velas y ver qué daños, si los había, se habían producido. No, nada parecía estar mal; ni siquiera se había roto un cristal de la ventana. Pero el ruido había despertado evidentemente al menos a un miembro de la casa: se oía al coronel pisar fuerte en calcetines por el piso de arriba, gruñendo.

Por rápido que se hubiera levantado, el viento no amainó de inmediato. Siguió y siguió, gimiendo y pasando en tromba junto a la casa, elevándose a veces hasta un grito tan desolado que, como dijo Parkins con toda imparcialidad, podría haber hecho sentir bastante incómoda a la gente fantasiosa; incluso los faltos de imaginación, pensó al cabo de un cuarto de hora, quizá estarían mejor sin él.

Si fue el viento, o la excitación del golf, o la de las investigaciones en la encomienda lo que mantuvo despierto a Parkins, no estaba seguro. Despierto siguió, en todo caso, el tiempo suficiente para imaginarse (como me temo que a menudo me ocurre a mí mismo en tales condiciones) que era víctima de toda clase de trastornos mortales: se quedaba contando los latidos de su corazón, convencido de que iba a dejar de funcionar de un momento a otro, y abrigaba graves sospechas sobre sus pulmones, cerebro, hígado, etc.; sospechas que, estaba seguro, disiparía el regreso de la luz del día, pero que hasta entonces se negaban a ser apartadas. Encontró un pequeño consuelo vicario en la idea de que alguien más estaba en el mismo barco. Un vecino cercano (en la oscuridad no era fácil saber en qué dirección) también daba vueltas y hacía crujir su cama.

La siguiente fase fue que Parkins cerró los ojos y se resolvió a darle al sueño todas las oportunidades. Aquí, de nuevo, la sobreexcitación se impuso bajo otra forma: la de hacer imágenes. Experto crede: a los ojos cerrados de quien intenta dormir sí acuden imágenes, y a menudo son tan poco de su gusto que tiene que abrir los ojos y dispersarlas.

La experiencia de Parkins en esta ocasión fue muy angustiosa. Descubrió que la imagen que se le presentaba era continua. Cuando abría los ojos, por supuesto, se iba; pero cuando los cerraba de nuevo volvía a componerse y a representarse otra vez, ni más deprisa ni más despacio que antes. Lo que veía era esto:

Un largo tramo de costa —⁠guijarros bordeados de arena y cortados a intervalos cortos por negros espigones que bajaban hasta el agua⁠—, un escenario, de hecho, tan parecido al de su paseo de la tarde que, a falta de cualquier punto de referencia, no podía distinguirse de él. La luz era turbia, y transmitía una impresión de tormenta que se avecina, de tarde invernal ya avanzada y de lluvia fina y fría. En este escenario desolado no se veía al principio ningún actor. Luego, a lo lejos, apareció un objeto negro que subía y bajaba; un momento más, y era un hombre que corría, saltaba, trepaba por los espigones, y cada pocos segundos miraba atrás con ansiedad. Cuanto más se acercaba, más evidente era que no solo estaba angustiado, sino incluso terriblemente asustado, aunque su rostro no se distinguía. Estaba, además, casi al límite de sus fuerzas. Seguía avanzando; cada obstáculo sucesivo parecía causarle más dificultad que el anterior. «¿Pasará este siguiente? —⁠pensó Parkins⁠—; parece un poco más alto que los otros». Sí; medio trepando, medio arrojándose, sí lo pasó, y cayó hecho un ovillo al otro lado (el lado más cercano al espectador). Allí, como si de veras no pudiera levantarse de nuevo, permaneció agazapado bajo el espigón, mirando hacia arriba en una actitud de penosa ansiedad.

Hasta aquí no se había mostrado causa alguna para el miedo del corredor; pero ahora empezó a verse, a lo lejos, costa arriba, un pequeño parpadeo de algo de color claro que se movía de un lado a otro con gran rapidez e irregularidad. Creciendo con rapidez, también aquello se declaró como una figura de ropajes pálidos y flotantes, mal definida. Había algo en su movimiento que hacía que Parkins no tuviera ningún deseo de verla de cerca. Se detenía, alzaba los brazos, se inclinaba hacia la arena, luego cruzaba corriendo, encorvada, la playa hasta la orilla del agua y volvía; y después, irguiéndose, continuaba una vez más su avance a una velocidad que era pasmosa y aterradora. Llegó el momento en que el perseguidor revoloteaba de izquierda a derecha a solo unas yardas más allá del espigón donde el corredor yacía escondido. Tras dos o tres tanteos infructuosos de acá para allá, se detuvo, se irguió, con los brazos alzados muy alto, y luego se lanzó en línea recta hacia el espigón.

Fue en este punto donde Parkins fracasaba siempre en su resolución de mantener los ojos cerrados. Con muchos recelos en cuanto a un incipiente fallo de la vista, un cerebro sobrecargado, exceso de tabaco y demás, se resignó por fin a encender la vela, sacar un libro y pasar la noche despierto, antes que ser atormentado por aquel panorama persistente, que veía con bastante claridad que solo podía ser un reflejo morboso de su paseo y de sus pensamientos de aquel mismo día.

El roce de la cerilla contra la caja y el resplandor de la luz debieron de sobresaltar a algunas criaturas de la noche —⁠ratas o lo que fuera⁠— que oyó escabullirse por el suelo desde el lado de su cama con mucho crujir. ¡Vaya, vaya! ¡Se ha apagado la cerilla! ¡Necia de ella! Pero la segunda ardió mejor, y se procuraron debidamente una vela y un libro, sobre el cual Parkins se inclinó hasta que le sobrevino un sueño de la clase saludable, y ello en no mucho tiempo. Por primera vez, más o menos, en su vida ordenada y prudente olvidó apagar la vela, y cuando lo llamaron a la mañana siguiente a las ocho aún había un parpadeo en la arandela y un triste estropicio de sebo derretido sobre la mesita.

Después del desayuno estaba en su habitación, dando los últimos toques a su atuendo de golf —⁠la fortuna le había asignado de nuevo al coronel como compañero⁠— cuando entró una de las doncellas.

«Oh, con permiso —⁠dijo⁠—, ¿querría alguna manta más en la cama, señor?».

«¡Ah! Gracias —⁠dijo Parkins⁠—. Sí, creo que sí querría una. Parece que va a refrescar bastante».

En muy poco tiempo la doncella estaba de vuelta con la manta.

«¿En qué cama la pongo, señor?», preguntó.

«¿Cómo? Pues en esa, en la que dormí anoche», dijo, señalándola.

«¡Ah, sí! Le pido perdón, señor, pero parecía que había probado usted las dos; por lo menos, esta mañana hemos tenido que hacer las dos».

«¿De veras? ¡Qué absurdo! —⁠dijo Parkins⁠—. Desde luego, no toqué la otra, salvo para dejar algunas cosas encima. ¿De verdad parecía que habían dormido en ella?».

«¡Ah, sí, señor! —⁠dijo la doncella⁠—. Si estaba todo arrugado y tirado de cualquier manera, con perdón, señor; ni que alguien hubiera pasado una noche muy mala, señor».

«Vaya por Dios —⁠dijo Parkins⁠—. Bueno, puede que la desordenara más de lo que pensaba al deshacer el equipaje. Lamento mucho haberle causado esa molestia extra, de veras. Por cierto, espero pronto a un amigo mío, un caballero de Cambridge, que vendrá a ocuparla una noche o dos. No habrá inconveniente, supongo, ¿verdad?».

«Ah, sí, claro, señor. Gracias, señor. No es molestia, de veras», dijo la doncella, y se marchó a reírse con sus compañeras.

Parkins se puso en marcha, con la severa determinación de mejorar su juego.

Me complace poder informar de que tuvo tanto éxito en esta empresa que el coronel, que había estado más bien lamentándose ante la perspectiva de un segundo día de juego en su compañía, se volvió bastante locuaz a medida que avanzaba la mañana; y su voz retumbaba sobre las llanuras, como también han dicho algunos de nuestros propios poetas menores, «como un gran bordón en la torre de una catedral».

«Extraordinario viento, el de anoche —⁠dijo⁠—. En mi tierra habríamos dicho que alguien había silbado para llamarlo».

«¡No me diga! —⁠dijo Parkins⁠—. ¿Sigue vigente una superstición de esa clase en su parte del país?».

«De superstición no sé —⁠dijo el coronel⁠—. Lo creen en toda Dinamarca y Noruega, y también en la costa de Yorkshire; y mi experiencia, fíjese, es que por lo general hay algo de fondo en lo que esta gente del campo sostiene, y ha sostenido durante generaciones. Pero le toca a usted salir» (o lo que fuese: el lector golfista tendrá que imaginar las digresiones apropiadas en los intervalos oportunos).

Cuando se reanudó la conversación, Parkins dijo, con una ligera vacilación:

«A propósito de lo que decía usted hace un momento, coronel, creo que debo decirle que mis propias opiniones sobre tales asuntos son muy firmes. Soy, de hecho, un descreído convencido de lo que se llama lo “sobrenatural”».

«¡Cómo! —⁠dijo el coronel⁠—. ¿Me quiere usted decir que no cree en la doble vista, ni en los fantasmas, ni en nada de esa clase?».

«En nada en absoluto de esa clase», respondió Parkins con firmeza.

«Bueno —⁠dijo el coronel⁠—, pues a ese paso me parece, señor mío, que no debe de ser usted mucho mejor que un saduceo».

Parkins estuvo a punto de responder que, en su opinión, los saduceos eran las personas más sensatas sobre las que había leído en el Antiguo Testamento; pero, sintiendo cierta duda sobre si en esa obra se hallaba mucha mención de ellos, prefirió quitarse la acusación de encima con una risa.

«Quizá lo sea —⁠dijo⁠—; pero… ¡Eh, dame mi cleek, chico! Discúlpeme un momento, coronel». Breve intervalo. «Ahora bien, en cuanto a lo de silbar para llamar al viento, permítame exponerle mi teoría. Las leyes que rigen los vientos no se conocen, en realidad, ni mucho menos a la perfección; los pescadores y gente así, por supuesto, no las conocen en absoluto. Se ve repetidamente en la playa, a alguna hora desacostumbrada, a un hombre o una mujer de costumbres excéntricas, quizá, o a un forastero, y se le oye silbar. Poco después se levanta un viento violento; un hombre capaz de leer el cielo a la perfección, o que tuviera un barómetro, podría haber predicho que así sería. La gente sencilla de un pueblo de pescadores no tiene barómetros, y solo unas cuantas reglas toscas para pronosticar el tiempo. ¿Qué más natural que al personaje excéntrico que he postulado se le tenga por el que ha levantado el viento, o que él o ella se aferre con avidez a la fama de ser capaz de hacerlo? Ahora bien, fíjese en el viento de anoche: da la casualidad de que yo mismo estuve silbando. Toqué un silbato dos veces, y el viento pareció acudir exactamente en respuesta a mi llamada. Si alguien me hubiera visto…».

El auditorio se había mostrado un poco inquieto durante esta arenga, y Parkins había caído, me temo, en cierto tono de conferenciante; pero en la última frase el coronel se detuvo.

«¿Silbando, dice? —⁠dijo⁠—. ¿Y qué clase de silbato usó? Juegue primero este golpe». Intervalo.

«Sobre ese silbato por el que preguntaba, coronel. Es bastante curioso. Lo tengo en mi… No; veo que me lo he dejado en la habitación. De hecho, lo encontré ayer».

Y entonces Parkins narró la manera en que había descubierto el silbato, al oír lo cual el coronel gruñó y opinó que, en el lugar de Parkins, él tendría cuidado con usar una cosa que había pertenecido a una cuadrilla de papistas, de quienes, hablando en general, podía afirmarse que uno nunca sabía qué no habrían sido capaces de tramar. De este tema derivó hacia las enormidades del vicario, que el domingo anterior había anunciado que el viernes sería la fiesta de santo Tomás Apóstol, y que habría oficio a las once en la iglesia. Este y otros procedimientos similares constituían, a juicio del coronel, una fuerte presunción de que el vicario era un papista encubierto, si no un jesuita; y Parkins, que no podía seguir con mucha facilidad al coronel por esta región, no le llevó la contraria. De hecho, se entendieron tan bien durante la mañana que ninguno de los dos habló de separarse después del almuerzo.

Ambos siguieron jugando bien durante la tarde, o, al menos, lo bastante bien para hacerles olvidar todo lo demás hasta que empezó a faltarles la luz. Solo entonces recordó Parkins que había pensado investigar un poco más en la encomienda; pero no tenía gran importancia, reflexionó. Un día valía tanto como otro; bien podía volver a casa con el coronel.

Al doblar la esquina de la casa, el coronel estuvo a punto de ser derribado por un muchacho que se le echó encima a toda velocidad y que luego, en vez de salir corriendo, se quedó agarrado a él, jadeando. Las primeras palabras del guerrero fueron, naturalmente, de reproche y de reprimenda, pero muy pronto advirtió que el muchacho estaba casi mudo de miedo. Las preguntas fueron inútiles al principio. Cuando el muchacho recobró el aliento, empezó a berrear, y seguía aferrado a las piernas del coronel. Al fin lo despegaron, pero siguió berreando.

«¿Qué demonios te pasa? ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué has visto?», dijeron los dos hombres.

«Ay, que lo he visto hacerme señas desde la ventana —⁠gimió el muchacho⁠—, y no me gusta».

«¿Qué ventana? —⁠dijo el coronel, irritado⁠—. Vamos, serénate, muchacho».

«La ventana de delante, la del hotel», dijo el muchacho.

En este punto Parkins era partidario de mandar al muchacho a casa, pero el coronel se negó; quería llegar al fondo del asunto, dijo; era peligrosísimo dar a un muchacho un susto como el que se había llevado este, y si resultaba que alguien había estado gastando bromas, tendría que pagarlo de algún modo. Y mediante una serie de preguntas sacó en claro esta historia: el muchacho había estado jugando en la hierba delante del Globe con otros; luego se habían ido a casa a merendar, y él ya se iba cuando se le ocurrió mirar a la ventana de delante y lo vio haciéndole señas. Aquello parecía una figura de alguna clase, de blanco, hasta donde él sabía; no le veía la cara; pero le hacía señas, y no era una cosa como es debido; por no decir que no era una persona como es debido. ¿Había luz en la habitación? No, no se le había ocurrido mirar si había luz. ¿Qué ventana era? ¿La de arriba o la segunda? La segunda era: la ventana grande que tenía dos pequeñitas a los lados.

«Muy bien, muchacho —⁠dijo el coronel, tras unas cuantas preguntas más⁠—. Ahora vete corriendo a casa. Supongo que sería alguien que quería darte un susto. La próxima vez, como un valiente muchacho inglés, tú tiras una piedra… bueno, no, eso exactamente no, pero vas y hablas con el camarero, o con el señor Simpson, el dueño, y… sí… y dices que yo te he aconsejado hacerlo».

El rostro del muchacho expresó parte de la duda que sentía sobre la probabilidad de que el señor Simpson prestara oído favorable a su queja, pero el coronel no pareció advertirlo y prosiguió:

«Y aquí tienes seis peniques… no, veo que es un chelín… y vete a casa, y no pienses más en ello».

El joven se marchó a toda prisa con agitados agradecimientos, y el coronel y Parkins dieron la vuelta hasta la fachada del Globe y la reconocieron. Solo había una ventana que respondiera a la descripción que habían estado oyendo.

«Bueno, qué curioso —⁠dijo Parkins⁠—; evidentemente es de mi ventana de lo que hablaba el chico. ¿Quiere subir un momento, coronel Wilson? Deberíamos poder ver si alguien se ha tomado libertades en mi habitación».

Pronto estuvieron en el pasillo, y Parkins hizo ademán de abrir la puerta. Entonces se detuvo y se palpó los bolsillos.

«Esto es más serio de lo que pensaba —⁠fue su siguiente observación⁠—. Ahora recuerdo que antes de salir esta mañana cerré la puerta con llave. Está cerrada con llave ahora, y, lo que es más, aquí está la llave». Y la levantó. «Ahora bien —⁠continuó⁠—, si los criados tienen la costumbre de entrar en la habitación de uno durante el día cuando uno está fuera, solo puedo decir que… bueno, que no lo apruebo en absoluto». Consciente de un clímax algo flojo, se ocupó en abrir la puerta (que en efecto estaba cerrada con llave) y en encender velas. «No —⁠dijo⁠—, nada parece haber sido tocado».

«Salvo su cama», intercaló el coronel.

«Perdone, esa no es mi cama —⁠dijo Parkins⁠—. Esa no la uso. Pero sí parece como si alguien hubiera estado haciendo de las suyas con ella».

Desde luego que lo parecía: la ropa estaba amontonada y retorcida en la más tortuosa confusión. Parkins meditó.

«Eso debe de ser —⁠dijo al fin⁠—: anoche desordené la ropa al deshacer el equipaje, y no la han hecho desde entonces. Quizá entraron a hacerla, y ese muchacho los vio por la ventana; y luego los llamaron y cerraron la puerta con llave al salir. Sí, creo que eso debe de ser».

«Bueno, llame y pregunte», dijo el coronel, y esto le pareció a Parkins práctico.

La doncella apareció y, para abreviar, declaró que había hecho la cama por la mañana cuando el caballero estaba en la habitación, y que no había vuelto desde entonces. No, ella no tenía ninguna otra llave. El señor Simpson era el que guardaba las llaves; él podría decirle al caballero si alguien había subido.

Esto era un enigma. La investigación mostró que no se había llevado nada de valor, y Parkins recordaba la disposición de los objetos pequeños sobre las mesas y demás lo bastante bien para estar casi seguro de que nadie había hecho travesuras con ellos. El señor y la señora Simpson, además, coincidieron en que ninguno de los dos había dado la llave duplicada de la habitación a persona alguna durante el día. Ni pudo Parkins, hombre ecuánime como era, detectar nada en la actitud del dueño, de la dueña o de la doncella que indicara culpa. Se inclinaba mucho más a pensar que el muchacho había estado engañando al coronel.

Este último estuvo desacostumbradamente callado y pensativo durante la cena y a lo largo de la velada. Cuando dio las buenas noches a Parkins, murmuró con voz ronca y baja:

«Ya sabe dónde estoy si me necesita durante la noche».

«Pues sí, gracias, coronel Wilson, creo que lo sé; pero no hay muchas probabilidades de que lo moleste, espero. Por cierto —⁠añadió⁠—, ¿le he enseñado ese silbato viejo del que le hablé? Creo que no. Bueno, aquí está».

El coronel le dio vueltas con cautela a la luz de la vela.

«¿Saca usted algo en claro de la inscripción?», preguntó Parkins, al recuperarlo.

«No, no con esta luz. ¿Qué piensa hacer con él?».

«Oh, bueno, cuando vuelva a Cambridge lo someteré a algunos de los arqueólogos de allí, a ver qué opinan; y muy probablemente, si lo consideran digno de tenerse, lo done a alguno de los museos».

«¡Hum! —⁠dijo el coronel⁠—. Bueno, puede que tenga razón. Lo único que sé es que, si fuera mío, lo tiraría derecho al mar. De nada sirve hablar, bien lo sé, pero supongo que en su caso será cuestión de aprender a base de experiencia. Así lo espero, de veras, y le deseo buenas noches».

Se dio la vuelta, dejando a Parkins a punto de hablar al pie de la escalera, y pronto cada uno estuvo en su dormitorio.

Por algún desafortunado accidente, las ventanas de la habitación del profesor no tenían ni persianas ni cortinas. La noche anterior no le había dado importancia, pero esta noche había todas las trazas de que saliera una luna brillante que daría de lleno en su cama y probablemente lo despertaría más tarde. Cuando lo advirtió se contrarió bastante, pero, con un ingenio que solo puedo envidiar, logró improvisar, con ayuda de una manta de viaje, unos imperdibles, un bastón y un paraguas, una pantalla que, con tal de que aguantara, mantendría por completo la luz de la luna fuera de su cama. Y poco después estaba cómodamente en esa cama. Cuando hubo leído una obra bastante densa el tiempo suficiente para producirle un decidido deseo de dormir, echó una mirada soñolienta por la habitación, apagó la vela de un soplo y se dejó caer sobre la almohada.

Debía de llevar una hora o más durmiendo profundamente cuando un estrépito repentino lo sacudió de la manera más desagradable. En un instante comprendió lo que había ocurrido: su pantalla, tan cuidadosamente construida, había cedido, y una luna muy brillante y helada le daba de lleno en la cara. Era sumamente irritante. ¿Podría, acaso, levantarse y reconstruir la pantalla? ¿O conseguiría dormir si no lo hacía?

Durante unos minutos se quedó tumbado sopesando las posibilidades; luego se dio la vuelta bruscamente y, con los ojos abiertos, permaneció escuchando sin respirar. Había habido un movimiento, estaba seguro, en la cama vacía del lado opuesto de la habitación. Mañana haría que se la llevaran, porque debía de haber ratas o algo jugueteando en ella. Ahora estaba en silencio. ¡No! El alboroto empezó de nuevo. Había un crujido y una sacudida: sin duda más de lo que podía causar rata alguna.

Puedo figurarme algo del desconcierto y del horror del profesor, pues yo mismo, en un sueño de hace treinta años, vi ocurrir lo mismo; pero el lector difícilmente imaginará, quizá, lo espantoso que fue para él ver una figura incorporarse de pronto en lo que había sabido que era una cama vacía. Salió de su propia cama de un salto y se lanzó hacia la ventana, donde estaba su única arma, el bastón con el que había apuntalado la pantalla. Esto fue, según resultó, lo peor que podía haber hecho, porque el personaje de la cama vacía, con un movimiento súbito y suave, se deslizó fuera de la cama y tomó posición, con los brazos extendidos, entre las dos camas y delante de la puerta. Parkins lo observaba con una perplejidad horrorizada. De algún modo, la idea de pasar junto a él y escapar por la puerta le resultaba intolerable; no habría soportado —⁠no sabía por qué⁠— tocarlo; y en cuanto a que aquello lo tocara a él, antes se arrojaría por la ventana que permitir que eso ocurriera. Por el momento estaba en una franja de sombra oscura, y no había visto cómo era su rostro. Entonces empezó a moverse, en postura encorvada, y de pronto el espectador comprendió, con algo de horror y algo de alivio, que debía de ser ciego, pues parecía palpar a su alrededor con los brazos envueltos, a tientas y al azar. Volviéndose a medias, se hizo de repente consciente de la cama que él acababa de dejar, y se lanzó hacia ella, y se inclinó y palpó las almohadas de una manera que hizo estremecerse a Parkins como nunca en su vida había creído posible. En muy pocos instantes pareció saber que la cama estaba vacía, y entonces, avanzando hacia la zona de luz y de cara a la ventana, mostró por primera vez qué clase de cosa era.

Parkins, a quien disgusta mucho que le pregunten al respecto, describió una vez algo de ello en mi presencia, y saqué en claro que lo que principalmente recuerda es un rostro horrible, intensamente horrible, de lino arrugado. Qué expresión leyó en él, no pudo o no quiso decirlo; pero que el miedo que le produjo estuvo a punto de volverlo loco es seguro.

Pero no tuvo ocasión de observarlo mucho tiempo. Con formidable rapidez se desplazó hasta el centro de la habitación y, mientras tanteaba y agitaba los brazos, una esquina de sus ropajes barrió la cara de Parkins. No pudo —⁠aunque sabía lo peligroso que era un sonido⁠—, no pudo contener un grito de repugnancia, y esto le dio al buscador una pista inmediata. Saltó hacia él en el acto, y al momento siguiente Parkins estaba con medio cuerpo fuera de la ventana, de espaldas, lanzando grito tras grito con toda la fuerza de su voz, y el rostro de lino se le vino encima, pegado al suyo. En ese instante, casi el último posible, llegó la salvación, como habrá adivinado: el coronel abrió la puerta de un golpe, y llegó justo a tiempo de ver el espantoso grupo en la ventana. Cuando alcanzó a las figuras solo quedaba una. Parkins se desplomó hacia el interior de la habitación, desmayado, y ante él, en el suelo, yacía un montón revuelto de ropa de cama.

El coronel Wilson no hizo preguntas, sino que se ocupó de mantener a todos los demás fuera de la habitación y de devolver a Parkins a su cama; y él mismo, envuelto en una manta, ocupó la otra cama durante el resto de la noche. A primera hora del día siguiente llegó Rogers, más bienvenido de lo que habría sido un día antes, y los tres celebraron una larguísima consulta en la habitación del profesor. Al término de ella, el coronel salió por la puerta del hotel llevando un pequeño objeto entre el índice y el pulgar, que arrojó al mar tan lejos como podía enviarlo un brazo muy fornido. Más tarde, el humo de una quema ascendió desde las dependencias traseras del Globe.

Qué explicación exacta se improvisó para el personal y los huéspedes del hotel, debo confesar que no lo recuerdo. El profesor quedó de algún modo limpio de la sospecha inmediata de delírium trémens, y el hotel, de la reputación de casa encantada.

No hay mucha duda sobre lo que le habría ocurrido a Parkins si el coronel no hubiera intervenido cuando lo hizo. O bien se habría caído por la ventana o bien habría perdido el juicio. Pero no está tan claro qué más podría haber hecho la criatura que acudió en respuesta al silbato, aparte de asustar. No parecía haber absolutamente nada material en ella salvo la ropa de cama con la que se había hecho un cuerpo. El coronel, que recordaba un suceso no muy distinto en la India, era de la opinión de que, si Parkins se hubiera enfrentado cuerpo a cuerpo con ella, en realidad poco habría podido hacer, y de que su único poder era el de asustar. Todo el asunto, dijo, servía para confirmar su opinión sobre la Iglesia de Roma.

Realmente no hay más que contar, pero, como podrá imaginar, las opiniones del profesor sobre ciertos puntos son menos tajantes que antes. Sus nervios también han sufrido: ni siquiera ahora puede ver del todo impasible una sobrepelliz colgada de una puerta, y el espectáculo de un espantapájaros en un campo, a última hora de una tarde de invierno, le ha costado más de una noche en vela.

Notas

  1. El señor Rogers se equivocaba; véase Dombey e hijo, capítulo XII. [Nota del autor.] ↩

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